El placer del texto polimorfo

El anuncio estos días de la concesión del Premio Nadal de novela 2020 a la escritora Ana Merino me pilla inmerso en la lectura de Jerusalén, “la novela” (o novelón) “de un millón de palabras” escrita por Alan Moore. Ana Merino, además de poeta y dramaturga, se encuentra entre las cabezas pensantes y actuantes que han contribuido académicamente a realzar la importancia del cómic como valor cultural y artístico. Alan Moore, por su parte, destaca en la cumbre de los guionistas o escritores de tebeos, como todo aficionado a este medio sabe. En ambos casos, Merino y Moore nos muestran, sin necesidad de recurrir a la idea de Modernidad líquida (o Modernidad tardía), algo valioso: la ruptura o disolución de los diques taxonómicos, interpuestos a menudo entre las diferentes artes poéticas y narrativas, favorece un flujo creativo en el que al final lo que verdaderamente importa es el texto producido en cuanto texto y según su valor.

                                       Ilustración del cofre Jerusalén, de A. Moore

No pretendo ahora insistir en el tópico ya establecido que afirma que el cómic es un medio frondoso cuyos contenidos son ilimitados. Tampoco quiero hacer hincapié en la idea de la liberación de los géneros, cuya presencia en sus dos sentidos ―el filosófico y político (teórico-práctico), por un lado, y el artístico y estilístico (poético-productivo), por el otro― es una realidad en el cómic contemporáneo. Se trata más bien de acentuar en esta ocasión la confluencia de aspectos o elementos de la novela, de la poesía y del cómic en cierto tipo de textos que a la postre serán considerados de un modo u otro según los aspectos formales y lingüísticos que predominen en ellos. Así, refiriéndose a El mapa de los afectos, que es el título de su novela ganadora del premio Nadal, declara Ana Merino [aquí]:

Sin embargo, podemos trascender el marco singular de El mapa de los afectos y darle a la declaración de Merino un alcance mayor, de manera que se aplique si no a toda novela, poesía y cómic en general, sí a cierta clase de textos que participan de esas tres formas de expresión. El soporte, el marco material y formal de presentación es lo que determinará que al fin unos u otros sean considerados novela, poesía o cómic, bien entendido que son textos que participan de las tres instancias. No es por tanto un mero juego ocioso combinar los vocablos presentes en la declaración de Ana Merino y escribir frases como las siguientes:

El cómic tiene la plasticidad de la novela y el ritmo de la poesía, o la plasticidad de la poesía y el ritmo de la novela.

La novela tiene el ritmo del cómic y la plasticidad de la poesía.

La poesía tiene la plasticidad del cómic y el ritmo de la novela, o la plasticidad de la novela y el ritmo del cómic.

Lo que importa a fin de cuentas es el texto. Y, al menos desde la perspectiva del lector, su capacidad de disfrute o de goce. Roland Barthes apuntaba en esta dirección en El placer del texto (1973).

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