Elogio de los diagramas (Panchaud y Vila)

Acierta de nuevo Álvaro Pons cuando llama la atención sobre La couleur des choses, un tebeo de Martin Panchaud publicado en 2020 en alemán (Die Farbe der Dinge) y en 2022 en francés, pues se trata de una obra extraordinaria.
La excelencia de este cómic es como mínimo triple. En su aspecto formal, sorprende tanto el «juego de los botones» ideado por el autor como su dominio en el uso de los diagramas. En cuanto a su contenido, el lector se encuentra inmerso en una historia trepidante y cargada de sorpresas (qué decir del papel desempeñado por B12, por ejemplo, y del modo en que se inserta este papel en la historia). Finalmente, la trabazón que establece Panchaud entre forma y contenido, entre los botones ―los personajes, en realidad―, los diagramas y el relato es una prueba del arte de este realizador.
Muy distinta factura es la llevada a cabo por Miguel Vila en Dulce de leche (2021, 2022). La audacia formal es aquí de otra índole, más variada en cierto modo, aunque los diagramas también desempeñan un papel, acaso menor, en la historia. Dulce de leche es más descriptivo que La couleur des choses, donde predomina más la acción. De igual modo, el discurso de ambos tebeos difiere tanto como lo escatológico de lo meramente ficcional (siendo, como son, dos historias ancladas en lo real). Toca más la madre, por así decir, de cada uno de los lectores la historieta de Vila que la de Panchaud.
Con todo, ambos cómics me han sugerido elogiar los diagramas y resaltar la importancia del aspecto gráfico, visual, del noveno arte; una importancia que descuella especialmente cuando dicho aspecto se encuentra integrado hábilmente en el transcurso de una narración o de una exposición discursiva.

El asunto Medea (2)

Medea a la deriva (2021) es una meditación proyectiva de Fermín Solís realizada en lenguaje gráfico. A diferencia de la Medea que veíamos en la entrada anterior, una vasta historieta compuesta por dos autoras (Nancy Peña y Blandine Le Callet), con multitud de personajes y escenarios y que abarca la existencia entera del personaje, ahora se nos presenta el trabajo de un autor completo, Fermín Solís ―bien conocido sobre todo por su Buñuel en el laberinto de las tortugas―, que escoge en el marco de la representación un solo personaje, la propia Medea, y sus monólogos y orgullosas diatribas contra los dioses y contra el mundo en un escenario constante, mínimo pero en movimiento. Son desde luego dos tebeos de muy diferente factura, el de Blandine-Le Callet y el de Solís, pero ambos se inscriben en «el asunto Medea». El primero, el de las autoras francesas, introduce desde cero al lector en la historia de la protagonista y su desarrollo, mientras que el segundo, el de Solís, presupone tal vez un conocimiento previo por parte del lector de las vicisitudes de personaje, aunque no estoy muy seguro de que dicho conocimiento sea imprescindible para disfrutar la historieta. Sin embargo, los dos cómics coinciden de un modo que, en mi opinión, no es ya que se complementen, sino que incluso reflejan en última instancia un punto de vista similar.

Un punto de vista que, frente al terrible lugar que ocupa el horrísono personaje de Medea en el imaginario colectivo (seguramente instaurado por sujetos varones, más que por mujeres), sugiere que quizás la pasión desmedida se encuentra en la fuente de los actos de la protagonista pero, sobre todo, nos muestra que la permanencia del mito obedece a motivos más de índole fantasmática que puramente histórica.

El asunto Medea

Tras hablar el otro día aquí de Las mujeres troyanas, la versión en cómic de la tragedia de Eurípides, realizada por Anne Carson y Rosanna Bruno, cae ahora en mis manos otro cómic centrado también en desgranar de manera existencial un mito femenino. Se trata de Medea, escrito por Blandine Le Callet y dibujado por Nancy Peña, una recopilación en tresciuentas páginas de los cuatro álbumes de bande dessinée que las autoras publicaron entre 2013 y 2019 (La sombra de HécateEl cuchillo en la heridaLa esposa bárbara y Carne y sangre). Así pues, en esta ocasión no estamos ante la versión gráfica de una tragedia clásica (las Medea de Eurípides o la de Séneca), como ocurre en Las troyanas de Carson y Bruno, sino que lo que plantean Le Callet y Peña es una reconstrucción en narración figurativa de la historia de un personaje tan inquietante como mítico, esto es, una de las vidas posibles de Medea. El volumen se complementa con un apéndice en el que, a modo de Abecedario, las autoras revelan las fuentes de su inspiración, las libertades que se han tomado sobre el personaje y el sentido de su producción.
A mí me da la impresión de que el imaginario construido en torno a Medea es un arquetipo que se encuentra en realidad en el inconsciente masculino, lo mismo si acaso que Edipo, aunque en otro orden. Resulta innegable la fuerza y el vigor de semejante personaje, Medea de Cólquida, en el que se proyectan cantidad de temores humanos ―viriles mayormente― ante una imaginada «mujer fatal». Como se indica en algún lugar de este volumen, sorprende que tantísimas atrocidades de la historia de la humanidad caigan en el olvido, y sin embargo «el asunto Medea» permanezca de un modo u otro en la memoria colectiva.
Bienvenidos, en fin, sean los cómics que recrean los fantasmas colectivos de una forma tan atractiva, y más aún si sirven para expulsarlos o cuanto menos relativizarlos.

Inteligencia natural, inteligencia artificial (IN – IA)

No hay una sin la otra. Es la inteligencia humana la que fabrica la inteligencia artificial, y mientras está no se autorreplique ( en cuyo caso pasaría a ser natural), dependerá del factor humano. Otra cosa es la cuestión de la pérdida, no tanto de puestos de trabajo, que también, sino de habilidades manuales. Cada vez usamos menos las manos ―en nuestro caso para escribir, para dibujar― y más los dedos adaptados a lo digital. No hay progreso tecnológico sin relego de habilidades. Reciclarse, entonces, es aprender a utilizar los artilugios digitales. Una pérdida, ya digo, de ejercicio práctico.
¿Quién sale ganando en todo esto? Los que más, los fabricantes y vendedores de cachivaches o dispositivos, de su hardware y de su software. Una nueva recomposición social, que en realidad nunca para, sobreviene. Que nos pille prevenidos. Eso sí, los que sean capaces de conservar las habilidades perdidas, podrán tal vez sacarles partido. Véase con el ejemplo de la cocina, hoy llamada gastronomía y hasta arte culinario.
Habrá literatura realizada con Inteligencia Artificial, igual que habrá cómics y novelas gráficas elaboradas así, obras consumidas por un público perfectamente adaptado. Pero quien conserve, creo yo, la habilidad ―el arte― de escribir y de dibujar, podrá (no sin esfuerzo, como antaño) no solo salir adelante, sino además contribuir al avance extraordinario de las artes y las letras.
           David B. Los fantasmas

Teatro gráfico: Las mujeres troyanas

Una nueva maravilla de teatro gráfico nos la ofrecen nada menos que Anne Carson, en el guion, y Rosanna Bruno, en la puesta en imágenes: Las mujeres troyanas
 
 
Se trata de una versión en lenguaje gráfico (la expresión «un cómic» figura en la cubierta, pero la justifican sus páginas) de Las troyanas, la tragedia de Eurípides que escenifica uno de los desenlaces más contundentes ―para el momento de la representación (415 a.n.e.) y para el momento actual― de la victoria aquea (los griegos) sobre los troyanos, una vez finalizada la guerra de Troya. Lo más destacable, desde mi punto de vista, es que  Anne Carson y Rosanna Bruno consiguen mostrar un núcleo dramático tan vigente hace veinticinco siglos como ahora. Y lo hacen poniendo al día, en lenguaje de cómic, una tragedia clásica del medio teatral. Esto es posible gracias al desarrollo alcanzado por el arte y la industria de la historieta en la era de la hibridación transmediática. 
 
Junto al valor que supone la vigorización de una historia que sigue ahí, se encuentra el valor pedagógico o didáctico que conlleva el poder leer a Eurípides hoy sin que se nos caiga de las manos y, con ello, despertar o quizás aumentar el conocimiento de la actualidad y vigencia de los clásicos. 

(Continuará)

Poder absoluto (de Galactus a El fuego)

 

Seré breve. Cuando tenía doce o trece años conocí gracias a los tacos de Vértice la historieta de Galactus y su heraldo (Estela Plateada entonces, Silver Surfer hoy). Fueron Stan Lee y Jack Kirby los artífices de esta saga de Los 4 Fantásticos (Fantastic Four hoy). Entonces conocí directamente lo que es el poder absoluto, ante el cual los mortales al uso nos encontramos indefensos. Nada es posible frente al poder de Galactus, así lo sentí. [Debo aclarar que para mí el poder, siguiendo en esto a John Locke, se mide por la capacidad que un cuerpo tiene para afectar o modificar a otro cuerpo]. Era demasiado joven, pero entendí el poder ―también― de la ficción para alterar la conciencia de los que acceden a ella.  
 

 

Hace poco recordé la historia de Galactus al leer Cosmic Detective, de Jeff Lemire, Matt Kindt y David Rubín. En él aparecen viajeros de las galaxias que se alimentan de planetas cuyos habitantes se encuentran en principio incapaces de responder al envite. (Ese es, por cierto, el mayor homenaje a Jack Kirby que yo encontré en Cosmic Detective, incluyendo el dibujo y el color de Rubín). 
 

 

La experiencia del poder absoluto, tal y como yo lo entiendo, me ha venido de nuevo al leer El fuego, esta vez de David Rubín como autor completo (de El héroe hablaremos otro día). ¿Qué pintamos los humanes -como decía Jesús Mosterín- ante la real posibilidad de un impacto sobre el planeta Tierra de un meteorito cuyos parámetros son descomunales? 
 
Mientras solo sea una ficción, el poder absoluto es manejable siempre que dé pie para relatos y para el desarrollo de habilidades artísticas. Otra cosa es cuando se convierte en sustento de fantasías incontrolables y paranoias o psicosis de toda índole. Pero como ficción, el poder absoluto funciona. 
 
 

‘McCay’, novela gráfica


Con guion de Thierry Smolderen y dibujo de Jean-Philippe Bramanti, McCay es una historieta (una bande dessinée) publicada inicialmente en cuatro álbumes y finalmente agrupada en un solo volumen para configurar lo que los autores entendieron desde el principio como una novela gráfica. Inédita en nuestro idioma, conjuga eficazmente los regímenes biográfico y fantástico. Dejo un enlace de mi reseña sobre McCay

McCay, el efecto de la cuarta dimensión 

 

Highsmith y el entorno psi

Las buenas historias tienen varias capas de lectura (todo relato es una construcción). Es lo que ocurre con De otro planeta (Flung out of Space, 2022), libro escrito y dibujado por Grace Ellis y Hannah Templer.
Aunque no me convence el subtítulo de la edición española: Las indecentes aventuras de Patricia Highsmith, lo cierto es que da pie para el comentario. En mi caso, me interesa ese momento histórico en que el entorno psi (psiquiatría, psicología, psicoanálisis) se apoderó de los medios y, con ello, de las conciencias ciudadanas. Me refiero sobre todo a las décadas centrales del siglo pasado, en las que transcurrieron los años de formación de Patricia Highsmith. De otro planeta transcurre en torno a 1950, año de publicación de Extraños en un tren, y muestra la correlación existente por entonces entre dicho entorno, las terapias de conversión aplicadas a la homosexualidad y la aversión hacia los cómics (en especial hacia los comic books), una correlación que derivó en el episodio del psiquiatra Fredric Wertham y la caza de brujas centrada en los tebeos, si bien esto último es un poco posterior y no forma parte de la historia contada en De otro planeta.
Sí que vemos sin embargo representada en la historieta de Ellis y Templer esa correlación. Highsmith se ganaba la vida inicialmente como escritora de comic books en un trabajo que despreciaba (muy interesante la presencia en el relato del joven Stan Lee de los tiempos de Timely). A la vez, la homosexualidad era percibida en aquella época y en aquel entorno como una enfermedad, y durante ese periodo la escritora sucumbió a dicha percepción sometiéndose a terapia de conversión. Fue seguramente la escritura de El precio de la sal (1951), novela adelantada que presenta un lesbianismo normal y desprejuiciado ―publicada obviamente bajo pseudónimo―, lo que liberó a Patricia Highsmith del embrollo del entorno psi.
Con los cómics no sabemos si hubo sublimación, pues entonces, en los años del relato, no se había producido todavía la resignificación del tebeo que tuvo lugar a partir de los años 1960. Sorprende con todo la revolución iniciada en los sesenta que cambió la percepción social de tantísimas cosas, incluidas la homosexualidad y los cómics. De otro planeta sugiere este tipo de reflexión, como también favorece otras lecturas.

Mitologías (1)

― A mí me marcó Gaston Lagaffe como la generación anterior estuvo marcada, digamos, por Marx, Sartre o Debord.

   Más en concreto, esta lectura ha desacralizado completamente mi relación con el trabajo, con la jerarquía, con el poder. No llego a tomarme esta broma en serio. Mi patrón, OK. Él tiene poder sobre mí, pero él también lleva un slip.
    Puede parecer anodino, pero hay que imaginarse esta fuerza de inercia practicada por un montón de idiotas como yo. No podemos trabajar. Simplemente, porque no queremos; más bien porque nosotros… porque el «trabajo» no existe. Es una visión del espíritu, una convención que hace que ciertos slips tengan poder sobre otros slips.
[Fuente: Baladi, Encore un effort, ed. L’Association, traducción propia.]