La ciudad de cristal: Una imaginación compartida

‘La ciudad de cristal’ (Glass Town) es un enclave imaginario compartido por las hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne) junto a su hermano Branwell. Forma parte de un territorio más vasto, donde se encuentran los reinos imaginarios de Angria y Gondal. Este territorio está poblado en principio por cuatro grandes genios, que representan al cabo a los cuatro hermanos Brontë. A partir de una ofrenda que reciben, unos soldaditos de regalo, son capaces de crear una galería de personajes imaginados por ellos, pero con consistencia real y dramática. Nos encontramos, por tanto, ante una pura cartografía de la imaginación habitada por unos protagonistas que actúan en función de las decisiones de sus demiurgos. Isabel Greenberg recrea en su libro Ciudad de cristal dicha cartografía y, al compartir con la suya la imaginación brontiana, la comparte finalmente con nosotros mismos.

Isabel Greenberg, como los vástagos Brontë, no confunde la imaginación con la fantasía. Diríamos que hay una condición de naturaleza empirista en los contenidos de toda imaginación, un empirismo de origen que otorga a las ficciones que establecen territorios imaginarios el aspecto de un trasunto verosímil de lo que hay. Y este es el tipo de imaginación del que hablamos. Greenberg presenta su obra, La Ciudad de cristal, como un libro de ficción histórica, no puramente biográfica. Pero es una ficción doblemente anclada: primero, en algunos datos referidos a las hijas y el hijo del vicario de Haworth; en segundo lugar, en un imaginario compartido, como ya hemos dicho. Esta doble ligazón de La ciudad de cristal marca una diferencia importante entre esta ficción de Isabel Greenberg y otras cartografías realizadas en lenguaje de cómic, como son el Micromundo de Santiago Valenzuela y Las ciudades oscuras de François Schuitten y Benoît Peeters, puramente imaginarias ambas aunque carentes las dos del sustrato vital, histórico, representado en La ciudad de cristal por la familia Brontë. La ucronía presente tanto en el Micromundo como en Las ciudades oscuras establece además otra diferencia respecto a la obra de Greenberg. El tiempo que predomina en La ciudad de cristal es un presente continuo, pese a los acontecimientos que se suceden. Es el tiempo de las ensoñaciones ardientes interiorizadas por la tradición y en ocasiones, como en el caso que nos ocupa, sublimadas estéticamente mediante la imaginación. El recurso es similar al aplicado por Greenberg en La Enciclopedia de la Tierra Temprana, aunque más focalizado o menos extendido ahora en La ciudad de cristal.

Georges Bataille dedicó el primer capítulo de La literatura y el mal a Emily Brontë: «…a pesar de que su pureza moral se mantuvo intacta, tuvo una profunda experiencia del abismo del Mal», escribió el francés refiriéndose a la autora de Cumbres Borrascosas. Esa íntimo avistamiento del Mal, de calado trágico, fue común a la familia Brontë. En un orden menos terrible, yo no he podido evitar evocar a Zanardi, el personaje de Andrea Pazienza, mientras veía a Zamorna, la creación de Charlotte Brontë tan presente en La ciudad de cristal. Y lo cierto es que leyendo el cómic de Pazienza, también me acordé de la obra de Bataille.

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