
Leyendo la versión en cómic que Milo Manara ha realizado de la ya clásica novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (novela que en cierto modo nació ya clásica), y a partir de la conjetura en que se basó el ensayista y estudioso italiano para elaborar su trama, me ha dado por pensar lo siguiente.
La conjetura en la que se inspiró Umberto Eco es bien conocida. De los libros que se conservan de Aristóteles, uno de ellos, la Poética, trata acerca de la tragedia. Se supone, así lo sugiere el mismo filósofo, que un segundo volumen de ese mismo libro trataría acerca de la comedia. Pero el caso es que o bien no sabemos si Aristóteles llegó a escribir ese segundo volumen, o bien, si es que lo escribió, se perdió en la Edad Media. Eco adopta para construir su trama la segunda parte de la hipótesis: el filósofo sí escribió un libro sobre la comedia, pero solo se conservó un ejemplar en la biblioteca de una abadía medieval… que termina ardiendo por completo en la novela (arden el libro, la biblioteca y la abadía entera).
El nombre de la rosa fue llevada al cine mediante una película homónima dirigida por Jean-Jacques Annaud y estrenada en 1986. Pero ha sido la versión en cómic de Manara lo que me ha hecho pensar en la propia palabra ‘cómic’ y en los orígenes de este medio que nació en estrecha relación con la ‘comedia’.
La seriedad que ha invadido en buena medida el cómic ―sobre todo a partir de la irrupción del formato novela gráfica―, junto a la progresiva extensión de los estudios más o menos académicos sobre cómic no deben hacernos olvidar cuáles fueron los orígenes de un medio que conserva la comedia en el significante que lo nombra. Es una seriedad que se halla presente en la versión que Milo Manara realiza de El nombre de la rosa, salvo que encontremos el sentido del humor que Umberto Eco supo imprimir a su conocida novela.




















