El Corto Maltés de…

He dicho en alguna ocasión que el cómic está vivo, entre otras razones, por su capacidad de autorreplicarse. Esto no significa copiarse sin más: es cuestión de aportar variaciones que garanticen su evolución. Un ejemplo reciente de esta idea lo encontramos en Océano negro, una nueva aventura de Corto Maltés dibujada por Bastien Vivès y con guion de Martin Quenehen.
Cuando lo que se autorreplica es una serie, hay dos formas de garantizar su evolución. Una fórmula es seguir con la serie en el tiempo de su concepción original, respetando el marco histórico de su desempeño y hasta su atrezzo. Es el caso de Spirou et Fantasio, en activo desde 1938. Los autores de la serie por supuesto se van sucediendo, y está claro que cada nuevo relevo aporta una singularidad que garantiza no obstante la pervivencia del conjunto y su evolución. Otra fórmula, en cambio, es la de dar rienda suelta a diferentes autores para que expresen su personal concepción de la serie, y de su protagonista principal, mediante la confección de un número extra-ordinario, por así decir. También el botones del hotel Moustique ilustra esta variante, mediante la serie Le Spirou de…, iniciada en 2006 y con una veintena de álbumes aparecidos.
La experiencia de Spirou, esto es, las dos formas de garantizar la perpetuación de una serie las encontramos en el caso de Las aventuras de Corto Maltés, de Hugo Pratt. En efecto, la primera fórmula, consistente en continuar con el molde establecido desde los comienzos, se inició en 2015 con la publicación de Bajo el sol de medianoche, dibujado por Rubén Pellejero bajo un guion de Juan Díaz Canales. Llevan ya tres álbumes publicados hasta la fecha, junto con Equatoria (2017) y El día de Tarowean (2019), y lo mejor que se puede decir al respecto es la extrema fidelidad de Canales y Pellejero al proyecto original, especialmente a las primeras aventuras del marinero prattiano.
La segunda variante de autorreplicación evolutiva de Corto Maltés, consistente en manifestar otro punto de vista al de la serie original, alterando solamente el marco histórico y la ambientación, la encontramos en el ya mencionado Océano negro (2021), de Quenehen y Vivès, y lo mejor que se puede decir sobre esto es el acierto del atrevimiento y desenfado, actualización si se quiere ―aunque sobre todo formal―, de la nueva concepción del aventurero prattiano.
Fue precisamente Hugo Pratt quien declaró, en sus conversaciones con Dominique Petitfaux, que uno de los cometidos del cómic podría ser el de crear los grandes mitos contemporáneos. Y qué mejor mito que Corto Maltese, podemos pensar. El marinero de La Valeta es un mito, y como tal solamente existe a través de las coordenadas de espacio y de tiempo que el arte y la imaginación sean capaces de dibujar y escribir. ¿Corto en el siglo XXI, extremadamente joven y con gorra de béisbol? ¿Y por qué no, siempre que se mantengan los estándares de la serie, incluida la cabeza cubierta?
Las dos opciones autorreplicativas son válidas, siempre que estén al servicio de la evolución (o de la adaptación evolutiva) del cómic. A fin de cuentas, afirmar que el futuro se encuentra en el pasado equivale a decir que sólo habrá futuro si se encuentra en él, de algún modo, el pasado.

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