Los Papalagi

Los Papalagi no es un tebeo o cómic. Pero es un libro ilustrado.

http://es.wikipedia.org/wiki/Los_Papalagi

La historia y el contenido antropológico de este libro es materia de otros hilos. Pero su presentación, los dibujos que lo acompañan, el momento en que se editó entre nosotros -en plena explosión cultural, 1977-, su intención y factura lo convierten en buen material para este hilo. Además, el libro incluye unas viñetas al final que son puro tebeo.

Las ilustraciones de Joost Swarte dan muy buena cuenta del contenido de los discursos del jefe samoano que habla a su tribu acerca de «los hombres blancos» (los Papalagi) y de sus costumbres.

La edición española, de Integral, al menos la que tengo entre manos, se cierra con un dibujo a doble página de Javier Mariscal titulado «Tuiavii en Barcelona» (Tuiavii es el nombre del jefe samoano autor de los discursos). No he podido encontrar en internet esta ilustración de Mariscal.

El invierno del dibujante

Esto de la metanarrativa aplicada al cómic actual de que hablaba ayer tiene diferentes versiones y matices. En unos casos, aparece el autor del relato inmerso en el proceso de escribir el relato. El caso paradigmático en este sentido es Art Spiegelman en su novela Maus. Otras veces encontramos reflexiones del autor inmersas en la novela, reflexiones que culminan con el fin del relato, como hace Frederik Peeters en Píldoras azules. En el caso de Fun home, el lector va descubriendo que la autora, Alison Bechdel, está implicada en la historia en su condición no solamente de hija del objeto de la indagación, sino también como escritora de la vida de su padre (algo que remite a fin de cuentas al Spiegelman de Maus).

Diferente es el uso de la metanarrativa en el caso de El invierno del dibujante, de Paco Roca.

Aquí simplemente el mundo de la historieta es el motivo de la historieta, a través de la consideración de sus artífices. El autor del relato no aparece directamente en el relato, pues lo que Roca lleva a cabo en El invierno del dibujante es una especie de homenaje a la denominada por Terenci Moix en su momento «Escuela Bruguera».

http://es.wikipedia.org/wiki/Escuela_Bruguera

La editorial Bruguera fue una de las tres escuelas o empresas de tebeos que predominaron en la España franquista, la de nuestra infancia. Y fue, de hecho, la que más preeminencia tuvo al final de esa etapa triste de la historia de nuestro país. Por allí pasaron los dibujantes que crearon tantísimos personajes de los tebeos de entonces, especialmente Pulgarcito y Tio Vivo.

La historia que cuenta Paco Roca en El invierno del dibujante se centra en la aventura editorial de cinco de los dibujantes de Bruguera que se hartaron de las condiciones laborales de la empresa y decidieron fundar por su cuenta una nueva publicación: Tio Vivo. No desvelaré más detalles, pero leyendo este cómic uno se entera de cosas muy curiosas, como por ejemplo del origen del nombre «Mortadelo y Filemón, agencia de información», del dibujante Ibáñez («el que se parece a Vázquez»), o de otras cosas referidas al propio Vázquez.

No obstante, aunque Paco Roca no es uno de los personajes de su propio relato, sí que está presente en él de un modo indirecto. Ya que él mismo confiesa que se educó con aquellos tebeos y que siempre deseó ser un miembro de la casa Bruguera. La autobiografía de nuevo, siquiera de un modo indirecto y sentimental.

En otro post comentaba la importancia e influencia de Carlos Giménez en la historia del reciente cómic español. Esta influencia es más que evidente en El invierno del dibujante, de Paco Roca, pues esta historieta remite directamente a Los profesionales, de Giménez.

Yo no sé si Roca resistirá la comparación con Giménez. En todo caso, de Los profesionales hablaré en otra ocasión.

Metarreferencia, Autorreferencia

Junto al rechazo de la autocompasión, otra de las vertientes que caracterizan a buena parte de la nueva novela gráfica que vamos leyendo es la autorreferencia narrativa, su inmersión en la metaliteratura. La confección de metarrelatos.

Esto ocurre cuando el autor se inmiscuye en su obra de forma que a la vez que narra una historia, narra a la vez el proceso de narrar una historia.

En las artes plásticas, este fenómeno se dio ya con Jan van Eyck y su retrato del matrimonio Arnolfini (1434):

Y también en la plástica figurativa fue otro autor de los Países Bajos ya en el siglo XX, Escher, quien usó la autorreferencia como tema visual:

Aunque igualmente encontramos la impronta metapictórica en «Las Meninas» de Velázquez.

En las artes poéticas y narrativas también se encuentra esta vena metadiscursiva, por ejemplo en Lope de Vega: «Un soneto me manda hacer Violante…», en Bécquer: «¿Qué es poesía…?, en la segunda parte del Quijote de Cervantes y ya más actualmente en obras como «Cien años de soledad», de G. G. Márquez y «Soldados de Salamina», de Cercas.

Este post se podría alargar irremediablemente. Pero bueno, digamos que la era de la postmodernidad aportó entre otras cosas la autorreferencia y el gusto por el prefijo meta- aplicado a los lenguajes, al arte, a la literatura, a los límites de la representación. Y con ello, cómo no, también al mundo de la historieta, el tebeo y el cómic.

Así vemos que en Maus, en Píldoras azules, en Fun home y en otras obras se narra una historia a la vez que el proceso de narrar esa misma historia. Este fenómeno guarda relación con la presencia de elementos autobiográficos del autor de los relatos que comentamos.

Y es un fenómeno que guarda también una estrecha relación con la mise en abîme tan del gusto de los franceses.

Una educación sentimental

Buena parte de los cómics o tebeos de que vamos dando cuenta aquí tienen que ver con asuntos que rozan o directamente tocan las fibras sensibles más íntimas. Arrugas trata del Alzheimer, de la vejez, de la soledad compartida en una residencia. Maus cuenta la biografía de un judío en la época del Holocausto y los campos de concentración. Fun home es la historia de una indagación de la autora acerca de la posibilidad de que su padre se hubiese suicidado por causas debidas a una insinuada homosexualidad. Píldoras azules, en fin, describe una intensa historia de amor en los tiempos del sida.

Lo que tienen en común estos relatos es el modo en que sus respectivos autores evitan ceder a eso que yo denomino la pornografía de los sentimientos, la ensalada sentimental. A pesar de que se trata de historias que involucran a personajes muy cercanos a quienes las escriben (la autobiografía como sustancia de la novela), predominan en ellas un distanciamiento vital, una pretensión objetiva y una sinceridad en la exposición tales que convierten su escritura y la experiencia de quienes las leen en serias apuestas por el vitalismo. Todo ello articulado artísticamente. Y nada que ver con la frialdad.

La emoción es una cosa. El sentimentalismo otra. Lo difícil es transmitir la primera sin caer en lo segundo. Con llamadas a la inteligencia y a la comprensión.

Y a mi modo de ver, los tebeos que cito lo consiguen.

Píldoras azules

Frederik Peeters (n. 1974) es un historietista suizo, ginebrino, que sorprendió al mundo ilustrado en 2001 con su novela gráfica Píldoras azules.

La historia que narra Peeters en esta obra no puede ser más inquietante. Un joven dibujante de cómics, el mismo narrador, inicia una seria relación amorosa con una mujer que tiene un hijo pequeño y están ambos infectados, madre e hijo, por el virus del sida (VHI).

Ya iré desgranando en sucesivos posts las ricas sugerencias que contiene la lectura de este libro. De momento, señalo la destreza, el ingenio y la valentía con que el autor trata la historia, sin caer para nada en la deleznable pronografía de los sentimientos en que fácilmente podría verse inmiscuido un relato tejido con esos mimbres.

Copio unas líneas que aparecen en la contraportada de la edición española de Píldoras azules:

«… Este libro en blanco y negro sobre el amor en los tiempos de sida, excepcional por su tono desprovisto del menor atisbo de autocompasión, es también un conmovedor testimonio sobre el poder de los sentimientos y sobre la búsqueda de la felicidad contra viento y marea.»

No cabe duda de que el tebeo ha alcanzado en los últimos años su definitiva mayoría de edad.

De ratones y hombres

«Mickey Mouse es el ideal más lamentable que jamás haya visto la luz … Un sentimiento sano indica a cualquier joven independiente y a toda juventud honorable que esa alimaña sucia e inmunda, el mayor portador de bacterias del mundo animal, no puede ser el tipo ideal de animal … ¡Fuera la animalización judía del pueblo! ¡Abajo con Mickey Mouse! ¡Lucid la cruz gamada!»

(Artículo de periódico, Pomerania, Alemania, mediados de la década de 1930. Citado por Art Spiegelman en Maus)

A mí nunca me han gustado las historietas, animadas o no, de Walt Disney. Ni la estética de sus dibujos ni el edulcoramiento que transmiten. No obstante, mi postura ante Disney se suaviza al toparme con la opinión de los nazis citada por Spiegelman.

El hecho de que este historietista eligiera ratones para representar a los judíos en Maus debe estar influido, seguramente, por lo que pensaba el nazismo acerca de Mickey Mouse en particular y de los ratones en general.

Por otra parte, no hay noticias acerca de que Walt Disney fuese judío.

Berlín

Diríamos que Frans Masereel forma parte de la tradición europea del cómic, pero solo en la misma medida en que pudiéramos decir que Charles Chaplin forma parte de la tradición europea de cine. Es decir, con reservas.

En cualquier caso, la europea es una tradición en origen distinta a la americana, que encuentra su mayor expresión en la denominada historieta franco-belga.

 http://es.wikipedia.org/wiki/Historieta_franco-belga

No obstante, actualmente las tradiciones confluyen y las diferencias locales se van diluyendo. El movimiento es de doble dirección: Estados Unidos influye en Europa y a la vez Europa influye en Estados Unidos.

Concretamente, el fenómeno de la novela gráfica que se está produciendo en EEUU es incomprensible sin tener en cuenta el efecto que la historieta franco-belga en general y la línea clara en particular han tenido sobre los autores de allí.

Lo que digo se observa claramente en el caso de Jason Lutes, nacido en 1967 en Nueva Jersey. Acabo de terminarme el segundo volumen de Berlin:

Se trata de un proyecto inacabado, ya que de los tres volúmenes previstos, de momento han sido publicados dos de ellos: Berlín, ciudad de piedras. Libro Uno y Berlín, ciudad de humo. Libro Dos. Es decir, la novela, una vez conclusa, tendrá casi setecientas páginas.

Lo que sorprende un poco es que Lutes podría pasar perfectamente por ser un autor europeo.

La novela Berlín trata de esta ciudad durante la República de Weimar en los meses previos a la implantación del nazismo. Es un fresco histórico y coral, donde multitud de personajes intervienen y ayudan a que el lector clarifique ese importante periodo de la historia europea.

La minuciosidad en los detalles y la documentación que aporta Jason Lutes en Berlín son dignas de consideración. Aun así, no hay que olvidar que estamos ante un medio frío, el de la historieta, y que es el lector el que tiene que completar por sí mismo, leyendo con atención, la definición del relato. De hecho, a veces cuesta un poco identificar a los personajes que aparecen, si bien al final todo queda claro.

Jason Lutes cuenta que descubrió las posibilidades artísticas de la historieta cuando cayó en sus manos un ejemplar de la revista Raw, fundada en 1980 por Art Spiegelman. Y de Spiegelman yo mostraba ayer una cita en la que reconocía la importancia de Masereel en la historia secreta del cómic. El círculo se va cerrando en el mundo global y por tanto también en el mundo del cómic.

Zapatillas

Hay hasta una línea de zapatillas Converse inspiradas en el cómic. Sin ir más lejos, una serie comercial de esa empresa obedece al sesenta aniversario de Charlie Brown. Hay más series. Y es lo que decía arriba. La historieta americana utiliza incluso los envoltorios de chicles para hacerse propaganda. La tradición europea va por su camino.

La ciudad

Se acaba de publicar en España el clásico La cité (1925), de Frans Masereel. Es una novela en imágenes, sin palabras. Masereel (1889-1972) fue un artista belga que cultivó la xilografía. De hecho, sus libros son conjuntos de planchas de madera entintadas e impresas.

La ciudad es una explosión de imágenes en las que el negro prevalece sobre el blanco. Hay duelo y hay luto en ellas. Expresionismo puro. Curiosamente, otra gran obra de arte, la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang, es de la misma época. Pero si bien la película de Lang describe una ciudad distópica del futuro, la ciudad de Masereel se percibe como muy apegada al entorno real.

La influencia de La cité en la historia de la novela gráfica es impresionante. Una cita de Art Spiegelman, el creador de Maus, ilustra la contraportada de esta nueva edición:

«Una parte importante de la historia secreta de los cómics.»

Y tan importante.

Lichtenstein

Algo tuvo que ver el pintor Roy Lichtenstein (1923-1997) en la consideración artística de los cómics al componer sus cuadros y colgarlos en los mejores museos de arte moderno.

En su tradición americana, la historieta es un genuino producto de la cultura popular, presente en las tiras de los periódicos, en las publicaciones en papel barato (las pulp fictions), en las envolturas de los chicles. Es normal que este género llamase la atención de los artífices del Pop-Art: Andy Warhol y Roy Lichtenstein entre otros.