Con la copla hemos topado, Doña Concha

Logotipo de la Bauhaus

Una arquitectónica de la copla, o algo parecido, es lo que realiza Carla Berrocal en su cómic Doña Concha. La rosa y la espina. Esto explicaría su trazo. La edad de esta ilustradora e historietista implica un distanciamiento cronológico considerable respecto al objeto tratado, la copla como género artístico a través de la figura de Concha Piquer. Pero a la vez, su interés por el fenómeno implica una cercanía vital, no solo a través de su abuela, que es también considerable. Los años de despegue de Concha Piquer coincidieron con las vanguardias artísticas, y de estas, Carla Berrocal parece elegir la escuela de la Bauhaus, fundada por Walter Gropius en 1919, para componer una disección de un fenómeno sociológico tan complejo como fue el de la copla española. La cercanía vital de la autora respecto a la copla, o en particular respecto a Doña Concha, sin embargo, se manifiesta en la simpatía con que las trata, acercándose a la cantante desde una lectura feminista y encontrando en aquel género musical un exponente de la marginalidad representado hoy en día por los movimientos LGBT. 

«Tatuaje»: Quintero, León y Quiroga

El sustrato vital, afectivo respecto a la copla española supone traer a la escena, junto con la reivindicación del fenómeno y el género, la espinosa cuestión de un supuesto elitismo cultural, falsamente atribuido a la izquierda, que habría despreciado todo lo relacionado con la copla y las copleras por su asociación con el fascismo. El asunto, desde luego, es muy complejo. Nunca se insistirá lo suficiente en cómo el fascismo, español en nuestro caso, supo utilizar la radio a su favor (todavía se recuerdan las arengas de Queipo de Llano en Radio Sevilla y su contribución a la derrota de la ciudad). En la vida cotidiana de una España vencida por el fascismo la radio se convirtió en un instrumento de dominio por parte del poder, pero también en una válvula de escape para la gente común. El poder igualmente hizo uso del cine y de todos los medios de difusión y de distracción social. En un artículo publicado en El País hace ahora cuarenta años Manuel Vicent explica muy bien el fenómeno y concluye con estas palabras: 

«Mi generación lleva asociada a Concha Piquer con la ternura del boniato y del gasógeno, con las tardes ateridas de la autarquía, con la pubertad llena de granos y los domingos con las manos en los bolsillos. Concha Piquer se retiró el 13 de enero de 1958. Ese día comenzó la tecnocracia.» https://elpais.com/diario/1981/10/17/sociedad/372121201_850215.html, 17.10.1981. 

Unas líneas antes, Vicent expone en su artículo (un texto este trufado de anécdotas que encontramos en el cómic de Carla Berrocal) las circunstancias de la actuación de la cantante en México en presencia de los exiliados españoles, entre los que se contaban Indalecio Prieto o Negrín, y allí lloró hasta el tato. En Doña Concha, Berrocal ilustra gráficamente, en el contexto de una entrevista a Stephanie Sieburth ―académica e hispanista estadounidense, autora del libro Coplas para sobrevivir― la cuestión de la copla asociada al fascismo y la renuncia de la izquierda a reivindicarla. Salen a relucir aquí los análisis de Gramsci y de Adorno (y la Escuela de Frankfurt), interpretados como lo que se ha denominado ‘elitismo cultural’, pero también aparecen intelectuales como Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Martín Gaite o Terenci Moix, para nada vinculados al fascismo y sí a la izquierda, que insistieron en el valor de la copla como forma de expresión auténtica. Sieburth, finalmente, refiere la importancia de la copla en el exilio, un fenómeno a estudiar. 

Yo no creo que denunciar el uso interesado que el poder realiza de los modos de entretenimiento popular sea elitismo cultural (sí lo es, en cambio, el desprecio de esos modos como infraculturales). En la desafección hacia la copla y su mundo influyeron varios factores, entre los que destaca la aplicación de pastillas eléctricas y amplificadores a los instrumentos musicales y la consiguiente transformación de la música popular, unido a lo que simplemente puede ser descrito como cambio generacional. Manuel Vicent expresa literariamente que el día que se retiró Concha Piquer, en 1958, comenzó la tecnocracia. Es una forma de referir lo que ocurrió a partir de la década de los sesenta de manera global. La copla resume una época, como el pop-rock otra. 


También entran en juego, en nuestras elecciones, cuestiones de índole personal (hay quien ama la copla y el rock). No les negaré que a mí la copla no me gusta, pero el cómic sí. Y he leído con sumo interés el tebeo de Carla Berrocal. Su planteamiento desarrebatado y a la vez emotivo me parece de suma efectividad para un análisis, el suyo, que expone analítica y sintéticamente el valor de la copla española y el de la misma Concha Piquer.  

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