Cortázar, Borges. La dupla exquisita

Hubo un tiempo en el que la literatura en español era latinoamericana. Al fenómeno se le llamó “El boom”. Un montón de autores de allá irrumpieron en la escena literaria de acá, impulsados por cierta actividad editorial favorable y por la aquiescencia de los lectores. El fenómeno continúa, con menor intensidad.

(Corrían los ’70. Accedíamos accidental y desordenadamente, con curiosidad y con asombro a Alejo Carpentier, a Juan Rulfo, a Julio Cortázar, a Bioy Casares, a Borges, a Lezama Lima, a César Vallejo, a Pablo Neruda, a Ernesto Sábato, a García Márquez, a Octavio Paz, a Nicolás Guillén, a Roberto Arlt, a Mujica Laínez, yo qué sé, incluso a Vargas Llosa (hasta que dejamos de hacerlo, para recuperarlo una sola vez, en el 2000, con La fiesta del chivo). Benedetti, en mi experiencia, llegaría más tarde, con Monterroso, con  Onetti, con Fuentes, con Galeano. Y con Roberto Bolaño.)

Había en aquella larga nómina dos escritores como de ida, de vuelta y revuelta. De los que no se decía “los he leído”, sino “los leo”. Eran Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. La dupla exquisita. Un caudal inagotable. Una arquitectura mental.

Los dos eran argentinos europeizados. Cortázar nació en Bruselas. Borges se educó en inglés. Los dos están enterrados en el Continente. Sus obras comparten un aire indiscutiblemente porteño.

Uno de ellos, Borges, fue autor de una literatura solemne, acaso fría, muy cerebral. Y luminosa. El otro, Cortázar, mucho menos metafísico, escribió una literatura más inmediata o cercana, más de metropolitano y de Barrio Latino, más juguetona consigo misma. Rigurosa y precisa. Y luminosa también.

Representaban algo así como la derecha y la izquierda, dos orillas que no son propiamente literarias.

(Conservo como un tesoro, junto a la de Alejo Carpentier, las respectivas entrevistas que Soler Serrano les realizó en A fondo [un poco a la manera en que lo hacía Günter Gaus en Zur Person, aquí].)

Dos tebeos ahora se centran en ellos, publicados en 2017.

Se trata de Cortázar, dibujado por Marc Torices (1989) sobre un guion de Jesús Marchamalo (1960). Y Borges. El laberinto infinito, con guion de Óscar Pantoja (1971) y art by Nicolás Castell (1988).


Son dos cómics con formato de novela gráfica y de muy diferente factura artística y literaria; una diferencia acorde con la que hay entre las propias literaturas de Cortázar y de Borges.

En cierto modo, sorprende la relativa juventud de los dibujantes de ambas narraciones, aunque no se me escapa que dicha impresión puede estar motivada por el asunto que tratan, nada menos que aspectos vitales de Julio Cortázar y de Jorge Luis Borges, dos vacas sagradas -en el mejor sentido de la expresión- de la literatura del siglo XX. Los lápices de Marc Torices y de Nicolás Castell, adecuándose a lo prefigurado por sus respectivos guionistas -mayores que ellos en edad-, dan cuenta de lo que una nueva generación de jóvenes (millenials, los llaman) viene ofreciendo en los campos de la ilustración y del cómic. Son ellos los que actualizan las figuras de Borges y de Cortázar al dar una versión gráfica de sus respectivas literaturas. Lo cual a su vez no desmerece la labor de los guionistas, Jesús Marchamalo (sobre Cortázar) y Oscar Pantoja (sobre Borges), en los que se apoya el trabajo de los dibujantes.

¿Cómic? ¿Literatura?

Ante estos dos tebeos no es extraño que surja la sempiterna cuestión del contraste entre el lenguaje verbal y el lenguaje icónico o, más en concreto, el lenguaje del cómic. Y a partir de ahí, al cabo, qué se entiende por historieta y qué por literatura. A escuchar en este respecto son las palabras de Jesús Marchamalo en una entrevista [aquí], a propósito de su Cortázar (subrayado mío):

“No soy un experto, pero me interesa mucho la novela gráfica, no debe considerarse como literatura menor, y solo por su función como puerta a la lectura, el valor del cómic es incalculable.” 

Parece que Marchamalo, tras considerar que la novela gráfica no es “literatura menor”, le concede al cómic una función propedéutica, esto es, de iniciación o preparación. ¿De iniciación a qué? Pues “a la lectura”. Los cómics no se leen, viene a decir, sino que sirven para formar lectores. Es decir, leer, lo que se dice leer, sería una actividad que solo concierne a la licherachur, la literatura importante, la contenida en los libros agráficos.

Todo esto del cómic y la literatura, si es o no es, se ha convertido en un tópico ya académico. (Un artículo de José Torralba en Zona Negativa: “El cómic como literatura” [aquí] sintetiza este tópico.)

Por mi parte, entiendo que además de la doble articulación verbal e icónica que caracteriza al cómic, hay otra doble articulación más primigenia, la secuencial e icónica. Es desde esta otra que surge el tebeo (si bien esta última parte a su vez de la articulación nuclear, la de significante y significado, constitutiva de todo signo).

Con lo cual, siempre acabamos con tautologías: el cómic es cómic y la literatura es literatura.

Y si aceptamos que el cómic es literatura, bien que gráfica, ¿habremos de aceptar también que el cine, la danza o la música lo son?

Es materia para otro momento.

Sobre la supuesta función propedéutica del cómic respecto a la literatura, yo doy fe de que en mi caso ha sido al revés. La literatura me ha llevado al cómic, por más que en el pasado leyera tebeos. Los caminos, los puentes, las pasarelas pueden transitarse siempre en más de un sentido.

Volviendo a los cómics que suscitan esta entrada, digo arriba que la diferencia entre ambos tebeos es coherente con la que hay entre las escrituras de Cortázar y de Borges. Pero digo también que cada uno da una versión gráfica de esas respectivas literaturas.

En lo que concierne a Cortázar, el texto de Jesús Marchamalo es el de un escritor y periodista que conoce bien la vida y la obra del autor de Rayuela. Da la impresión de que su guion está elaborado siguiendo la entrevista que Joaquín Soler Serrano realizó a Cortázar en A fondo (entrevista que se ha convertido en una fuente documental de primer orden). De hecho, la historieta contiene viñetas que reproducen fragmentos de la misma. Desfila así la vida de Julio Cortázar en el tebeo, a partir de las experiencias más destacables y destacadas por él mismo de esa vida. Marchamalo sigue en su guion un planteamiento conductista. Encadena hechos y acontecimientos referidos a -o por- Cortázar y observables en diferentes registros. Me ha llamado la atención la secuencia del histórico combate de boxeo, que subyace en textos del autor como Torito y Último Round.

Marc Torices, por su parte, hace gala de una variedad y riqueza gráfica sorprendentes para traducir el texto escrito por Marchamalo al lenguaje de cómic. Y lo que es mejor, lo hace de un modo que da cuenta perfecta de la variedad y riqueza de la obra cortazariana. El escritor argentino desplegó su talento literario bajo múltiples formas y formatos: cuentos, novelas, poemas en verso, poemas en prosa, epistolarios, cuadernos de críticas, misceláneas, traducciones, entrevistas. Hasta algún cómic escribió Cortázar. Lo asombroso es la pluralidad de mundos que alimentaron esos formatos, tal y como le corresponde a un cronopio. (Ochenta mundos, como mínimo.) La gráfica de Torices, ya digo, patentiza esa pluralidad.

En lo que concierne a Borges. El laberinto infinito, el asunto es distinto. También Borges desplegó su talento literario a través de variados formatos: cuentos, ensayos, poemas, conferencias, prólogos, traducciones, reseñas, memorias (no cultivó la novela). Pero la literatura de Borges es más compacta. El universo borgesiano se compone de un conjunto de nodos que operan a modo de gérmenes literarios: el yo y el otro, el tiempo, la eternidad, el olvido, los espejos, los laberintos, la infinitud, la reyerta, la memoria, la biblioteca, la postergación.

Óscar Pantoja concentra estos nodos, la mayoría de ellos, en un guion que pone en su epicentro El Aleph, el cuento de Borges más celebrado. Y conecta la génesis de este cuento con la experiencia de un amor frustrado, la del propio escritor con Norah Lange. A través de diez capítulos, uno de ellos guionizado por Nicolás Castell, El laberinto infinito construye con ayuda del lector un relato circunspecto, como la obra de Borges, a la que vincula con vivencias reales o verosímiles del escritor.

En el apartado gráfico, Nicolás Castell dibuja un tebeo que cohesiona el texto de Pantoja y confiere sentido unitario a la escritura de Borges. En el capítulo “El sueño”, guionizado por el dibujante, me ha parecido encontrar los desiertos de Moebius y hasta algún rastro de “Adiós Brindavoine”, de Tardi. No sé. Son efectos de lectura. El universo borgesiano no es menos expansivo que el de Cortázar. No estoy muy convencido del tratamiento de la luz y el color en las páginas de Castell, pero sí me parece que el artista logra transmitir en su lenguaje la expansividad de ese universo.

Cortázar y Borges, la dupla exquisita. Bienvenidos sean dos tebeos que actualizan no solo la figura de ese par de grandes escritores, sino también su literatura. Y además, revalidan el poder del lenguaje del cómic.

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