Muerte (Gaiman) y Aspirina (Sfar)

La cruz egipcia (ankh) que cuelga de su cuello las relaciona. Una es Muerte, de la familia de los Eternos concebida por Neil Gaiman. La otra es Aspirina, del universo creado por Joann Sfar en torno al vampiro Fernand. Son dos personajes diferentes, como diferentes son sus proyecciones historietísticas; pero ambas comparten de algún modo el imaginario que simboliza precisamente el ankh, la cruz de la vida. 
Muerte es eterna, como el resto de sus hermanos. Aspirina, en cambio, tiene diecisiete años desde hace doscientos, desde que accedió ―junto con su hermana Josamicina, de veintitrés años también permanentes― a la condición vampírica. Muerte y Aspirina son las dos inmortales, pero por diferentes razones. La primera, por ser un arquetipo; la segunda, porque ya murió al convertirse en vampira. El hecho de que ambas son objeto de representación les infunde un soplo de vida, una vida imaginaria que despierta con los ojos del lector. 

Esta imagen de Muerte realizada por Peter Kuper recoge y refleja a su vez el vitalismo de Muerte. Es un vitalismo que se manifestó en su momento mediante la capacidad de la representación de este personaje para trascender las viñetas e insertarse de pleno en la moda gótica. Así lo demuestra la invasión de merchandising derivado de Muerte durante los años noventa del siglo pasado (la primera edición de TheSandman se dio entre 1988 y 1996). Era como si los jóvenes góticos asumiesen, quizás inocentemente, que es la realidad de la muerte lo que da un significado especial a la vida.
El vitalismo de Aspirina es más diegético, está más inserto en las historietas en las que figura. A diferencia de lo que ocurre con las múltiples representaciones de Muerte, el escritor y dibujante de Aspirina es uno y el mismo. Esta circunstancia, como la contraria, tiene sus implicaciones. Supongo que Joann Sfar ―escritor que dibuja o dibujante que escribe― posee mayor libertad expresiva que Neil Gaiman, en cuanto aquel es más independiente que este (me refiero a la independencia gráfica): los personajes de Sfar pueden evolucionar en sintonía con el trazo directo que él les imprime, cosa que no ocurre con Gaiman, siempre a merced de tantísimos dibujantes. Pero bueno, volvamos con la opción vitalista. Pese a que en alguna viñeta Aspirina denote la tristeza vampírica de quien no puede envejecer,

lo cierto es que la cosa no va por ahí. Refiriéndose a Fernand (cuya serie, Grand Vampir, comenzó en 2001) y su entorno, declara Sfar: «Se podría decir que el asunto consiste en salvar al Nosferatu de Murnau invitándole a una comedia norteamericana. Tomo a los antiguos monstruos de la vieja Europa y les hago representar la chispa típica de Wilder o Lubitsch».

Concretamente en Aspirina (Fulgencio Pimentel, 2020), Sfar le imprime a su personaje un trazo vitalista que descuella en más de una ocasión.

Es como si Sfar superase con su personaje el existencialismo,  

o como si nos dijera que el lugar del existencialismo sartreano se encuentra en el espacio de la representación. 

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