Pablicos entre el azogue de Las Meninas

Perú y sus metáforas es también el escenario elegido por Alain Ayroles y Juanjo Guarnido para El Buscón en las Indias, un flamante tebeo que han escrito y dibujado, respectivamente, con sabor (o saber) de tradición y con aroma de arraigo. Es en el Perú del siglo XVII, colonial y barroco, donde los autores ubican esta suerte de continuación o segunda parte de la obra original de Francisco de Quevedo: Historia de la vida del pícaro llamado don Pablos de Segovia, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños (1626). Quevedo no llegó a publicar una continuación de la vida del pícaro Pablos, pese a que, tras informar al lector de su traslado “a Indias”, anuncia en la línea final de su obra: «Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.» Esta segunda parte ignota, inédita, es la que imagina el guion de Ayroles y plasma el arte de Guarnido en el libro de historieta que, de un modo adecuado a la conclusión de la novela de Quevedo, titulan El Buscón en las Indias. Una coherencia quevedesca impregna también, con brillantez, la totalidad de este cómic.

Las Indias referidas las concentran Ayroles y Guarnido en el virreinato de Perú, un espacio atravesado en aquel siglo por una quimera, la de El Dorado, que operaba a la vez como sinécdoque ilusoria de aquel país y como metáfora ensoñadora de una época. Pero no es la búsqueda de El Dorado lo que mueve la acción de El Buscón en las Indias. Lo que busca Pablos es la fortuna, y, si bien El Dorado desempeña un papel importante en la trama del tebeo, dicha quimera «no es el centro de la historia sino un personaje… un cebo para atraer al lector a la historia y a sus maquinaciones» [tal y como declara el propio Guarnido aquí].

El sentido al que apunta esta obra, su discurso, es entonces otro. Un discurso que enraiza no solo con la representación y con lo representado en el cuadro Las Meninas, de Velázquez, sino con la cuarta pared que ese lienzo sugiere y cuyo espejo refleja. El espejo interno que aparece en la tela al fondo, a la derecha del pintor, pero también la pintura misma entendida como un inmenso espejo de espejos. Se trata del Barroco y sus juegos, a través de cuyas luces y sombras se vislumbra la fatuidad del poder que sustenta las instituciones y es así sustentado por ellas.

La atmósfera entretejida de actitudes sesgadas y miradas oblicuas, sugerida por la óptica metapictórica que tan bien configuran Santiago García y Javier Olivares en su novela gráfica Las Meninas (2014) ―a lo que me he referido [aquí] mediante la fórmula “la representación de la representación”―, sirve para iluminar la confección, pero también la lectura de El Buscón en las Indias. El espacio cortesano y las figuras que sustancian la pintura Las Meninas cobran forma en el Prólogo y en el Epílogo del tebeo de Ayroles y Guarnido. Son así la cabeza y la cola de un relato florido (si se me permite el adjetivo) que no es que no decaiga, sino que crece. En medio, el cuerpo de la narración enmarcada como en un cuento maravilloso. Lejos queda la aventura del pícaro Pablos en Perú respecto a la emprendida por Lope de Aguirre en su búsqueda de El Dorado, ya lo hemos dicho. Sin embargo, de algún modo sobrevuela en ocasiones, al contemplar El Buscón en las Indias, la trilogía sobre Aguirre escrita por Hernández Cava, en especial el tomo primero, La Aventura, con dibujos y color de Enrique Breccia, en lo que se refiere al aspecto formal. No obstante, la cosa queda ahí. La locura trágica de Lope de Aguire queda también muy lejos de la trama ajedrecística y picaresca de El Buscón… La esplendorosa luz de Guarnido rinde tributo a una historia que participa del humor de por ejemplo El día de los tramposos, la película de J. L. Mankiewicz (There Was a Crooked Man, 1970), aunque en mi opinión va más allá en la medida en que se entrelaza con el devenir de la Historia de España. Poco más se puede decir de este magnífico guion sin destripar su final a estas alturas del estreno de la obra, tan reciente. Me conformaré con lo que sugiera el título de este apunte que no pretende ser más que eso, un apunte respecto a una obra de tantísima vastedad y tan rica en matices como el espacio y el tiempo que la acogen.

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