La belleza inmanente, el trauma, la ligereza (‘La Levedad’)

De Catherine Meurisse leímos el año pasado La Comedia Literaria. El título original de este cómic, Mes hommes de lettres (2008), da cuenta del planteamiento de la autora en su álbum: un repaso muy personal a la historia de la literatura francesa mediante una selección no del todo caprichosa de algunos de sus protagonistas (De Roldán a Boris Vian, reza el bajotítulo de este curioso tebeo, si bien no viene a ser exactamente así). El tono de la obra es coherente con la grafía y con el trazo elegidos por Meurisse, en consonancia a fin de cuentas con el humor gráfico y satírico propio de Charlie Hebdo, revista en la que ella trabajó como redactora entre 2005 y 2016. Hay en La comedia literaria humor y desenfado, pero hay también rigor histórico y documentación.

 

Quiso el azar, quisieron las circunstancias, que la mañana del 7 de enero de 2015 Catherine Meurisse perdiese el autobús que la había de llevar puntualmente a una reunión de redacción en los locales de Charlie Hebdo. Este hecho la salvó físicamente del atentado terrorista llevado a cabo ese día en la sede de la revista. La circunstancia salvó a Catherine Meurisse físicamente, pero no moralmente. Las secuelas -psíquicas, anímicas- de ese atentado en la vida de la autora se hallan en La levedad (La Légèreté, 2016), un trabajo de Meurisse en BD presentado a manera de novela gráfica.

Otras consecuencias gráficas surgidas tras el atentado contra Charlie Hebdo, anteriores a La levedad, fueron Catharsis (2015), de Luz (Rénald Luzier), colega de Meurisse que quedó también a las puertas de la redacción el día del atentado y Si Dieu existe (2015), de Joann Sfar. Son obras, como La Légèreté, que tratan de sobreponerse a la tragedia mediante el lenguaje que dominan sus autores, el del cómic, a través de su importancia catártica.

En un post anterior [este], dedicado a Joann Sfar con motivo de la publicación de Si Dios existe, escribí:

Si Dieu existe nació a raíz de los atentados del 7 de enero de 2015 en París contra la redacción de la revista Charlie Hebdo. Los terroristas en nombre de Alá atacaron entonces el corazón de un imperio, el de los dibujantes satíricos -franceses en este caso: Wolinsky, Cabu, Charb, Tignous, Honoré- que entroncan con la tradición comicográfica iniciada en Europa en tiempos de la Révolution o antes (William Hogarth). De la redacción de la revista fueron doce las víctimas mortales, entre ellas los cinco dibujantes citados. La conmoción dentro y fuera del ambiente profesional fue brutal.

Se expone así la importancia catártica del lenguaje del cómic para afrontar unos hechos vividos que son a la vez insoportables, terribles. Lo cual, bien mirado, no deja de ser una concreción específica de otra afirmación más extensa, referida a la importancia catártica, terapéutica, del arte sin más.

Catharsis, Si Dieu existe y La Légèreté son obras configuradas -y atravesadas- por la autoexpresión. Tanto Luz como Sfar y Meurisse, en sus respectivos tebeos desde el atentado, se manifiestan a sí mismos y al lector, pero el asunto no se reduce a eso. Aportan también cada uno de ellos su visión personal de la tragedia, una visión que, pese a ser subjetiva o propia, conecta en todo caso con lo mejor de la tradición cultural europea. (Intersubjetividad).

La Levedad es la historia de una búsqueda… dirigida hacia una superación. El sujeto de la misma, Catherine Meurisse (n. 1980), se autoexpresa en su obra. Y lo hace de un modo tal que reconocemos ahí a la autora de La comedia literaria. Ella manifiesta en el cómic a su vez el resultado de su búsqueda. El secreto de la superación de su shock postraumático.

Catherine Meurisse recurre en su camino terapéutico a aquello que mejor conoce. La literatura. El arte. Pero también el desenfado. Y hasta el humor.

Una conocida cita de Nietzsche: “Tenemos el arte para no morir de la verdad” aparece en el frontispicio de La Levedad. La frase procede del escrito póstumo del filósofo alemán titulado La Voluntad de poder. El arte se compone de mentiras, apariencias, ficciones. Pero estas son verdaderas en cuanto nos permiten transigir con la realidad. (La verdad para Nietzsche no deja de ser a fin de cuentas otra ficción, dada la naturaleza metafórica del lenguaje.) No se compone el arte, por tanto, de verdaderas mentiras. El arte acrecienta la vida, que para el filósofo bigotudo se identifica con la voluntad de poder. No nos adormece.

Parapetada en el arte, Meurisse busca en su libro encontrar no La Belleza en sí, sino una belleza que le permita restablecer su pulsión de vida, dejar atrás el estado de disociación y encarar la realidad con ligereza, con levedad (a la manera de los espíritus ligeros nietzscheanos, diría yo).

Pero La Levedad es también un homenaje. Un homenaje en concreto no solo a los fallecidos y heridos en el atentado. Catherine Meurisse homenajea en La Levedad la actitud, el gesto, el espíritu, la filosofía de Charlie Hebdo.

 

Esa búsqueda (de la belleza) y ese homenaje (a Charlie) confluyen en muchas de las páginas de La Levedad. No tiene desperdicio, por ejemplo, la ironía de Meurisse cuando se dibuja a sí misma en Cabourg y degustando una “merienda Proust” con magdalena incluída reconoce que no siente nada. O cuando se instala en Italia a la búsqueda del síndrome de Stendhal sin que este acontezca.

La solución va por otro camino. La belleza no es trascendente a la manera de Platón, sino más bien inmanente, acaso en mayor consonancia con Nietzsche y su sentido de la tierra bien que humano. La belleza se da a través de la interpretación de cadenas de signos. Como diría Picasso, no se busca, sino que se encuentra. Porque está en uno mismo. Nos aporta levedad.

Catherine Meurisse homenajea especialmente a Mustafá Ourrad, corrector en Charlie, y reproduce los versos que este le dictó unos días antes de fallecer en el atentado a la revista. Se trata de una estrofa del poema de Charles Baudelaire titulado “Élévation”, incluido en Les Fleurs du Mal. 

Envole-toi bien loin de ces miasmes morbides;
Va te purifier dans l’air supérieur,
Et bois, comme une pure et divine liqueur,
Le feu clair qui remplit les espaces limpides.

Creo que estos versos expresan de un modo sublime cuál es el objeto de La Levedad.

Viñetas para una Tesis

Tanto el título como la cubierta del reciente ensayo de Fernando J. Alcantarilla Hidalgo, El siglo XX en viñetas: Barbarie y Humanismo en el cómic europeo, resultan interesantes. La contracubierta del tomo informa del currículum del autor, centrado en la carrera jurídica (actualmente es Letrado del Tribunal Constitucional y tres veces doctor en Derecho). En el mismo sitio leemos: “El presente libro tiene su origen en la tercera Tesis Doctoral del autor…” Obviamente, el asunto llama la atención.

La inquietud se presenta cuando en el primer Prólogo de la obra, escrito por Luis Alberto de Cuenca, se lee (después de “malhadada centuria“):

“Fernando José Alcantarilla Hidalgo ha dedicado un ensayo monumental a lo que suponen estas viñetas para elucidar el transcurso del siglo XX, esa malhadada centuria a la que debemos, siguiendo al Marqués de Tamarón, algunas de las plagas más terribles que ha conocido la Humanidad, entre ellas, el comunismo, la práctica cruel del psicoanálisis y el sinsentido del arte moderno.” [sic]

Sin embargo, lo que viene a continuación no es un despropósito del autor (como el sugerido por las palabras del prologuista). Es un recorrido por ciertos momentos de la historia política, jurídica y militar del siglo XX, ilustrados mediante una selección de tebeos mayormente europeos; o, tal vez al contrario, es un paseo por ciertas obras de tebeo europeo comentadas a partir de momentos de la historia política, jurídica y militar del siglo XX. El tebeo en todo caso ilumina la historia, pero también es la historia la que ilumina el tebeo.

Tal y como el título da a entender, El siglo XX en viñetas… se divide en dos grandes apartados. La primera parte trata, bajo el rótulo Barbarie, acerca de guerras, revoluciones (la Rusa especialmente), colonizaciones y genocidios del siglo pasado. La segunda, en defensa del Humanismo, versa sobre la democracia, el Estado de Derecho y un catálogo de Derechos Humanos tal y como son reflejados -o negados- en las viñetas seleccionadas.

Entre el corpus tebeístico manejado por Fernando Alcantarilla en su tesis destaca ante todo su fijación con la serie Tintin, de Hergé. Le siguen en menor escala las series Lefranc, de Jacques Martin y Blake y Mortimer, de Edgar P. Jacobs. Muchos otros son los títulos de cómic referidos por Alcantarilla, si bien, aparte de los anteriores, destacan cuantitativamente tebeos de Hugo Pratt, Rubén Pellejero, Jacques Tardi… Se trata de historietas de corte europeo en general y adscritas a la línea clara en particular.

A mí la lectura de El siglo XX en viñetas me ha producido impresiones similares a las que sentí leyendo otro ensayo, esta vez colectivo (una colección de papers de profesores universitarios estadounidenses), titulado Los superhéroes y la filosofía. En otro post [aquí] lo comenté. Me refiero a lo siguiente.

En unos párrafos de mi comentario sobre el libro Los superhéroes y la filosofía escribí:

Ante la muy interesante pregunta: ¿Por qué un superhéroe, un ser con poderes suprahumanos, debe optar por el bien?, es donde más he notado el carácter limitado del libro. En realidad, la pregunta tiene alcance universal y nos concierne a todos los seres humanos: ¿Por qué debemos elegir el bien antes que el mal? ¿Por qué es preferible el primero, más allá de la mera aceptación de los imperativos? Es esta una pregunta filosófica de primer orden y, como tal, ha recibido diferentes análisis y respuestas a lo largo de la historia del pensamiento.

Sin embargo, para mi sorpresa, el teísmo personalista, la existencia de un Dios personal como garantía del orden y de la estructura moral del universo se apunta en el libro como la última ratio a la cual apelan varios de los autores del libro. Algún otro defiende la realidad objetiva del Bien que apuntara Platón al concebir esta realidad como la Idea o Forma suprema a la cual tienden y a la que imitan el resto de Formas de lo que hay. También, en la misma línea de realismo objetivo del bien, se trae a colación la teleología aristotélica… Incluso, para justificar la plausibilidad de aceptar a Dios, se recurre en más de una ocasión a “la apuesta de Pascal”…

A mí no me parece mal que se defiendan filosóficamente las creencias de cada uno. Y en el límite, tan atendible es esta filosofía que trasparece en el libro como lo son la agnóstica y la atea. Lo que no me parece bien es que un libro de estas características, bajo un título tan atractivo, defienda casi monolíticamente una sola de las versiones de la filosofía.

Fernando Alcantarilla, por su parte, fundamenta su planteamiento humanista, especialmente en la segunda parte de su libro, mediante las creencias y los postulados del cristianismo. Es como si, tal y como ocurría en Los superhéroes y la filosofía, solamente el recurso a la tradición teológica de raigambre cristiana, proverbialmente católica, sirviese para justificar el discurso, el desarrollo y el progreso moral. Más allá de la soberbia, entonces, subyace en este libro una lógica afín a la que afirma que en la época de los crisantemos, solo había a nuestro alcance crisantemos.

Así no es extraña la atención que Alcantarilla le presta a Tintin.

En otro post [aquí] me referí al catolicismo de Hergé y a la plasmación del mismo en su famoso personaje de cómic. No obstante, pese al exhaustivo recurso a Tintin por parte del doctor Alcantarilla en su libro con el fin de justificar sus tesis, me ha parecido percibir, ante mi sorpresa, un cierto reproche en su discurso al Hergé del final de su carrera, especialmente al autor de Tintin y los pícaros, respecto a una supuesta dejadez o abandono de las firmes creencias del autor belga en esa obra. No creo que sea incurrir en la falacia ad hominem aducir en este contexto la circunstancia personal de Alcantarilla y su posición militante al servicio de la fe. Esta posición es coherente con su carrera profesional, iniciada mediante su ingreso por oposición en el Cuerpo Jurídico Militar, así como con unas de las líneas que el autor escribe en el apartado de agradecimientos al comienzo de su libro: “al Ministerio de Defensa, por la concesión de un galardón que hace patente mi constante vocación militar”. Hay una concepción subyacente de los héroes en la Tesis de Alcantarilla.

En cualquier caso, percibe el lector una querencia del doctor Alcantarilla hacia Tintin por encima de todos los demás personajes de papel que atraviesan su obra. Y al final se percibe también cuáles son las tesis que alimentan la Tesis académica del autor.

Pero por encima de todo, ante libros como este es patente que el cómic es un medio que está, en tanto que medio, disponible para múltiples fines. Como todos los medios artísticos, disponible para el fin que el artífice considere.

Los Sexcéntricos. De la creación al calvario

“Lo de que aprovechase los antiguos Sexcéntricos fue el último consejo que me dio Vázquez.” (R. B.)

Dice Ignacio Vidal-Folch que Ramón Boldú es un hombre sin imaginación. Aunque luego añade: “Probablemente por eso es nuestro mejor (por no decir único) dibujante autobiográfico”.

Lejos de confundir la imaginación con la fantasía, yo más bien pienso que Boldú posee una imaginación portentosa. No solamente la requerida para concebirse a sí mismo y representarse durante cientos de páginas de narración gráfica, que no es poca cosa. La imaginación de Boldú se manifiesta además a la hora de componer sus relatos, por más que el contenido de los mismos responda a situaciones y a hechos verificables. La autobiografía, en última instancia, viene a ser la fuente que aglutina los contenidos de toda imaginación.

Y así Los Sexcéntricos. De la creación al calvario (2017), el último relato autobiográfico de Ramón Boldú, confirma la capacidad de este historietista para sorprender al lector de sus cómics.

Porque estamos ante un cómic, principalmente. En la línea de tebeos anteriores de Boldú, aunque de dos en particular: Bohemio pero abstemio (1995) y Memorias de un hombre de segunda mano (1998). Ambos libros recopilan sendas series homónimas de historietas, publicadas las dos en la revista El Víbora (y en la italiana Totem); la primera entre 1991 y 1995 y la segunda entre 1995 y 1998. Un tomo de la editorial Astiberri aparecido en 2009 recoge en un solo volumen los dos títulos.

Tebeos posteriores de Boldú también autobiográficos, como El arte de criar malvas (2008), Sexo, amor y pistachos (2010) y La vida es un tango y te piso bailando (2015) difieren de los anteriores en el sentido de que nacieron ya como cómics monovolumen. No son recopilaciones de series de historietas previas. [El verso libre, por así decir, en la producción de Boldú es La voz que no cesa (2013), excelente biografía de Miguel Hernández con guion de Ramón Pereira.]

Por su parte, el reciente Los Sexcéntricos. De la creación al calvario parte de una serie de historietas que, con el título Los Sexcéntricos, fueron publicadas semanalmente en la contraportada de la revista Lib (1976-1982) y en revistas y periódicos de Alemania. Sin embargo, no se trata de una recopilación. Boldú nos cuenta en su nueva obra diferentes vicisitudes colaterales y otras circunstancias que rodearon a la publicación de su vieja serie, perdida y hallada al final aunque en estado lamentable. Es decir, Boldú elabora una nueva novela gráfica a partir de ciertos materiales previos, solo que recuperados en parte y, lo que es más importante, insertos en un nuevo relato autobiográfico de corte plenamente actual.

La fuente de la imaginación de Boldú, digo arriba, es la autobiografía. Pero su sustancia, lo que da forma a esa imaginación es el cómic. La narración gráfica. El autor se ganó la vida durante la Transición colaborando y como director artístico en las revistas del grupo Z, particularmente Lib. Luego dio el salto a la historieta propiamente dicha cuando inició en El Víbora la serie autobiográfica que daría pie a su primer largo, Bohemio pero abstemio. A partir de ahí, coser y cantar -por decirlo de algún modo- en lenguaje de cómic hasta La vida es un tango. En medio se quedaron experiencias más o menos frustradas con otras revistas, como El Jueves y Barragán.

En El arte de criar malvas Boldú ensayó la técnica del tebeo dentro del tebeo. Ahora consuma esa técnica engarzando la serie Los sexcéntricos en una novela gráfica de nueva planta, si bien un capítulo de la misma apareció por vez primera como historieta en la antología Panorama. La novela gráfica española hoy, de 2013, bajo el título “Los guionistas nunca ligan”, lo cual es una prueba de la lenta maduración a que el autor somete sus obras. Y es una prueba también de la importancia que Boldú concede a los guiones y, al cabo, a la parte literaria de sus cómics.

A corto plazo puede ser que interese un montón la intrahistoria de la prensa gráfica española que cuenta Boldú en sus novelas, incluida especialmente esta nueva que es un auténtico metatebeo. Cuando nadie recuerde experiencias directas de la época de Asensio, Berenguer, Vázquez y tantísimos otros que aparecen en los tebeos de Boldú quedarán, me parece, la frescura y el savoir faire que este autor imprime a sus obras.

Mención especial se merece la presencia de Vázquez en Los Sexcéntricos… Y la velada o no tanto alusión a su imitador en el arte de la historieta.

La balada del norte (2)

Parece que al final serán tres los tomos que integrarán La balada del norte. Y Alfonso Zapico nos deja de nuevo con la miel en la boca tras el segundo volumen de esta más que acertada novela gráfica.

Nos deja la miel en la boca, pero es una miel dulce y amarga a la vez.

La amargura, que es más que amargor, procede no solo del hecho de saber, igual que ante el relato del Titanic, cómo termina la historia. Estremece en este segundo tomo de La balada del norte la morosidad (y belleza) con que Zapico describe -escribe y dibuja- situaciones domésticas, íntimas, al socaire de la revolución… junto a la manera en que se va percibiendo el fracaso de la misma, claramente visible con la llegada de las fuerzas Regulares a Oviedo… y lo que se avecina e intuye el lector. (La intervención de las tropas africanas -legionarios y regulares- en la represión de la Comuna asturiana de 1934, dirigidas por los generales Franco y Goded, ayuda a entender el inicio, desarrollo y desenlace de la guerra del 36.)

La dulzura, bien que triste, del segundo volumen de La balada del norte la proporciona el arte de Alfonso Zapico y su habilidad para convocar la emoción del lector mientras cuenta un haz de historias que entrelazan épica, lírica y drama en el marco de la Historia.

Se va comprendiendo mejor la elección del título.

Quedamos impacientes a la espera del tercer tomo de La balada del norte, llamada a ser un tebeo de los grandes.

Arte y picana (Sobre ‘Pinturas de Guerra’)

No sé yo si es posible un cómic no narrativo (o posnarrativo), esto es, si esa posibilidad no encerrará una contradicción en sus términos y por tanto su existencia como tal ha de ser imposible. En cualquier caso, es este un debate para nada excluyente que, siendo de lo más interesante, pierde fuelle ante Pinturas de Guerra, una novela gráfica escrita y dibujada por Ángel de la Calle (n. 1958) y publicada en la primavera en que estamos. Dejaremos lo de la historieta posnarrativa, entonces, para otra ocasión. Porque narrativa gráfica es ante todo Pinturas de Guerra.

No obstante, en el corazón de esta novela hay un posicionamiento acerca de la naturaleza del arte que tal vez conecta con aquel debate acerca de la superación de la narratividad (el storytelling) como inherente al lenguaje del cómic; una conexión que, de darse, remite a una conversación entre ambas partes plagada de elementos comunes, independientemente de sus respectivas conclusiones.

Pinturas de Guerra se centra en un momento de la historia del arte contemporáneo en el que el informalismo derivó en arte conceptual y, más allá de las instalaciones, en un cúmulo de actuaciones de artistas comprometidos políticamente y deseosos de innovar sacando el arte de los museos. El arte entendido como acción política. El posicionamiento a que me acabo de referir, entonces, es el que llevó a una generación de jóvenes artistas desde el rechazo del realismo social, propugnado por los informalistas y el expresionismo abstracto, hasta la aceptación del compromiso político como única vía artística y auténticamente seria de transformación de la sociedad. La revolución cubana fue el detonante que puso en marcha (o reactivó) el giro realista y el compromiso político de un arte consagrado al servicio de la revolución. La actividad de los situacionistas y el mayo del sesenta y ocho influyeron también decisivamente, adaptando el compromiso a los nuevos tiempos.

Ciertas fuentes, por cierto, relacionan el auge (la moda) del expresionismo abstracto con la manipulación que un Nelson Rockefeller y hasta la CIA ejercieron al influir activamente de múltiples maneras -a través de publicaciones, mediante instituciones artísticas- en contra del realismo socialista y a favor de aquel arte moderno descrito, en palabras de Rockefeller, como “la pintura de la libre empresa”. (Esto no es teoría de la conspiración, aunque lo parezca; hoy sabemos que la CIA se interesó seriamente incluso por la actividad intelectual de los filósofos y estructuralistas franceses.)

En el ámbito del cómic, dos de esas fuentes que digo son, por un lado, Âme Rouge, el tercer álbum de Blacksad (de Díaz Canales y Guarnido) y, por otro lado, Bête Noire, tercera ‘graphic novel’ de la serie Grandville (de Bryan Talbot). Rockefeller y la CIA implicados políticamente en la trama del arte del siglo XX.

La novela de Ángel de la Calle da cuenta del autorrealismo, una efímera y casi desconocida intervención de arte en la calle que se dio en París a finales de los años setenta o primeros ochenta del siglo pasado, protagonizada por unos pocos artistas latinoamericanos exiliados y supervivientes de los infiernos de las dictaduras del Cono Sur.

Pero Pinturas de Guerra no es un tratado de historia del arte. Es, ya lo hemos dicho, una novela gráfica.

La picana eléctrica es un instrumento de tortura utilizado por la policía política de diferentes países de Latinoamérica (Chile, Uruguay, Argentina) durante los regímenes de las dictaduras militares instauradas a fuego y a sangre en aquellos territorios, no del todo ajenos al nuestro, en los años de plomo del dominio de los generales. Fueron muchos y terribles los procedimientos vejatorios infligidos a los detenidos por los torturadores, algunos de ellos de una crueldad espantosa. La picana simboliza el horror de aquel periodo abominable. Permanece impune la ausencia de los desaparecidos.

Ángel de la Calle ha tejido con estos y otros mimbres Pinturas de Guerra. La obra podría haber sido Poemas de Guerra (Juan Gelman), Canciones de Guerra (Víctor Jara), Tebeos de Guerra (H. G. Oesterheld)… El autor ha elegido a los pintores, en particular autorrealistas, para configurar su novela. El alcance de la misma trasciende obviamente el marco de la pintura. Deviene literatura gráfica netamente política, bien repleta de significaciones

Los otros mimbres de la novela proceden de la actriz Jean Seberg (icono que llena À bout de souffle, de Godard) y de una proyectada biografía suya. También están Rayuela, de Julio Cortázar (el París de La Maga) y El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (los giros que auspicia el I Ching, la novela dentro de la novela), presentes sobre todo en la arquitectura narrativa de la obra (Pinturas de guerra es así, también, una especie de metanovela). Intervienen o aparecen en la historia un montón de personajes, unos con su nombre real (Juan Goytisolo, Guy Debord, Alberto Cardín…), otros con nombre inventado (aunque con su correspondencia real) y otros, pocos, finalmente ficticios. Hay incluso una autoficción ucrónica (¿Dick?) de Ángel de la Calle. Y un papel destacado de la CIA y de la policía francesa. Pinturas de Guerra no es sin embargo una amalgama abigarrada. Al contrario, sorprende la fluidez narrativa que Ángel de la Calle imprime a tantísima información como la que articula en su obra.

La sombra -la luz- de Roberto Bolaño es enorme. El realismo visceral de Los detectives salvajes y ese otro dechado de imaginación verdadera que es al cabo La literatura nazi en América me han acompañado en mi lectura de Pinturas de Guerra, magnífica novela gráfica de Ángel de la Calle.

De las condiciones de posibilidad de un tebeo no narrativo hablaremos en otra ocasión.

El blog de La Cárcel (de Papel)

No creo yo que a Álvaro Pons le moleste que en mi imaginario lo considere algo así como nuestro Harold Bloom del tebeo. Se lo tiene merecido. Pero esta consideración no pretende ser hiperbólica. Supongo que Pons tendrá detractores, como a fin de cuentas Bloom también los tiene.

                                                     Dibujo: Miguelanxo Prado

Lo que es innegable es que la actividad y el nombre de Álvaro Pons (n. 1966) son inseparables del conocimiento y la crítica del tebeo en España desde hace ya décadas.

Recientemente ha salido de las prensas un considerable tomo de prácticamente 600 páginas titulado La Cárcel de Papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016). El libro contiene una selección de entradas o posts procedentes de un blog pionero en materia de cómic (o tebeo, o historieta o como gusten llamar al noveno arte): La Cárcel de Papel, no solamente fundado por Álvaro Pons, sino mantenido en activo a diario por él mismo durante al menos diez años (escribiendo en él todos los días, quiero decir). El blog, aún accesible en la red y con señales de vida, tiene unas dimensiones tales que, incluso sin contar los miles de comentarios aportados durante años por los lectores, requeriría tal vez otros diez volúmenes como el que ha salido ahora a la luz en el caso de imprimir todo su contenido.

La Cárcel de Papel nació como tal -como blog diario- a finales de 2002, en un momento en que el desarrollo de internet comenzaba a permitir la interactividad y la edición dinámica de contenidos (Web 2.0). La actividad crítica y divulgadora de Álvaro Pons había comenzado mucho antes, pero fue la novedad de internet lo que activó una variante en el modo de actuar tanto de Pons, respecto del mundo de los tebeos, como de otros muchos en otros respectos. Nacieron los foros, unos temáticos y otros generalistas. Nació Wikipedia. Nacieron los blogs. También por esos años nacerían las redes sociales: Facebook (2004),  YouTube (2005), Twitter (2006)…

La historia ha traído que en estos momentos sean las redes sociales las que soportan la mayor interactividad de los usuarios de la red. Los foros que no han bajado la persiana son poco menos que clubes de amigos. Por su parte, los blogs que siguen activos se han convertido en lo que acaso su nombre indica. Son blocs de notas, cuadernos de bitácora, páginas de escritura más o menos personal o, las más de las veces, sitios de información de novedades, bien de índole temática, bien abiertamente comerciales. La interactividad se ha esfumado, o se ha desplazado a las redes.

Pero los blogs, igual que los foros, tuvieron su momento estelar participativo (un foro viene a ser, en cierto modo, un blog de blogs). La Cárcel de Papel fue uno de esos blogs que concitaron mayor interés, en este caso entre aficionados y adictos al mundo de los tebeos. Y no solo porque fuera el primero en aparecer por estos lares. Por lo que he leído, se ha de deber también a la calidad de las aportaciones de Pons y a la retroactividad que suscitaban sus comentadores también de calidad.

En cierto  modo, leer un blog o parte de él en un tomo encuadernado es parecido a leer la edición integral de una serie de Continuará. Se trata de experiencias muy diferentes a las de seguir un hilo o una historia dosificadamente, por entregas, con el cuentagotas del tiempo. Así, por ejemplo, cuando hoy leemos en la sección titulada “Un mercado de tebeo”, del libro La Cárcel de Papel, la movida concerniente a las editoriales Planeta y Panini respecto a los derechos de Marvel, nos puede parecer que fue un poco una tormenta en una taza de té. Sin embargo, no cabe duda de que fue una movida que en tiempo real suscitó todo tipo de reacciones, especulaciones y comentarios entre los seguidores del blog.

La sección “Un mercado de tebeo”, del libro de Álvaro, es la que mejor refleja en mi opinión la vitalidad que tuvo el blog La Cárcel de Papel. Era la época, decíamos antes, en que los blogs estaban vivos a la manera en que hoy lo están las redes. Pero no todo era información, cambio de novedades, cotilleos (en el buen sentido de la palabra) y así en La Cárcel, si bien Álvaro no deja de apuntar, hablando del mercado, su concepción al respecto. Otras secciones del libro de Álvaro, especialmente la primera: “Un largo paseo por Coconino”, la quinta: “Personajes en busca de autor” y la séptima: “Tebeos para el recuerdo”, exponen -unas veces entre líneas, otras en directo- teoría del cómic, si bien disfrazada de opinión y con aires de subjetividad… como corresponde, todo hay que decirlo, al estilo de un blog. Yo creo que tales aportaciones teóricas justifican de sobra la edición en imprenta de este Diario de un lector de tebeos.

El caso es que yo no fui lector de La Cárcel de Papel ni de ningún otro blog. Participé, eso sí, en algún foro generalista. De aquellas participaciones, por cierto, nació este mi blog personal (me puse a leer tebeos y a escribir sobre ello por la cara, como quien dice). Desde cierta perspectiva, me da la sensación de que de haber conocido en su momento La Cárcel de Papel no habría osado yo ponerme a escribir sobre el tema. Desde otra perspectiva, me alegro un montón de haber conocido ahora lo mejor -seguramente- de los contenidos de La Cárcel de Papel.

Ciudad de cristal (y 3). Literatura

Queda como de Pero Grullo afirmar que Ciudad de cristal es ante todo literatura… si no fuera porque, además de la versión original, plenamente literaria, de esta novela de Paul Auster existe la traducción visual de Paul Karasik y David Mazzucchelli, plenamente literaria también. Y es el caso que intentar establecer en qué sentido es literaria la versión en cómic de Ciudad de cristal, novela gráfica, es una forma de abordar cómo el lenguaje de la historieta, el cómic, configura una de las ramas de la literatura.

Respecto al carácter literario de la novela Ciudad de cristal, cabe decir que es tan constitutivo que al cabo resulta metaliterario. Es literatura que se alimenta de la literatura. (Más cerca de los Novísimos seguramente que de la Poesía de la Experiencia.) El juego que propone Auster remite en su novela a Don Quijote, Cide Hamete Benengeli, Cervantes, Sancho Panza y hasta el Barbero y el Cura. El trasunto austeriano de esa relación incluye personajes como Daniel Quinn, William Wilson, Paul Auster, Max Work y Peter Stillman. Personajes de personajes. El marco cervantino de las novelas de caballería pasa a ser en Ciudad de cristal el de las novelas de la serie negra. A propósito de estas novelas policíacas, dice el narrador en las primeras páginas del relato, refiriéndose a la precisión y significatividad esencial que predomina en ellas:

“El centro del libro se desplaza, está en todas partes … y no se puede trazar ninguna circunferencia hasta que se acaba.”

Frase esta que recuerda de nuevo a Borges y, en esta ocasión, a su ensayo “La esfera de Pascal” (en Otras inquisiciones). La sentencia, por cierto, procede a su vez de El libro de los veinticuatro filósofos, un compendio anónimo datado en el siglo XII de nuestra era.

La impronta literaria de Ciudad de cristal no se agota con estas apropiaciones metaculturales (culturalistas) por parte de Auster, que son elementos arquitectónicos de su novela. Hay más. En la consideración de una obra en sí, la literatura, más que cierta actividad, es su resultado. Nos llevaría lejos detallar los valores literarios de la obra Ciudad de cristal.

En sentido lato, sin embargo, la literatura trasciende los límites del lenguaje verbal. La poesía visual es el clásico ejemplo que se aduce al respecto. Agustín Fernández Mallo (en Postpoesía) ilustra otra variante de literatura no solo verbal:

“Haiku de la masa en reposo:

E² = m² c⁴ + p² c²,

si p = 0 (masa en reposo) →

E = m c².” 

En este sentido amplio, la literatura es un tipo de producción sígnica (semiósica) que procede a través de la elaboración de cadenas significantes. No es literatura, desde luego, cualquier producción de este tipo, sino una clase de ellas, en función de normas y preceptos estilísticos -poiéticos- específicos de cada modalidad. En este sentido, hacen literatura el poeta y el novelista, pero también el jurista, el científico y el historiador, el matemático y el músico, el director cinematográfico y el creativo de publicidad. Y, desde luego, los creadores de cómics.

Y es aquí, en fin, cuando llegamos al tópico de la literatura dibujada (Oscar Masotta), figuración narrativa (Gassiot-Talabot), novela gráfica (Eisner et al.), historieta o cómic sin más.

A mí me parece que el escritor, el dibujante, el compositor, etcétera, interactúan con el mundo formateados lingüísticamente, Comprenden lo que perciben incorporándolo a cadenas de signos portadores de significado. Y realizan textos. Es esa su manera de darle sentido a sus sensaciones (externas e internas), realizándolas mediante producciones textuales.

Este formato integrador, transcendental, no se limita al lenguaje verbal, pues existen otros formatos como el icónico y el sonoro. Hablaríamos entonces de un formato semiósico, previo o anterior al puramente lingüístico. La función de estos formatos es la de incorporar vivencias (inputs) a sistemas de signos. Y establecer con ellos cadenas significativas.

La literatura, entonces, es algo así como la elaboración lingüística de vivencias, experiencias, significados, interpretaciones, asignación de referencias, etcétera, que conforman las raíces de esa misma literatura y que están, también, estructuradas lingüísticamente. Según  normas de estilo y de producción específicas.

Pero no es cuestión de forzar el lenguaje hasta el punto de afirmar que un compositor de música, un cineasta, un artista fallero o un dibujante son literatos.

Aceptaremos entonces, según vamos viendo en esta página, que Ciudad de cristal, de Karasik y Mazzucchelli, es una muy aceptable novela gráfica.