Umbral: cuatro dimensiones (que son cinco) en una sola viñeta

Francisco Umbral se encuentra en lo alto de un edificio y mira el duro suelo bajo sus pies. El picado introduce la tercera dimensión. La cuarta, meramente sugerida, requiere un ejercicio del espectador, una proyección narrativa. Por ejemplo, que el protagonista se arroja. Queda fuera de plano la quinta dimensión. Esta solo se encuentra en la mente del lector, que es la que aglutina el conjunto percibido.

La viñeta pertenece al libro La mentira por delante, de Lorenzo Montatore. La interpretación es personal.

El relato de Bechdel

Con motivo de la reciente publicación de El secreto de la fuerza sobrehumana, de Alison Bechdel, escribí un texto para la revista Tebeosfera en el que pongo en relación este cómic con las obras anteriores de Bechdel y sugiero que tal vez estos cómics constituyen una única novela gráfica que la autora va escribiendo sucesivamente. Es un texto que se puede leer en el siguiente enlace:

Por lo demás, El secreto de la fuerza sobrehumana es una historieta tan sólida como el resto de la producción de Alison Bechdel.

Manuel, cuarenta años después

Releer ahora Manuel, de rodrigo (Rodrigo Muñoz Ballester), gracias a la nueva edición llevada a cabo por Cielo Eléctrico, es como revivir un estado (un momento, más bien) que tuvo lugar hace nada menos que unos cuarenta años o así. Se dio por llamar a ese momento, ya institucionalizado, “la movida madrileña”, pero a mí me parece que en ejemplos como el de Rodrigo y su Manuel, el rótulo se queda corto o no da la medida de lo que fue todo aquello. Quizás el asunto estriba en no ponerle nombre a lo que fluye. O en no prolongar un relato manido. 

Esta viñeta sacada del tebeo Manuel aparece al principio, a manera de epígrafe previo a la Introducción, en la edición de 2011 de El discurso del cómic, de Luis Gasca y Román Gubern. Es una imagen suficientemente significativa, no solamente por su riqueza icónica, sino por el discurso que sugiere y en el cual se inserta. Supongo que Gasca y Gubern lo entendieron así. 

De la misma época que Manuel es Anarcoma, de Nazario, pero esta es otra historia, por más que ambas obras ―la de Nazario y la de Rodrigo― figuren juntamente en variados catálogos, repertorios y antologías. Ambos títulos, a fin de cuentas, remiten al imaginario de colectivos comunes, si bien en uno y otro caso el tormento y el éxtasis se viven de manera distinta… o acaso se trata de dos versiones de la misma pasión. 

Los viajes de Javier de Isusi

En el número recién salido (T3-18) de la revista Tebeosfera le dedico un comentario a Javier de Isusi con motivo de la edición integral de su novela gráfica Los viajes de Juan Sin Tierra. El texto lo titulo «Destierros y ballenas en Javier de Isusi» [ver aquí]. El hecho ha coincidido con la aparición de otra novedad de Isusi, un cómic poéticamente titulado El mar recordará nuestros nombres que, bajo la apariencia de un relato histórico, acerca al lector al territorio de lo extraordinario. 
Esta nueva obra de Isusi se inscribe en el empeño actual de recuperación de la historia por medio del cómic … mostrando entre viñetas el papel desempeñado por los silenciados en esa historia olvidada. El mar recordará nuestros nombres conecta además con la actualidad por la vía del asunto narrado: la expedición española de expansión de la vacuna antivariólica por tierras de ultramar a comienzos del siglo XIX. Es, junto a la de la recuperación de la historia, la actualidad de las vacunas, pero también la actualidad del viaje y del exilio.
Hay una curiosa sintonía que unifica el conjunto de historietas de Javier de Isusi.

Lumbre y cenizas de los Ideales

Ideales fue una marca de cigarrillos, conocidos como «caldo de gallina», muy popular en la España de la última postguerra. Igualmente populares fueron los Celtas, versión española de los franceses Gauloises, aunque fueron varias décadas anteriores los cigarrillos galos. La realidad social de un buen tramo del siglo XX, y la traslación de sus signos al imaginario de nuestro presente, se encuentran abastecidas por estas populares marcas de tabaco (lo mismo que nuestros Ducados, o que los Gitanes franceses), correspondientes a una época en la que fumar era un acto cuyas connotaciones divergían de las que tiene ahora. Cada una de estas marcas ofrecía diferentes versiones de su producto: largos, cortos, con filtro, sin filtro, etc. Una de estas versiones fue la «Disque Bleu» de Gauloises. Y es precisamente este título, Disque Bleu, el que han elegido Felipe Hernández Cava y Miguel Navia para su  nuevo álbum de historietas.
Disque Bleu es un agregado de cinco relatos que singularizan, mediante el dibujo y la trama, retazos peculiares de un conjunto denominado ‘siglo XX’. El guionista Hernández Cava es en realidad un experto en la materia. Nadie como él le da voz en el cómic al devenir de la historia política del siglo pasado, una historia y una voz que repercuten (resuenan) en el siglo XXI. La vertiente de la historia que Cava elige en sus guiones es la protagonizada, más que por los personajes, por las ideologías a que estos obedecen. Pero esto es meramente en el plano de las historias que este autor nos cuenta. En el plano del discurso, lo que Hernández Cava propone es justamente lo contrario, la disolución de las ideologías, al menos las totalitarias del siglo pasado. En este sentido, Cava sigue a Marx en cuanto entiende que las ideologías son deformaciones, o visiones deformadas, de la realidad social. No obstante, la posición de Cava se encuentra a su vez también posicionada. No podremos, quizá, salir del marco ideológico, pero no todos los marcos encuadran realidades equipolentes. Hernández Cava ha encontrado una vía excepcional, la del cómic, para exponer sus cuitas ideológicas. Y ha tenido además la fortuna de encontrar a muy buenos (y buenas) dibujantes en su recorrido. En esta ocasión, en Disque Bleu, lo hace con Miguel Navia, con quien ya presentó en 2020 el álbum Estampas 1936.
El encuadre histórico, como decimos, es una característica de todos los guiones de Cava. Con el excelente dibujo de Miguel Navia presentó en Estampas 1936 el Madrid asaltado de la Guerra Civil. Este mismo marco sirve ahora a los autores para presentar el desarrollo de «Madrid resuena», una prodigiosa historieta protagonizada por un ciego (Tiresias) y un niño (Pío) en un Madrid bombardeado, donde no se sabe muy bien quién ejerce de lazarillo cuando de lo que se trata es nada menos que de sobrevivir otro día. En otra historieta de Disque Bleu, titulada «Chuco Suave», los autores reviven los denominados Zoot suit riots, unos disturbios callejeros en contra de los Pachucos que tuvieron lugar en Los Ángeles en el verano de 1943. Aquí la perspectiva es la de uno de los pachucos alimentado por su orgullo y su dignidad. «Lover Man» transcurre en un ambiente urbano neoyorquino en que la noche, el alcohol, la policía, las drogas y el jazz coexisten bajo la voz de un agente de la brigada antinarcóticos y la mirada protagonista de otro. En las dos historietas restantes, «Disque Bleu» y «Tovarich filósofo», es donde Cava expone claramente su antibolchevismo, presente y constante en el escritor madrileño desde Las serpientes ciegas. La primera de estas dos, que da título al álbum Disque bleu, refiere la muerte de Albert Camus en 1960, estrellado contra el parabrisas del coche pilotado por Michel Gallimard (a bordo del cual, en los asientos traseros, iban también la esposa y la hija de Gallimard, más el perro de la familia), en un absurdo accidente no del todo esclarecido y que se presta a divagar sobre el alcance de la mano del Moscú de la época. En «Tovarich filósofo», en fin ―historieta realizada ex profeso para el álbum Disque Bleu, pues tres de las cinco que lo componen fueron publicadas en 2017, 2019 y 2020, y la otra fue realizada con motivo de una ayuda a la creación en 2020-2021―, Cava y Navia recrean e imaginan simbólicamente la visita que Bertrand Russell realizó a Rusia en 1920, así como el desencanto expresado por el filósofo galés en su libro Teoría y práctica del bolchevismo.
Nuevos ideales vendrán, con sus lumbres y sus cenizas. Hernández Cava podría testimoniarlos mediante los magníficos dibujantes con quienes colabora.

Carvalho: novela y cómic

Han querido los duendes del calendario que la publicación de Doña Concha, el tebeo de Carla Berrocal que comenté aquí el otro día, coincida con la aparición de Los mares del sur, la adaptación a cómic de la novela de Manuel Vázquez Montalbán realizada por Hernán Migoya y dibujada por Bartolomé Seguí. Muchos pesos pesados se agrupan aquí. El hilo para nada secreto que une estos dos tebeos es la figura de Vázquez Montalbán, quien reivindicó a Concha Piquer desde la segunda novela protagonizada por el detective Pepe Carvalho: Tatuaje, publicada en 1974 (la primera, de 1972, lleva por título Yo maté a Kennedy). No es posible exagerar lo que significó la canción «Tatuaje» interpretada por Concha Piquer en la España de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, y buena parte de los sesenta. Migoya y Seguí, por su parte, iniciaron su adaptación de la serie de novelas protagonizadas por Carvalho precisamente con Tatuaje (2017); siguieron con La soledad del manager (2019) y ahora leemos su versión en tebeo de Los mares del sur (2021). 

Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) cultivó desde la poesía hasta el ensayo sociopolítico, pasando por el periodismo y, significativamente, la novela, en la que sobresalió su serie sobre el detective Carvalho. El escritor barcelonés se describió a sí mismo como un mestizo cultural, por ejemplo en el Prólogo a la segunda edición (1984) de su libro Coplas a la muerte de mi tía Daniela

«Toda mi poesía [toda la obra de este autor, añado yo] es inexplicable si no se tiene en cuenta el mestizaje cultural que asumo, en el doble plano de la cultura pop (es decir popular de masas) y la cultura académica convencional que aprendí en los libros apellidados y en la Universidad. En el otro plano, me reconozco mestizo de proletario años cuarenta y pequeño burgués consumista años setenta, de inmigrante y aduanero… »

Esta condición de mestizaje cultural, tal y como aquí se la autoaplica el autor, la proyectó claramente Vázquez Montalbán en su personaje Pepe Carvalho, incluida su afición por la gastronomía o, mejor dicho, por el buen comer y beber. Pero es la condición que describe también lo que podríamos denominar la sociología del desarrollismo tardofranquista y de la Transición… (y es la misma condición de mestizaje que no solo ha llegado hasta nuestros días, sino que presumo que se ha instalado definitivamente entre nosotros de un modo sin el cual el futuro es más que improbable). Las novelas de la serie de Carvalho son reflejo de la España de entonces, pero son también un anticipo de lo que vendría después. Se me ocurren algunos ejemplos respecto a la clarividencia de Vázquez Montalbán. A diferencia de lo que ahora sucede, cuando escribió su novela Tatuaje, en Barcelona se podían encontrar dos o tres practicantes del oficio de tatuador, considerado como una reliquia al servicio de expresidiarios, legionarios o marineros. De igual modo, la afición por la gastronomía era entonces percibida como algo poco menos que extravagante, a diferencia también de lo que sucede ahora. Por otra parte, antes que el desencanto político y que la película El desencanto (1976), de Jaime Chávarri, existió Pepe Carvalho. La lectura de La soledad del manager ilumina esta situación. Finalmente, el escapismo hacia lugares exóticos, real o deseado, que inspiran algunas de sus novelas desde Los mares del sur, y que de algún modo se refleja en la muerte del escritor en el aeropuerto de Bangkok, anticipan la locura por viajar lo más lejos posible que se ha apoderado de las clases medias actuales. 


Todos estos rasgos los recogen los tres títulos publicados hasta ahora por Hernán Migoya y Bartolomé Seguí en su adaptación de las novelas de la serie Carvalho. Es un placer, por mi parte, releer estas novelas en versión gráfica, es decir, en forma de libro o de álbum de historieta (de las adaptaciones de Carvalho al cine o a la televisión hablaremos, tal vez, otro día). Pero reconozco que precisamente esta condición de novelas, que exigen ser leídas, puede ser un inconveniente para quienes esperan que el cómic sea otra cosa, aunque no se sepa muy bien el qué. El desglose que practica Migoya en cada título de Carvalho, y la puesta en página que ejecuta Seguí de ese desglose, son una muestra de la capacidad del lenguaje de cómic para adaptar (y adaptarse a) cualquier historia. Entre finales de los setenta y comienzo de los ochenta del siglo pasado la narrativa dio un giro espectacular. Comenzó como nunca a hablarse de historias, lo único que importaba. En el cómic, a través de historietas en revistas para adultos. En novela, mediante la nueva consideración del valor literario de los géneros. La serie negra, en particular (luego vendría el género histórico). Historietas autoconscientes, por un lado, y novelas de género, por el otro lado, coexistieron en librerías especializadas, pero también en los quioscos. 


En realidad, la puesta en obra por Migoya y Seguí de la serie novelesca de Carvalho en historieta supone aunar dos entornos que conviven con facilidad: el de las novelas de la serie negra y el del cómic. Son novelas gráficas las suyas candidatas al Oscar al mejor guion adaptado. 

Vidas cruzadas (7). El surrealismo, por David B.

En esta especie de historia de las vanguardias del siglo XX a través de sus personajes representados en cómic, no podía faltar el último tebeo de David B.: Nick Carter y André Breton. Una pesquisa surrealista. De momento voy acumulando entradas bajo el título común «Vidas cruzadas», pues se trata de historietas en las que ocurre eso, se entrecruzan vidas de artífices de las susodichas vanguardias. 


En este caso, la gráfica de David B. es tan espectacular como es habitual en él, tal vez aquí más abigarrada, en consonancia con el universo onírico mostrado; un universo, por cierto, que es también habitual en este autor en el plano de las representaciones. Es destacable la interacción en esta obra de personajes reales con personajes ficticios, lo que aporta una novedad importante a la serie de vidas cruzadas que voy dejando aquí, siquiera como proyecto a desarrollar. 

Con la copla hemos topado, Doña Concha

Logotipo de la Bauhaus

Una arquitectónica de la copla, o algo parecido, es lo que realiza Carla Berrocal en su cómic Doña Concha. La rosa y la espina. Esto explicaría su trazo. La edad de esta ilustradora e historietista implica un distanciamiento cronológico considerable respecto al objeto tratado, la copla como género artístico a través de la figura de Concha Piquer. Pero a la vez, su interés por el fenómeno implica una cercanía vital, no solo a través de su abuela, que es también considerable. Los años de despegue de Concha Piquer coincidieron con las vanguardias artísticas, y de estas, Carla Berrocal parece elegir la escuela de la Bauhaus, fundada por Walter Gropius en 1919, para componer una disección de un fenómeno sociológico tan complejo como fue el de la copla española. La cercanía vital de la autora respecto a la copla, o en particular respecto a Doña Concha, sin embargo, se manifiesta en la simpatía con que las trata, acercándose a la cantante desde una lectura feminista y encontrando en aquel género musical un exponente de la marginalidad representado hoy en día por los movimientos LGBT. 

«Tatuaje»: Quintero, León y Quiroga

El sustrato vital, afectivo respecto a la copla española supone traer a la escena, junto con la reivindicación del fenómeno y el género, la espinosa cuestión de un supuesto elitismo cultural, falsamente atribuido a la izquierda, que habría despreciado todo lo relacionado con la copla y las copleras por su asociación con el fascismo. El asunto, desde luego, es muy complejo. Nunca se insistirá lo suficiente en cómo el fascismo, español en nuestro caso, supo utilizar la radio a su favor (todavía se recuerdan las arengas de Queipo de Llano en Radio Sevilla y su contribución a la derrota de la ciudad). En la vida cotidiana de una España vencida por el fascismo la radio se convirtió en un instrumento de dominio por parte del poder, pero también en una válvula de escape para la gente común. El poder igualmente hizo uso del cine y de todos los medios de difusión y de distracción social. En un artículo publicado en El País hace ahora cuarenta años Manuel Vicent explica muy bien el fenómeno y concluye con estas palabras: 

«Mi generación lleva asociada a Concha Piquer con la ternura del boniato y del gasógeno, con las tardes ateridas de la autarquía, con la pubertad llena de granos y los domingos con las manos en los bolsillos. Concha Piquer se retiró el 13 de enero de 1958. Ese día comenzó la tecnocracia.» https://elpais.com/diario/1981/10/17/sociedad/372121201_850215.html, 17.10.1981. 

Unas líneas antes, Vicent expone en su artículo (un texto este trufado de anécdotas que encontramos en el cómic de Carla Berrocal) las circunstancias de la actuación de la cantante en México en presencia de los exiliados españoles, entre los que se contaban Indalecio Prieto o Negrín, y allí lloró hasta el tato. En Doña Concha, Berrocal ilustra gráficamente, en el contexto de una entrevista a Stephanie Sieburth ―académica e hispanista estadounidense, autora del libro Coplas para sobrevivir― la cuestión de la copla asociada al fascismo y la renuncia de la izquierda a reivindicarla. Salen a relucir aquí los análisis de Gramsci y de Adorno (y la Escuela de Frankfurt), interpretados como lo que se ha denominado ‘elitismo cultural’, pero también aparecen intelectuales como Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Martín Gaite o Terenci Moix, para nada vinculados al fascismo y sí a la izquierda, que insistieron en el valor de la copla como forma de expresión auténtica. Sieburth, finalmente, refiere la importancia de la copla en el exilio, un fenómeno a estudiar. 

Yo no creo que denunciar el uso interesado que el poder realiza de los modos de entretenimiento popular sea elitismo cultural (sí lo es, en cambio, el desprecio de esos modos como infraculturales). En la desafección hacia la copla y su mundo influyeron varios factores, entre los que destaca la aplicación de pastillas eléctricas y amplificadores a los instrumentos musicales y la consiguiente transformación de la música popular, unido a lo que simplemente puede ser descrito como cambio generacional. Manuel Vicent expresa literariamente que el día que se retiró Concha Piquer, en 1958, comenzó la tecnocracia. Es una forma de referir lo que ocurrió a partir de la década de los sesenta de manera global. La copla resume una época, como el pop-rock otra. 


También entran en juego, en nuestras elecciones, cuestiones de índole personal (hay quien ama la copla y el rock). No les negaré que a mí la copla no me gusta, pero el cómic sí. Y he leído con sumo interés el tebeo de Carla Berrocal. Su planteamiento desarrebatado y a la vez emotivo me parece de suma efectividad para un análisis, el suyo, que expone analítica y sintéticamente el valor de la copla española y el de la misma Concha Piquer.  

The French Western

«Gracias al cómic, ya no necesitamos a Hollywood»

Así de contundente se manifiesta Jean Giraud, Moebius, en el prólogo de la edición que Ponent Mon sacó en 2010 de Sky Hawk, un western que el mangaka Jiro Taniguchi publicó en 2002. Efectivamente, Giraud se refiere a que las historias del Oeste ya no están en las pantallas de cine, sino en los tebeos. Y el cómic de Taniguchi lo confirma. 

Sin embargo, sobre este fenómeno, Giraud añade en el mismo prólogo: «El milagro se llama cómic, bueno, no, ese es sólo su nombre, el patronímico entero es cómic francófono. Ahí fue donde se refugiaron los vaqueros, con armas y equipaje, y todo lo demás, todo lo necesario para continuar una leyenda en las mejores condiciones». El cómic francófono, dice Giraud. No le falta razón, si pensamos en cuántos franceses que hoy cultivan el arte de la historieta se criaron, por así decir, leyendo tebeos de Blueberry y de Lucky Luke, entre otras series de aventuras. Aunque también es cierto que hay un cómic de vaqueros europeo que no es francófono, pienso ahora por ejemplo en autores como Christophe Blain, Joann Sfar, Lewis Trondheim, Mathieu Bonhomme o Thierry Martin, de los que en los últimos tiempos vamos conociendo títulos de western editados en español. 


De Christophe Blain, su serie Gus (2007-2017):

Y de Christophe Blain con Joann Sfar, el primer volumen en colaboración de la serie Blueberry, Rencor Apache (2019), que nos deja a la espera del segundo volumen de la historia, Los sin ley

Lewis Trondheim compuso con Matthieu Bonhomme los dos tomos de Texas Cowboys (2012-2014):

Mientras que el propio Matthieu Bonhomme es el responsable de dos títulos recientes, con el pistolero más rápido que su sombra como protagonista, El hombre que mató a Lucky Luke (2016) y Se busca Lucky Luke (2021): 

Por último, en esta selección de hoy elijo Último aliento (2019), una curiosísima obra de Thierry Martin en lo que concierne a su ejecución: 

Supongo que del French Western seguiremos hablando, o empezaremos a hablar.