La séptima función del lenguaje

El acto de la creación es lingüístico. Se lleva a cabo mediante lo que el británico J. L. Austin denominó emisiones realizativas, las cuales dan lugar a la función performativa del lenguaje.  El estadounidense J. Searle continuó la labor de Austin, pero el denominado giro lingüístico (R. Rorty) no se limitó a la filosofía analítica de corte anglosajón, sino que se manifestó también en la filosofía continental europea, mediante la semiología del italiano Umberto Eco y la labor de los estructuralistas y postestructuralistas franceses (R. Barthes, M. Foucault y compañía). Probablemente, el nexo de unión entre los planteamientos analíticos y continentales del giro lingüístico lo facilitó R. Jakobson, nacido en Moscú a finales del siglo XIX e instalado en EE. UU. en la década de los años 1940. 

Lo que resulta sorprendente es que este contenido de la más pura filosofía del lenguaje sirva como sustento de una novela de Laurent Binet titulada La séptima función del lenguaje (2015). Pero es más llamativo aún que esa misma novela haya sido adaptada al lenguaje gráfico mediante un cómic de igual título, La séptima función del lenguaje, realizado por Xavier Bétaucourt en el guion con dibujo de Olivier Perret, publicado en francés en 2022 y en nuestro idioma en 2026. 

Obviamente, la traslación de un asunto tan abstruso al lenguaje de las artes narrativas (que por cierto son artes que disuelven la barrera establecida entre las alta y baja culturas) se ejecuta mediante una trama policial o detectivesca en la que se suceden los crímenes, persecuciones, sospechas, huidas, etcétera, con la dosis adecuada de morbo sexual y político. 

No deja de ser curioso tampoco que en el proceso de búsqueda de la séptima función del lenguaje aparezcan representadas, en el cómic, las otras seis funciones descritas por Jakobson. La función metalingüística la visualizan Bétaucourt y Perret representándose ellos mismos y hablando entre sí en el cómic en cuestión. El resto de funciones quedan al albur de su descubrimiento por parte del paciente lector (no se trata, en ningún caso, de un tebeo soportable por lectores impacientes (la ciencia tiene dos madres: paciencia y experiencia). 

Dejo para otra ocasión el comentario acerca de que el acto de creación a través del lenguaje es también un fenómeno religioso: «En el principio era el Verbo, y el Verbo se hizo Carne», no solo limitado al cristianismo, sino al menos en lo que se refiere a las tres religiones del Libro. 

La comedia y el cómic (El nombre de la rosa)

Leyendo la versión en cómic que Milo Manara ha realizado de la ya clásica novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (novela que en cierto modo nació ya clásica), y a partir de la conjetura en que se basó el ensayista y estudioso italiano para elaborar su trama, me ha dado por pensar lo siguiente. 

La conjetura en la que se inspiró Umberto Eco es bien conocida. De los libros que se conservan de Aristóteles, uno de ellos, la Poética, trata acerca de la tragedia. Se supone, así lo sugiere el mismo filósofo, que un segundo volumen de ese mismo libro trataría acerca de la comedia. Pero el caso es que o bien no sabemos si Aristóteles llegó a escribir ese segundo volumen, o bien, si es que lo escribió, se perdió en la Edad Media. Eco adopta para construir su trama la segunda parte de la hipótesis: el filósofo sí escribió un libro sobre la comedia, pero solo se conservó un ejemplar en la biblioteca de una abadía medieval… que termina ardiendo por completo en la novela (arden el libro, la biblioteca y la abadía entera). 

El nombre de la rosa fue llevada al cine mediante una película homónima dirigida por Jean-Jacques Annaud y estrenada en 1986. Pero ha sido la versión en cómic de Manara lo que me ha hecho pensar en la propia palabra ‘cómic’ y en los orígenes de este medio que nació en estrecha relación con la ‘comedia’. 

La seriedad que ha invadido en buena medida el cómic ―sobre todo a partir de la irrupción del formato novela gráfica―, junto a la progresiva extensión de los estudios más o menos académicos sobre cómic no deben hacernos olvidar cuáles fueron los orígenes de un medio que conserva la comedia en el significante que lo nombra. Es una seriedad que se halla presente en la versión que Milo Manara realiza de El nombre de la rosa, salvo que encontremos el sentido del humor que Umberto Eco supo imprimir a su conocida novela. 

Elogio del artista adolescente

La imagen con que se inicia esta entrada corresponde al 19 de abril de 2014, casi treinta y dos años después de que el PSOE de Felipe González ganara las elecciones generales en octubre de 1982. Y es que el nuevo cómic de Ángel de la Calle: La caja de Pandora. Vivir y morir en los tiempos de la Transición trata precisamente de lo que el subtítulo indica.

El punto de vista adoptado es el del propio De la Calle, coetáneo mío, por cierto. La muerte del autócrata general nos pilló en plena adolescencia, en un mundo en el que los jóvenes politizados de izquierdas no conocían a ningún afiliado o simpatizante del PSOE y en el que pertenecer a la UJCE era considerado revisionista por esos mismos jóvenes.
Pero no se trata de la mera reconstrucción de una época, aunque también. El presente actual y el pasado se combinan en un  ajuste de cuentas que Ángel de la Calle emprende consigo mismo, con la gente de su generación y en última instancia con el devenir del país entero (España) desde hace cincuenta años.
El recurso narrativo empleado por De la Calle es el de la autoficción. Así, cómic, poesía y política se entrelazan en un relato que, tal y como lo hemos vivido. desemboca en el famoso desencanto, término popularizado por la película El Desencanto (que tuve el gusto de ver por vez primera en su estreno en cine) y que está presente en el libro.
No es que la narración no sea lineal (los saltos en el tiempo son constantes), sino que además se encuentra entreverada con otras circunstancias que dan consistencia al relato. No desvelaré estas otras tramas para no entorpecer su descubrimiento.
Una lectura gratificante, en definitiva, esta de La caja de Pandora. Tal y como el propio autor sugiere, forma trilogía con las otras dos grandes novelas gráficas suyas: Modotti y Pinturas de guerra.

El adanismo de Javier de Isusi

Javier de Isusi lo ha vuelto a hacer. Nos ha atrapado de nuevo con un cómic tan amable como suelen serlo las mejores producciones del autor nacido en Bilbao. Aunque de momento solo podemos acceder al primer volumen del díptico El año en que fuimos reyes, la lectura y contemplación de este libro nos ha retrotraído a la tetralogía agrupada con el título Los viajes de Juan sin Tierra. Es aún pronto para hacer una valoración completa de una obra de la que solo conocemos la primera parte, pero aun así las sugerencias de su perdurabilidad no son pocas.
No es oportuno, ni siquiera necesario, disociar en un cómic las imágenes del discurso, pero a efectos analíticos, y máxime cuando la obra está aún incompleta, resulta factible. La parte plástica del tebeo es desde luego tan eficaz narrativamente hablando como sugerente y emotiva. Podemos decir que nos hallamos ante un cómic hermoso, Isusi nunca defrauda. Las imágenes del baile de disfraces, pero también otras muchas de El año en que fuimos reyes sobrecogen. Es lo mismo que puede decirse de las representaciones de Babilô, esa ciudad reconociblemente imaginaria (como todas las representaciones, al cabo, de este cómic), las cuales nos introducen en los secretos del esquinismo y de la parte discursiva de la obra.
El adanismo ―por decirlo de algún modo― caracteriza el discurso de El año en que fuimos reyes. Javier de Isusi crea un lenguaje específico que amuebla el significado de este cómic, aunque no lo crea de la nada, porque eso es imposible. Así, por ejemplo, el esquinismo lo adopta a partir del relato de Laia Jufresa titulado «El esquinista». Otros términos como ‘escandalismo’, ‘atrevilismo’ o ‘contencionismo’, visibles en el texto, remiten fácilmente a sus orígenes lingüísticos. El nombre de la ciudad: Babilô… Lo importante es que De Isusi crea un universo singular, por más que reconocible por el lector. (Qué decir, en fin, de la experiencia implícita en el primer curso universitario en una facultad no elegida por sus «salidas profesionales», que es el caso de los cuatro principales protagonistas de la historieta, o del anhelo de la revolución, no del todo limitado a los jóvenes).
Es esta parte discursiva la que nos obliga a esperar el desenlace de la historia. No obstante, de antemano podemos decir que promete.

Consumida (Spent). Alison Bechdel

Alison Bechdel se muestra de nuevo en esta obra como lo que es, una joven nacida en 1960 y formada en el último tercio del siglo veinte. No importa que se muestre en el título gastada, agotada o consumida. Su acción performativa, vinculada a su trabajo como dibujante consciente, se ve vilipendiada cuando la industria del entretenimiento malmete sus guiones. Hasta ahí podíamos llegar. No obstante, en la experiencia actual de Bechdel resuena esa cantilena común a los sixty: ¿es un entimema reaccionario o es que ya me he hecho mayor? Hay una nueva generación en marcha, sin duda, pero lo deseable es que recojan tanto lo bueno como lo sembrado. El discurso de Bechdel va por ahí.
Es una lectura recomendada. No les anticipo nada más.

Cómics e información

La imagen está tomada de American Paranoia. La casa negra, un cómic realizado por Lucas Varela y Hervé Bourhis cuyo escenario y asunto recuerda un poco a La maldición de los Dain, novela de Dashiell Hammett. Pero el motivo de esta entrada no es tanto este cómic, en todo caso muy bueno, sino destacar el valor informativo de muchos tebeos no necesariamente inscritos en la sección de la no ficción.

También recuerdo que, antes de ser miembros de la T. I. A., el subtítulo de las historietas de Mortadelo y Filemón era «Agencia de información». Era antes de que en castellano se impusiera traducir el vocablo inglés intelligence siempre por inteligencia y nunca por información (que es una de las acepciones de intelligence). De alguna manera, Ibáñez mantuvo esta acepción al convertir la CIA en la TIA, si bien tradujo las siglas como Técnicos de Investigación Aeroterráquea.
Destaco en todo caso la función informativa de los tebeos.

La trilogía de Nueva York y el cómic (1)

Yo creo que cuando Roland Barthes escribía El placer del texto sabía de lo que hablaba. Un placer, desde luego, es el que nos proporciona la versión en cómic de la Trilogía de Nueva York. El texto original son tres novelas de Paul Auster: Ciudad de cristalFantasmas y La habitación cerrada. La versión gráfica de estas tres historias corre a cargo de David Mazzucchelli y Paul Karasik (respecto a Ciudad de cristal), Lorenzo Mattotti (en cuanto a Fantasmas) y el propio Paul Karasik (a cargo de La habitación cerrada). Hasta ahora disponíamos de la versión en cómic de Ciudad de cristal. Pero este nuevo tomo que incluye la versión gráfica de las tres novelas merece algo más que una atención. 

Esta es una historia de libros y de cómic. Posmoderna, según suele decirse: «¿Cómo salir de la habitación que es el libro que seguirá escribiéndose mientras él siga en la habitación?» (Fantasmas, p. 187), pero sobre todo moderna si entendemos que el posmodernismo es una de las últimas vanguardias de la modernidad. 

De la traducción historietística de Ciudad de cristal ya dimos cuenta en este blog, interpretándola entre otras cosas como filosofía del lenguaje [aquí], que es uno de los leitmotiv ―quizás el principal― de la posmodernidad. Ahora, con la versión en cómic de La trilogía de Nueva York completa, se confirma el planteamiento que sugerí. La riqueza de este volumen es más que enorme, dada la calidad sobre todo de los textos resultantes, pero también la calidad de los cuatro nombres implicados en la trama (Auster, Mazzucchelli, Mattotti y el adaptador presente en toda la obra, Karasik). 

Cuando en Reservoir Dogs Quentin Tarantino denomina a algunos de los personajes Sr. Blanco, Sr. Azul, Sr. Rosa, Sr. Naranja o Sr. Marrón, no hay que olvidar que esta película es de 1992. Pero ya en 1986 Paul Auster describe a los personajes de Fantasmas con nombres de colores. El negro (noir) suele asociarse a la trilogía de Auster como género narrativo, pero en mi opinión se trata más bien de una deconstrucción de ese género, que funciona más bien como una excusa argumental. 

Desde cierta apreciación de la historieta como vinculada a su específica tradición, podría considerarse que la adaptación de Ciudad de cristal realizada por David Mazzucchelli y Paul Karasik es más conforme al arte secuencial. Sin embargo, la percepción al completo de La trilogía de Nueva York disuelve esa apreciación a la vez que amplía el entendimiento del cómic como un arte predominantemente moderno. 

[En su cómic Glass Town, por cierto, Isabel Greenberg nos recuerda que ‘La ciudad de cristal’ es un enclave imaginario compartido por las hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne) junto a su hermano Branwell.] 

(Continuará) 

Los hijos de los otros

Los hijos de los otros es el primer volumen de la trilogía Contrapaso, escrita y dibujada por Teresa Valero. Es también el primer cómic de autoría completa de esta dibujante madrileña y ofrece una composición formal extraordinaria que sirve para que el lector se sumerja en el escenario y conozca a los personajes fijos de la obra. Ahora bien, respecto a Mayores, con reparos, el segundo volumen de la trilogía, el guion de Los hijos de los otros adolece, en mi opinión, de un exceso de hilos conductores del relato, si bien se encuentran finamente entrelazados en el apartado gráfico que favorece la narración. Son temas mayores que revelan lados muy oscuros del franquismo (la acción transcurre en 1956): la psiquiatría al servicio del Régimen oficial ―en nombre de una eugenesia biológica―, las adopciones ilegítimas de bebés ―en nombre de una eugenesia social―, todo ello aderezado, en el mismo guion, con la presentación de los conflictos universitarios iniciados aquel año, el chabolismo de Vallecas, el cura obrero exfalangista, el mundo de los vencedores y de los vencidos, la mujer reducida a las labores domésticas, el periodismo intentando sortear la censura… incluso el periodismo clandestino y en cierto modo liberador. Un exceso narrativo, aunque bien resuelto, en correspondencia con lo mejor de la novela negra y criminal en su vertiente social.

No deja de ser brillante la primera entrega de Contrapaso, un brillo no diré que sobrepasado por la segunda entrega y que promete una también brillante culminación de la trilogía.
Los cincuenta fueron los años, en fin, de la juventud de nuestros padres y los de la autora, lo cual excluye las simplificaciones argumentales.