Vidas cruzadas (7). El surrealismo, por David B.

En esta especie de historia de las vanguardias del siglo XX a través de sus personajes representados en cómic, no podía faltar el último tebeo de David B.: Nick Carter y André Breton. Una pesquisa surrealista. De momento voy acumulando entradas bajo el título común «Vidas cruzadas», pues se trata de historietas en las que ocurre eso, se entrecruzan vidas de artífices de las susodichas vanguardias. 


En este caso, la gráfica de David B. es tan espectacular como es habitual en él, tal vez aquí más abigarrada, en consonancia con el universo onírico mostrado; un universo, por cierto, que es también habitual en este autor en el plano de las representaciones. Es destacable la interacción en esta obra de personajes reales con personajes ficticios, lo que aporta una novedad importante a la serie de vidas cruzadas que voy dejando aquí, siquiera como proyecto a desarrollar. 

Con la copla hemos topado, Doña Concha

Logotipo de la Bauhaus

Una arquitectónica de la copla, o algo parecido, es lo que realiza Carla Berrocal en su cómic Doña Concha. La rosa y la espina. Esto explicaría su trazo. La edad de esta ilustradora e historietista implica un distanciamiento cronológico considerable respecto al objeto tratado, la copla como género artístico a través de la figura de Concha Piquer. Pero a la vez, su interés por el fenómeno implica una cercanía vital, no solo a través de su abuela, que es también considerable. Los años de despegue de Concha Piquer coincidieron con las vanguardias artísticas, y de estas, Carla Berrocal parece elegir la escuela de la Bauhaus, fundada por Walter Gropius en 1919, para componer una disección de un fenómeno sociológico tan complejo como fue el de la copla española. La cercanía vital de la autora respecto a la copla, o en particular respecto a Doña Concha, sin embargo, se manifiesta en la simpatía con que las trata, acercándose a la cantante desde una lectura feminista y encontrando en aquel género musical un exponente de la marginalidad representado hoy en día por los movimientos LGBT. 

«Tatuaje»: Quintero, León y Quiroga

El sustrato vital, afectivo respecto a la copla española supone traer a la escena, junto con la reivindicación del fenómeno y el género, la espinosa cuestión de un supuesto elitismo cultural, falsamente atribuido a la izquierda, que habría despreciado todo lo relacionado con la copla y las copleras por su asociación con el fascismo. El asunto, desde luego, es muy complejo. Nunca se insistirá lo suficiente en cómo el fascismo, español en nuestro caso, supo utilizar la radio a su favor (todavía se recuerdan las arengas de Queipo de Llano en Radio Sevilla y su contribución a la derrota de la ciudad). En la vida cotidiana de una España vencida por el fascismo la radio se convirtió en un instrumento de dominio por parte del poder, pero también en una válvula de escape para la gente común. El poder igualmente hizo uso del cine y de todos los medios de difusión y de distracción social. En un artículo publicado en El País hace ahora cuarenta años Manuel Vicent explica muy bien el fenómeno y concluye con estas palabras: 

«Mi generación lleva asociada a Concha Piquer con la ternura del boniato y del gasógeno, con las tardes ateridas de la autarquía, con la pubertad llena de granos y los domingos con las manos en los bolsillos. Concha Piquer se retiró el 13 de enero de 1958. Ese día comenzó la tecnocracia.» https://elpais.com/diario/1981/10/17/sociedad/372121201_850215.html, 17.10.1981. 

Unas líneas antes, Vicent expone en su artículo (un texto este trufado de anécdotas que encontramos en el cómic de Carla Berrocal) las circunstancias de la actuación de la cantante en México en presencia de los exiliados españoles, entre los que se contaban Indalecio Prieto o Negrín, y allí lloró hasta el tato. En Doña Concha, Berrocal ilustra gráficamente, en el contexto de una entrevista a Stephanie Sieburth ―académica e hispanista estadounidense, autora del libro Coplas para sobrevivir― la cuestión de la copla asociada al fascismo y la renuncia de la izquierda a reivindicarla. Salen a relucir aquí los análisis de Gramsci y de Adorno (y la Escuela de Frankfurt), interpretados como lo que se ha denominado ‘elitismo cultural’, pero también aparecen intelectuales como Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Martín Gaite o Terenci Moix, para nada vinculados al fascismo y sí a la izquierda, que insistieron en el valor de la copla como forma de expresión auténtica. Sieburth, finalmente, refiere la importancia de la copla en el exilio, un fenómeno a estudiar. 

Yo no creo que denunciar el uso interesado que el poder realiza de los modos de entretenimiento popular sea elitismo cultural (sí lo es, en cambio, el desprecio de esos modos como infraculturales). En la desafección hacia la copla y su mundo influyeron varios factores, entre los que destaca la aplicación de pastillas eléctricas y amplificadores a los instrumentos musicales y la consiguiente transformación de la música popular, unido a lo que simplemente puede ser descrito como cambio generacional. Manuel Vicent expresa literariamente que el día que se retiró Concha Piquer, en 1958, comenzó la tecnocracia. Es una forma de referir lo que ocurrió a partir de la década de los sesenta de manera global. La copla resume una época, como el pop-rock otra. 


También entran en juego, en nuestras elecciones, cuestiones de índole personal (hay quien ama la copla y el rock). No les negaré que a mí la copla no me gusta, pero el cómic sí. Y he leído con sumo interés el tebeo de Carla Berrocal. Su planteamiento desarrebatado y a la vez emotivo me parece de suma efectividad para un análisis, el suyo, que expone analítica y sintéticamente el valor de la copla española y el de la misma Concha Piquer.  

The French Western

«Gracias al cómic, ya no necesitamos a Hollywood»

Así de contundente se manifiesta Jean Giraud, Moebius, en el prólogo de la edición que Ponent Mon sacó en 2010 de Sky Hawk, un western que el mangaka Jiro Taniguchi publicó en 2002. Efectivamente, Giraud se refiere a que las historias del Oeste ya no están en las pantallas de cine, sino en los tebeos. Y el cómic de Taniguchi lo confirma. 

Sin embargo, sobre este fenómeno, Giraud añade en el mismo prólogo: «El milagro se llama cómic, bueno, no, ese es sólo su nombre, el patronímico entero es cómic francófono. Ahí fue donde se refugiaron los vaqueros, con armas y equipaje, y todo lo demás, todo lo necesario para continuar una leyenda en las mejores condiciones». El cómic francófono, dice Giraud. No le falta razón, si pensamos en cuántos franceses que hoy cultivan el arte de la historieta se criaron, por así decir, leyendo tebeos de Blueberry y de Lucky Luke, entre otras series de aventuras. Aunque también es cierto que hay un cómic de vaqueros europeo que no es francófono, pienso ahora por ejemplo en autores como Christophe Blain, Joann Sfar, Lewis Trondheim, Mathieu Bonhomme o Thierry Martin, de los que en los últimos tiempos vamos conociendo títulos de western editados en español. 


De Christophe Blain, su serie Gus (2007-2017):

Y de Christophe Blain con Joann Sfar, el primer volumen en colaboración de la serie Blueberry, Rencor Apache (2019), que nos deja a la espera del segundo volumen de la historia, Los sin ley

Lewis Trondheim compuso con Matthieu Bonhomme los dos tomos de Texas Cowboys (2012-2014):

Mientras que el propio Matthieu Bonhomme es el responsable de dos títulos recientes, con el pistolero más rápido que su sombra como protagonista, El hombre que mató a Lucky Luke (2016) y Se busca Lucky Luke (2021): 

Por último, en esta selección de hoy elijo Último aliento (2019), una curiosísima obra de Thierry Martin en lo que concierne a su ejecución: 

Supongo que del French Western seguiremos hablando, o empezaremos a hablar. 

El arrebato de Iván Zulueta por Cyril Pedrosa

«Vi la Nikon en una vitrina y no me lo pensé. En el último carrete casi encuentro la desaparición. Ese momento en que no existe más que un encuadre, en el que la mecánica está en tu interior y tú en el interior de la mecánica. No eres más que un ojo, ya no piensas, toda tu energía vital está ahí, disponible, en la mirada, en las manos que regulan el objetivo sin vacilar, ya no existes y al mismo tiempo estás por completo allí.» (Cyril Pedrosa: Los equinoccios, 83) 

‘Nada’ y el tirón existencialista

El caso es que la novela Nada, de Carmen Laforet, se publicó en plena era existencialista, un periodo descrito en términos filosóficos y literarios (aunque también de café), en su versión francesa, por Jean-Paul Sartre y Albert Camus. En efecto, mientras que Sartre publicó La Náusea en 1938 o El ser y la nada en 1943, y Camus El extranjero en 1942 o El mito de Sísifo en el mismo año, la novela Nada, de Laforet, es de 1944.
El existencialismo no fue, o no fue tan solo, una movida académica, dado que su vórtice se encontraba en las calles, en los tranvías, entre la gente común. Por decirlo un poco a la manera sartreana, se entendía entonces que ante la plenitud del ser se encontraba la nada de la existencia. Pero hay que ver cómo han cambiado las tornas. Hoy diríamos mejor que ante la plenitud de la existencia se encuentra la nada del ser. Y de hecho las artes narrativas, manifiestamente a través de la novela, el cine o el cómic, se llevan muy bien con el existencialismo (el propio R. Crumb adaptó en historieta un pasaje de La náusea). Por ejemplo, Edgar Neville estrenó en 1947 una versión cinematográfica (mutilada por la censura) de Nada, la novela en prosa de Carmen Laforet. Por mi parte, yo leí ese libro cuando tenía menos años que la edad media de la juventud actual, y hora he disfrutado de nuevo con Nada, la novela gráfica de Caludio Stassi basada en el relato de la escritora barcelonesa.
Admitiremos que, en perfecta sintonía con aquella Barcelona de la postguerra española y con su miseria moral, hay tan poca luz en la puesta en página del tebeo de Stassi como en la casa de la calle de Aribau en que transcurre buena parte de la historia. Sin embargo, el desglose de la novela que realiza el autor es tan deslumbrante que consigue transmitirnos la riqueza vital sobre todo de Andrea, la protagonista, pero también del resto del elenco femenino que la rodea. Stassi nos muestra en cómic una ‘novela de aprendizaje’ (Bildungsroman) que, en lenguaje gráfico, resalta magníficamente este aspecto de la novela de Laforet. Es la plenitud de la existencia frente a la nada del ser. El tirón existencialista, ya digo, genera muy buenas historias.

El Corto Maltés de…

He dicho en alguna ocasión que el cómic está vivo, entre otras razones, por su capacidad de autorreplicarse. Esto no significa copiarse sin más: es cuestión de aportar variaciones que garanticen su evolución. Un ejemplo reciente de esta idea lo encontramos en Océano negro, una nueva aventura de Corto Maltés dibujada por Bastien Vivès y con guion de Martin Quenehen.
Cuando lo que se autorreplica es una serie, hay dos formas de garantizar su evolución. Una fórmula es seguir con la serie en el tiempo de su concepción original, respetando el marco histórico de su desempeño y hasta su atrezzo. Es el caso de Spirou et Fantasio, en activo desde 1938. Los autores de la serie por supuesto se van sucediendo, y está claro que cada nuevo relevo aporta una singularidad que garantiza no obstante la pervivencia del conjunto y su evolución. Otra fórmula, en cambio, es la de dar rienda suelta a diferentes autores para que expresen su personal concepción de la serie, y de su protagonista principal, mediante la confección de un número extra-ordinario, por así decir. También el botones del hotel Moustique ilustra esta variante, mediante la serie Le Spirou de…, iniciada en 2006 y con una veintena de álbumes aparecidos.
La experiencia de Spirou, esto es, las dos formas de garantizar la perpetuación de una serie las encontramos en el caso de Las aventuras de Corto Maltés, de Hugo Pratt. En efecto, la primera fórmula, consistente en continuar con el molde establecido desde los comienzos, se inició en 2015 con la publicación de Bajo el sol de medianoche, dibujado por Rubén Pellejero bajo un guion de Juan Díaz Canales. Llevan ya tres álbumes publicados hasta la fecha, junto con Equatoria (2017) y El día de Tarowean (2019), y lo mejor que se puede decir al respecto es la extrema fidelidad de Canales y Pellejero al proyecto original, especialmente a las primeras aventuras del marinero prattiano.
La segunda variante de autorreplicación evolutiva de Corto Maltés, consistente en manifestar otro punto de vista al de la serie original, alterando solamente el marco histórico y la ambientación, la encontramos en el ya mencionado Océano negro (2021), de Quenehen y Vivès, y lo mejor que se puede decir sobre esto es el acierto del atrevimiento y desenfado, actualización si se quiere ―aunque sobre todo formal―, de la nueva concepción del aventurero prattiano.
Fue precisamente Hugo Pratt quien declaró, en sus conversaciones con Dominique Petitfaux, que uno de los cometidos del cómic podría ser el de crear los grandes mitos contemporáneos. Y qué mejor mito que Corto Maltese, podemos pensar. El marinero de La Valeta es un mito, y como tal solamente existe a través de las coordenadas de espacio y de tiempo que el arte y la imaginación sean capaces de dibujar y escribir. ¿Corto en el siglo XXI, extremadamente joven y con gorra de béisbol? ¿Y por qué no, siempre que se mantengan los estándares de la serie, incluida la cabeza cubierta?
Las dos opciones autorreplicativas son válidas, siempre que estén al servicio de la evolución (o de la adaptación evolutiva) del cómic. A fin de cuentas, afirmar que el futuro se encuentra en el pasado equivale a decir que sólo habrá futuro si se encuentra en él, de algún modo, el pasado.

Entre Crumb y Pazienza: Mediavilla

«La politoxicomanía es un mundo, una lengua, un léxico exclusivo…»
La cita procede de «La aventura interior», el prólogo de Rubén Lardín que precede a Juan Jaravaca, una recopilación de las historietas que Juanito Mediavilla dibujó y escribió para la revista El Víbora entre 1987 y 1991, más algún extra, y que acaba de editar ahora La Cúpula. Y desde luego mucho léxico, mucha lengua, y también mucho mundo encontramos en el tebeo de Mediavilla. Un mundo interior dibujado.
Sorprenden visualmente los picados de Jaravaca y otras curiosidades, como viñetas de solo texto, de subidón, la flexibilidad del señor Fantástico, la expresividad y los zapatones de Crumb…
La sintonía con Pazienza no es tan visible, pero se detecta de inmediato al comenzar a leer las imágenes (pues a fin de cuentas en el cómic todo son imágenes). El mismo Lardín prologó Corre, Zanardi, el tebeo de Andrea Pazienza publicado por Fulgencio Pimentel en 2018, y le puso como título «El rayo en el corazón». En el corazón y en la cabeza, digo yo pensando en Mediavilla.
Pero las sorpresas de Juan Jaravaca no son solo visuales (Crumb) o de concomitancia (Pazienza). Afectan al sentido de una voz que, sin salirse de su marco, expresa, mediante un entrelazamiento de dibujos y palabras, un tremendo solipsismo que configura una inmensa viñeta, como un multimarco único. Sería ridículo describir a Mediavilla como un Crumb o un Pazienza castizo, pues castizos bien mirado somos todos. Lo de Mediavilla es una voz dibujada, tan única y tan personal, como la de esos otros dos solipsistas singulares que fueron el estadounidense y el italiano. Lo llamamos underground, pero el nombre es lo de menos. Es cómic del bueno.

El inmortal de Carlos Giménez

«En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes.» (Borges, El inmortal)

Borgesiano título ha elegido esta vez Carlos Giménez para una historieta de cariz borgesiano. Pero no hay que asustarse. El inmortal es un puro tebeo en el que Giménez demuestra de nuevo su dominio del medio. Su manera de llenar los cuadros es inconfundible, sin apenas espacios vacíos, como inconfundible es también esa narrativa suya que adoba un relato ―dirigido a la vez a la cabeza y al corazón― con un combinado de energía vital, familiaridad, conciencia social, sentido del humor y unas gotas de casticismo. El sentido de la historia se encuadra en el conjunto de los últimos tebeos de Giménez, donde el juego de la dialéctica entre pesimismo y optimismo se despliega en el contraste entre un futuro presentido y un presente trazado con firmeza, como quien reconoce que afirmar cada momento que pasa, enmarcándolo por ejemplo en una viñeta, es un modo de hacer frente a la fugacidad. Por lo demás, El inmortal es un relato tan puro, tan limpio, como lo es el dibujo de Giménez. Una claridad que a veces pellizca.
Ya digo que este Inmortal de Giménez no es nada enrevesado o barroco a la manera de Borges. No obstante, recoge el sentido del cuento del escritor argentino. Eso sí, a la manera de Giménez.
Por cierto, estos días en los que parece renacer un optimismo de millonarios y científicos a su servicio, acerca de la posibilidad de prolongar la vida hasta rozar la inmortalidad, no está de más rememorar esta cita de Borges, extraída de su cuento El inmortal:
«Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible es saberse inmortal.»

Vidas cruzadas (6). Andreu Nin

El hilo nos lleva de Trotski a Nin. 

En efecto, la trama inicial de las vanguardias artísticas ha derivado en la de las vanguardias políticas, y de ahí desembocamos en «la revolución traicionada» (en palabras de Camus). Los asesinatos de Andreu Nin, primero, y de Trotski, después, revelaron el poder omnímodo del estalinismo y el aplastamiento de la revolución, sustituida por la burocracia del Partido Comunista único al servicio de la maquinaria estatal y por la actividad de los tentáculos internacionales del Komintern. 


El ninotaire Lluís Juste de Nin nos dejó, en lenguaje de cómic, un testimonio biográfico y político de su pariente Andreu Nin. Tiene mérito la cosa, pues el autor del tebeo fue militante clandestino del PSUC, en la órbita estalinista, durante la dictadura de Franco. Justo es reconocer que los únicos partidos organizados contra el franquismo en aquel periodo eran el PCE y su primo hermano, el PSUC. Pero el subtítulo del cómic Andreu Nin, Siguiendo tus pasos da cuenta de que el posibilismo de Juste de Nin cuando Franco vivía fue sustituido por una visión más amplia del horizonte revolucionario.     


Uno de los cruces entre La sombra roja y Andreu Nin lo proporciona Constancia de la Mora Maura, tía de Jorge Semprún. Su nombre aparece en los relatos acerca de las muertes de Trotski y de Nin. 

Vidas cruzadas (5). Caritat del Río

«Caritat del Río» es el título de la historieta de Pep Brocal ganadora de la primera edición del Premi Ara de Còmic en Català dirigido a obras de no ficción. El volumen Vinyetari (2021), publicado por Norma Editorial, recoge dieciocho historietas seleccionadas de entre las que optaron al Premio, incluidas la de Brocal y otras dos finalistas. Lo curioso es que en La sombra roja, el tebeo de Pécau y González señalado en la entrada anterior de este blog, aparece también una referencia a la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotski. 

En los dos cómics se representa además el momento del asesinato de Trotski en México el año 1940. Así en la historieta de Pep Brocal:

Así en La sombra roja

El asesinato de Trotski en sí mismo, el conocimiento de sus causas y de sus circunstancias, proporciona un conjunto de claves de primer orden para comprender un buen tramo del siglo XX desde la perspectiva de las vanguardias políticas y, a través de personajes como Tina Modotti, en su relación con las vanguardias artísticas. El hilo de Vidas Cruzadas que sigo a propósito de la representación en cómic de estas vidas y de sus relaciones nos sirve para tejer la trama de ese periodo.