Los puentes de Moscú. (Después de La pelota vasca)

Cuando en 2003 se estrenó en las salas de cine La pelota vasca, la piel contra la piedra, su director y guionista Julio Medem recibió críticas encendidas que iban desde la alabanza hasta la denostación. En términos cinematográficos, pero también -y sobre todo- en términos políticos. De entre las críticas negativas a La pelota vasca recuerdo especialmente aquella que acusaba a Medem de jugar a la equidistancia con su película, como si fuera posible, decían, mantenerse en el centro que separa las dos orillas de un barranco y eludir la caída al vacío. El filme era un intento serio de abordar desde el arte esa olla a presión denominada “el conflicto vasco”, y el director donostiarra eligió para ello mostrar al espectador un entramado de imágenes y de voces plurales con la pretensión de representar a todas las partes.

Quince años después de La pelota vasca han cambiado un tanto las circunstancias en el País Vasco. Supongo que, como en todas partes, el cambio generacional va dejando su huella, si bien todo no se reduce a eso. El caso es que ahora, en 2018, Alfonso Zapico, que cronológicamente hablando podría ser hijo de Julio Medem (este nació en 1958, Zapico en 1981) acaba de publicar Los puentes de Moscú. En principio, Alfonso Zapico aborda en su libro con el arte que él domina, el del cómic, la misma materia que Medem anteriormente en cine; pero tiempos diferentes y medios distintos ofrecen resultados que no son iguales.

De alguna manera, Los puentes de Moscú está inscrito en -o nace de- La pelota vasca. Los dos interlocutores que reúne Zapico en su cómic son Fermín Muguruza y Eduardo Madina. Y ambos eran parte de las decenas de participantes que intervenían en la película de Medem. El mismo Zapico da cuenta de esta circunstancia al presentar a sus dos contertulios. Fermín Muguruza (n. 1963) es un músico carismático de Irún, ciudad fronteriza. Esta ubicación de su municipio es quizás la que le ha llevado a mantenerse siempre en la frontera, en el límite (en la muga) en toda su trayectoria. El cómic Black is Beltza (2014), con un guion del propio Fermín Muguruza y Harkaitz Cano, dibujado por Jorge Alderete (Dr. Alderete), ilustra esa posición transfronteriza. Por su parte, Eduardo Madina (Bilbao, 1976) ha sido un político relevante adscrito desde su juventud a los socialistas, hasta que dejó esta actividad en 2017. En su biografía destaca el hecho de que perdió parte de su pierna izquierda como consecuencia de un atentado de ETA en 2002. Destaca también su ausencia de resentimiento. Alfonso Zapico dedica una doble página en Los puentes de Moscú (“el definiciómetro”, la titula) a que tanto Fermín como Edu se definan, se retraten. El primero, Muguruza, se declara autodeterminista, independentista, euskerista y vasco. Madina a su vez se resume como socialista/socialdemócrata, ni nacionalista ni independentista, del Athletic y libre.

Pese a tales diferencias de posición entre ambos, el encuentro es posible. O al menos así lo refleja Zapico en Los puentes de Moscú. Sabemos del buen hacer del historietista asturiano a la hora de presentar conflictos de un modo amable, muy de tebeo, pero rotundo, tal y como demostró ya en Café Budapest y luego en Dublinés y en La balada del norte. Aunque me parece que en su aspecto formal, Los puentes de Moscú conecta sobre todo con La ruta Joyce. No solo por la concepción de las páginas, que también, sino sobre todo por aquello del predominio de la primera persona, la voz del autor.

El problema de la equidistancia imposible que le endosaron a Julio Medem cuando estrenó La pelota vasca puede ser un efecto originado por múltiples causas. Tuvo algo que ver la opción por parte del director de exponer en su película una sucesión, como si dijéramos, de bustos parlantes sin interacción entre ellos, si bien hay que reconocer que hace quince años dicha interacción se revelaba inviable o sumamente difícil. Si a ese hecho se le suman las características específicas del lenguaje cinematográfico y su manera distante de representar, se entiende que a algunos espectadores les diese la sensación de que Meden equiparaba todos los mensajes y todas las imágenes de la película sin aportar otra cosa que la mera equiparación. La piel contra la piedra. Sin puentes.

En mi opinión, Alfonso Zapico sortea con éxito en Los puentes de Moscú las dificultades de esa índole. Influyen ahí, desde luego, las propias peculiaridades del medio tebeístico. El lenguaje de la historieta y su misma idiosincrasia material favorece un tipo de cercanía con el lector de la que carece el medio cinematográfico. Pero el éxito escaparía si no contásemos con la pericia y el dominio de ese medio por parte del autor. La cercanía a la que aludo la facilita Zapico mediante sus observaciones, sus encuadres, sus puntos de vista, su trazo informal pero sumamente efectivo. Con tales elementos, con afirmaciones del autor como esta: “Me gusta Fermín, porque es abertzale e independentista y yo no, pero no importa”, la cuestión de la equidistancia no es que ni siquiera asoma, es que quedaría fuera de lugar.

Y lo que es más importante: Zapico contagia optimismo (un poco a la manera de Paco Roca en otro orden), tan necesario para establecer nuevos espacios de posibilidad mediante la construcción de puentes. Puentes afectivos, intelectuales, discursivos. Como los que se vislumbran leyendo y contemplando Los puentes de Moscú.

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