Dossier negro. Universo Moore postorwelliano

No es preciso insistir en ello. Alan Moore destaca en el dominio de la imaginación entendida como arte combinatoria de memes. Lo cual se manifiesta en el hecho de que su escritura es una sucesión de referencias culturales ensambladas según las exigencias del guion que él cada vez elabora.

En el caso de Dossier negro, los memes que Moore utiliza remiten sobre todo al espacio de la representación instaurado por la literatura más o menos canónica, más o menos occidental. Desde Homero y Shakespeare hasta Orwell y Kerouac (Sal Paradyse en el Dossier), pasando por los creadores de los personajes que forman La Liga de los Caballeros [Gentlemen] Extraordinarios (Mina Murray, Allan Quatermain, el capitán Nemo, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Hawley Griffin -el hombre invisible-)… y otras figuras asociadas a ellos.

Pero no todo es ‘alta’ y ‘media’ cultura histórico-literaria en Moore. También pueblan su propuesta diferentes productos de la cultura popular, los tebeos pulp, los superhéroes, las postales y los anuncios de época… elementos todos ellos que conforman ese universo particular de Alan Moore. Un universo, por cierto, que deviene universal en la medida en que conecta con el imaginario de los lectores.

Y es que la (post) modernidad de Alan Moore pasa por eso, por disolver las fronteras entre alta, media y baja cultura incrustando sus obras en ese ámbito privilegiado de entretenimiento popular que es el cómic.

Dossier negro se inscribe en la serie La Liga de los Caballeros Extraordinarios, pero es a la vez una novela gráfica independiente. Además de ser otra muestra convincente del talento narrativo de Moore, es también una prueba de su capacidad de escritura. Hay mucha prosa, mucha literatura en Dossier negro (incluidas unas páginas de teatro à la Shakespeare). Moore mimetiza escrituras ajenas con prodigalidad. Y lo hace seriamente, con probidad, proporcionando a su vez goce para quien lo lee.

Del arte de Kevin O’Neill, en la parte gráfica de Dossier negro, cabe decir que se ajusta como un guante a los desiderata de Moore. Y no es poco.

Uno de los memes principales que conforman el universo de Moore y que sirven para enmarcar la acción de Dossier negro, en su parte de puro cómic, es la novela 1984, de Orwell. Ya en V de Vendetta la historia transcurría en una Inglaterra postorwelliana. Ahora, en Dossier negrolas referencias a la novela de Orwell son absolutamente explícitas. Con lo cual, el talante político de la escritura de Moore se evidencia de nuevo. (Choca encontrar la expresión «el hermano mayor» en la traducción española; quita fuerza al Big Brother de Orwell.)

A propósito de Dossier negro, casi que aprovecharía ahora para comentar un par de críticas que se le suelen hacer a la escritura de Alan Moore.

La primera se refiere a la crítica que entiende el estilo amalgamado y brillante de Moore como un mero fuego de artificio.

La segunda crítica trata del platonismo inherente a la teoría de los memes en general y, por derivación, al platonismo implícito en la obra de Moore.

Pero lo dejo para otra ocasión. Alan Moore da mucho juego -como nos invita a jugar- y no es plan de agotarlo deprisa. Eso sí, nos quedamos con que si hubiera un platonismo en Moore, este no sería trascendente, sino inmanente. Como si el autor nos recordara de nuevo que efectivamente sí que hay otros mundos, pero están aquí. Entre nosotros.

Literatura secuencial: Tardi

Escribí en otro post, a propósito de Proust en BD:

En principio no me interesan las adaptaciones a cómic de obras literarias previas. Cada cosa es cada cosa y cada una tiene su arte.

Pero entonces no conocía las creaciones de Jacques Tardi a partir de novelas preexistentes.

Y tampoco había leído Génesis, de Crumb.

No hay que ser muy sabio para rectificar. Basta con discernir.

Hoy empieza esto

Me he decidido a abrir este blog. Trata de tebeos, historietas, cómics. Es uno más. Pero a diferencia de los otros, este está escrito por mí.

En realidad, no es algo nuevo. En marzo de 2012 inicié un hilo sobre esta materia en un foro generalista y así titulado: Tebeos, historietas, cómics. Desde entonces no he dejado de leer y escribir sobre el tema. A partir de mi propia experiencia.

He copiado aquí uno a uno los posts que escribí en aquel hilo de aquel foro, respetando la fecha de publicación de cada uno (la hora no, sería excesivo). Supongo que así se irá viendo una cierta evolución por mi parte en el tratamiento de la materia. Únicamente no he copiado aquí los diálogos que mis entradas suscitaban allí. Entiendo que es algo que no procede.

Supongo que al aparecer de golpe este blog con cero visitas, parecerá más bien un dietario. Así es.

Poco a poco iré diseñando la página.

Los textos son míos, salvo cuando indico lo contrario. Las imágenes y vídeos, en cambio, proceden de la red. Espero que los propietarios de esas imágenes y vídeos no se molesten. Si así fuere, por favor, me lo comuniquen. Mi único interés es estético.

Espero, en fin, que al menos disfrutemos con esto.

Un saludo.

La llamada de la Revolución: El grito del pueblo

Jaques Tardi emergió con sus historietas después del ‘sesenta-y-ocho’ francés (su primera publicación es de 1970). Lo mismo sucedió respecto a otros autores. Ya veíamos en otros posts el punto de inflexión que supuso en la historia del cómic la irrupción de una nueva generación de historietistas de nuevo cuño que aportaban un nuevo lote existencial y vital, en consonancia con la era del desarrollo postbélico.

En el caso de Francia, sin entrar ahora en el valor político de la revuelta del sesenta y ocho, lo cierto es que ese brote más o menos revolucionario conectaba con una tradición parisina de insurrecciones. Cuando se habla de la Revolución Francesa suele pensarse en la primera, esto es, la iniciada en julio de 1789. Pero hay más. Todo el siglo XIX está salpicado por una sucesión de revoluciones en Francia (1820, 1830, 1848, 1871) que acaso pueden ser interpretadas como picos de una misma Revolución: contra el Antiguo Régimen en el más amplio sentido. La historiografía suele afirmar que esos procesos culminaron con la Primera Guerra Mundial. Pero ahí está el mayo francés de 1968…

La de 1871 es quizá la menos conocida de las revoluciones francesas. Es la de la Comuna de París. Duró apenas nueve semanas. Y aunque suele silenciarse incluso en los Liceos de allí, es también la insurrección que más atrae a más de uno, debido a sus propias características. La revolución de les communards no se inscribe en el denominado ‘ciclo de las revoluciones burguesas’, como sí lo hacen las anteriores del diecinueve. Fue un estallido de corte socialista y anarquista, de cuando aún esas dos corrientes (socialismo y anarquismo) no se habían separado. Ardió París. Fue brutalmente sofocada. Dejó un luminoso recuerdo.

No es extraño, entonces, que una de las grandes obras de Tardi, El grito del pueblo, consista en la transposición al lenguaje del cómic de una novela del mismo título de Jean Vautrin. Los sucesos novelescos que narra esta obra, tanto en la versión sin imágenes de Vautrin como en la gráfica de Tardi, transcurren en paralelo a los sucesos históricos de La Comuna. Y se dan en los mismos espacios y tiempos.

El grito del pueblo no es solo una magnífica lección de Historia. Es también un legado gráfico impresionante.

Tardi policiaco

Un grueso importante de la narrativa gráfica de Jacques Tardi pertenece al género policiaco.

Policiaco así, en sentido genérico.

Es decir, con diferentes variedades, subgéneros o maneras de abordar el género policial.

Adaptando novelas o guiones de escritores conocidos en ese tipo de literatura.

Proponiendo soluciones diversas.

E incluso asociando Tardi la afición por el género con su interés por la Primera Guerra Mundial.

Remito al lector a la magnífica exposición y análisis que de la obra de Jacques Tardi en general y de su irrupción en el género policíaco en particular realiza El Tío Berni en Entrecomics:

http://www.entrecomics.com/?tag=jacques-tardi

Ha muerto un hombre

El acceso del cómic a la mayoría de edad consistió, pues, en considerar la historieta como una forma de literatura. Pero esto no significaba confinar el tebeo al terreno de la ficción, por adulta que esta sea. Igual que hay literatura de ficción y hay literatura de no ficción, eso mismo sucede con los cómics. Y también con el cine, por cierto.

Generalmente se entiende que las artes narrativas como el cómic y el cine -y la literatura en general- abandonan el terreno de la ficción cuando se ponen al servicio de una causa, dando con ello, quizás, a entender que la fabulación carece de causa. Pero no se trata ahora de indagar en ese espinoso asunto que concierne a las causas de la ficción y mucho menos indagar en aquel otro de la ficción de las causas.

Ha muerto un hombre (Un homme est mort. Livre, 2006) es un álbum de bande dessinée guionizado por Kris (Christophe Goret, n. 1972) y con el dibujo a cargo de Étienne Davodeau (n. 1965).

Un homme est mort es también el título de una película de 1950 filmada por René Vautier e irremediablemente desaparecida. Hablar aquí ahora del contenido y de las vicisitudes de ese filme sería contarles el cómic de Kris y Davodeau, ya que este tebeo trata precisamente de eso. Únicamente apunto que René Vautier pertenece a la estirpe de los realizadores comprometidos, siendo el suyo un trabajo de primer orden de cinéma engagé.

Pero además, Un homme est mort es un poema de Paul Éluard publicado en 1945, cuyo título original es « Gabriel Péri ».

http://www.reseau-canope.fr/poetes-en-resistance/poetes/paul-eluard/gabriel-peri/

Finalmente, Un homme est mort es la versión del poema de Éluard recitada una sola vez y de un modo original por el obrero Petit Zef durante la última proyección del film de Vautier.

Un hombre ha muerto es entonces un cómic que aúna historia, política, cine, documental, poesía… No será desde luego ficción. Pero es literatura gráfica de la buena. E ilustra por sí ese dictum que afirma que hay ocasiones en las que la realidad supera con creces a la mejor ficción. Y lo hace, además, transmutando el arte en realidad y la realidad en arte.

30.11.2014

Hay artificio, poético y retórico, cuando Kris y Davodeau deciden contar en su cómic –Ha muerto un hombre– no los hechos que sucedieron en Brest en 1950, sino la historia de una película perdida de 1950, realizada por René Vautier, acerca de esos sucesos acaecidos en Brest.

Poética y retórica. Artificios literarios. A disposición del cómic.

Sea este de ficción o de no ficción.

René Vautier

1978. La irrupción salvaje del cómic en la literatura

1978 fue el año de publicación en Estados Unidos de Contrato con Dios, de Will Eisner. Esta obra era presentada por su autor como a graphic novel. Y su salida a la luz es considerada ya tópicamente como el nacimiento de eso mismo, es decir, de la novela gráfica.

Ese mismo año, en febrero, apareció en Francia el primer número de la revista francesa (À Suivre) ((Continuará)). En el artículo editorial de este primer número, Jean-Paul Mougin escribía:

«Con toda su densidad novelesca, ‘À Suivre’ será la invasión bárbara de la ‘bande dessinée’ en la literatura.»

Esta declaración de Mougin ha sido también traducida como «La irrupción salvaje del cómic en la literatura» y encierra en sí misma un manifiesto.

El Sumario de este primer número de (À Suivre) lo encabezaba «Le Pays Clos», con guión de Jean-Claude Forest y dibujos de JacquesTardi, anunciado como primer capítulo de Ici Même. Esta primera entrega, junto a las doce que siguieron consecutivamente en sendos números de la revista, fueron recopiladas en un solo volumen de unas doscientas páginas que fue publicado en 1979 con ese título: Ici Même.

Más abajo en el orden del Sumario de ese primer número de (À Suivre) se ofrecía también «Las linternas rojas», de Hugo Pratt, anunciado como primer capítulo de Corto Maltés en Siberia.

No deja de ser una curiosidad cronológica el hecho de que «la irrupción del cómic en la literatura» se produjera a ambos lados del Atlántico en el mismo año, 1978. Con ello se certificaba de una vez la mayoría de edad del tebeo.

Con todo, puestos a buscar, entre el cómic americano y el cómic europeo se pueden encontrar si se quiere las mismas diferencias que se hallan entre la literatura americana y la literatura europea. Unas diferencias que son cada vez más borrosas en consonancia con la mundialización cultural.

El Capitán Escarlata

El Capitán Escarlata (2000) es un excelente resultado en factura francesa  de esa «irrupción salvaje del cómic en la literatura» propugnada en 1978 por Jean-Paul Mougin, editor de (À Suivre).

Esta obra es fruto de la colaboración entre David B. en el guion y Emmanuel Guibert en la parte gráfica. Uno y otro son dos artistas completos por sí mismos, como demuestran sus respectivas obras (por ejemplo, La ascensión del gran mal o Epiléptico, de David B. y La guerra de Alan, de Guibert). En esta ocasión, el reparto de papeles llevado a cabo en la elaboración de El Capitán Escarlata conjuga la imaginación del primero con el talento plástico del segundo.

Esta unión accidental de dos creadores no es extraña, ya que este tipo de colaboraciones son habituales entre los miembros de esa generación de autores que despuntó en Francia en los noventa pasados. Así, p. e., David B. y Joann Sfar escribieron y dibujaron a cuatro manos La Ville des Mauvais Rêves (2000). Y Emmanuel Guibert dibujó en La hija del profesor (1997) un guión de Joann Sfar.

Vino a ser esta generación noventera de autores de bande dessinée, vinculados a L’atelier des vosges y a L’Association, la que recogió de un modo creativo y sumamente eficaz los postulados programáticos de la revista (À Suivre).

Y una prueba de lo que digo se encuentra en El Capitán Escarlata.

 

Suele ser una experiencia de impacto conocer la escritura de Marcel Schwob (1867-1905). En consecuencia, hay esparcida por el mundo una legión oculta de lectores influidos por este escritor francés que supo combinar sabiamente la inocencia con la ironía y la erudición con el enjuague vital. Se diría que su prosa seduce y a la vez inquieta.

El Capitán Escarlata es un ejemplo notable del modo en que el cómic puede irrumpir (salvajemente) en la literatura. Pues es el caso que David B. en el guión y E. Guibert en «el arte» se inspiraron en la obra y la persona de Marcel Schwob para realizar este álbum. De una forma o de otra, encontramos en El Capitán Escarlata la influencia directa de textos fundamentales de Schwob como El libro de Monelle y El rey de la máscara de oro. Acaso también «El capitán Kid», de Vidas imaginarias y la pasión del escritor por La isla del tesoro, de Stevenson. Y destacan en esta influencia, sobre todo, los dos protagonistas principales del cómic El Capitán Escarlata: El fabulador Marcel Schwob:

 y la joven Monelle.

Por no hablar de la máscara de oro del Capitán.

Lo que importa es el resultado. Y a pesar de su apariencia y de su título, El Capitán Escarlata es un cómic tan hermoso y tan lúcido como la extraña literatura de Marcel Schow en la que irrumpe. Quizás sea menos perturbador. Pero es que me parece que es ahí, en su llamémosle levedad, donde el lenguaje del cómic encuentra uno de sus límites.

Jacques Tardi

No solo de la guerra vive Jacques Tardi. Ni el grueso de su extensa obra se caracteriza por la escasez textual. Más bien al contrario. A Tardi se le considera un autor sumamente literario. Y es cierto que en la irrupción y desarrollo de la novela gráfica en Europa Jacques Tardi ocupa un lugar de privilegio.

Como ya hemos ido viendo en este hilo, la primera generación de postguerra (tras la II GM) fue la que rompió de manera contundente con la herencia recibida en casi todos los órdenes de la vida individual y colectiva, esto es, el orden político, cultural, familiar, sexual, estético, gestual, dietético… Fue la generación que en EEUU protagonizó la lucha por los derechos civiles, el verano del amor y todo aquello. En Europa, fenómenos como la primavera de Praga, el mayo del sesenta y ocho y el pop londinense resumen e ilustran la fuerza de aquella eclosión. Obviamente, de la nada nada viene; y por tanto, una atenta mirada percibe que esos cambios sesenteros tenían raíces profundas procedentes del periodo anterior. Materia para los estudiosos de la historia. Lo que aquí nos interesa destacar es que uno de los fenómenos culturales y artísticos intrínsecamente asociado a la nueva época inaugurada entonces fue precisamente el cómic. También la música electrónica, sin duda. La decisión de conectar mediante pastillas, cables y amplificadores los instrumentos musicales -no solamente las guitarras- a la electricidad es indisociable de los aires renovadores de aquella generación. Pero en este hilo nos intentamos centrar en el cómic…

La historia del cómic -de los cómics-, entonces, tuvo un punto de inflexión cuando aquella primera generación de postguerra se incorporó a esta praxis (o poíesis, más bien) de la literatura dibujada.

Jacques Tardi, en Europa, fue uno de los entonces jóvenes que irrumpieron en el ámbito del cómic aportándole a este una nueva frescura y creatividad.

Ernie Pike, La Guerra de las Trincheras, La Gran Guerra

El artificio narrativo de Oesterheld y Pratt en Ernie Pike, consistente en construir los relatos de guerra en base a la voz y la mirada de un cronista que no participa en los hechos narrados, abrió una nueva perspectiva que se ha revelado fructífera. El cómic se presentó como un medio capaz de asumir los procedimientos periodísticos del reportaje documental. El paso siguiente, magistral, lo daría Jaques Tardi en La guerra de las trincheras al suprimir la figura del periodista pero conservando la técnica del documental. La mirada, mediatizada si se quiere por los personajes de la trama, pasó a ser la del autor que trabaja a la manera de un montador cinematográfico, si bien a partir de materiales dibujados por él. Posteriormente, Joe Sacco compondría sus historias de guerra de un modo muy cercano al nuevo periodismo, donde el sujeto que cuenta los hechos se dibuja a sí mismo, pero sin intervenir realmente en la acción.

En sus trabajos anteriores a La gran Guerra, Joe Sacco trata de sintetizar en sus páginas y viñetas la meticulosidad minuciosa de sus imágenes con una profusión de texto en ocasiones excesivo. Esto ha sido así hasta que llegó su última obra, dedicada precisamente a «la guerra de las trincheras».

En esta especie de tapiz sin palabras que es La Gran Guerra, Sacco lleva hasta el extremo aquel procedimiento de Tardi, llevado a cabo en La guerra de las trincheras, consistente en ceder a la imagen el privilegio de la narración. Aquí se hace patente no ya que el cómic es literatura, sino que es posible escribir -dibujar, más bien- literatura sin palabras. ¿Cómo es eso posible? Obrando el milagro de crear imágenes sobre el papel que, lejos de estar congeladas, transmiten el movimiento que concierne a los hechos y va más allá, hasta la conciencia del lector-espectador que descifra lo que ve.

Este procedimiento de Joe Sacco en La Gran Guerra conecta con la tradición de la novela en imágenes (picture novel, wordless book) iniciada hace casi cien años por el belga Frans Masereel.

Y es esta, por cierto, una técnica narrativa que revela una disimetría existente entre la literatura verbal y la literatura gráfica. Mientras no es posible escribir una novela literaria sin palabras, sí se puede dibujar un cómic literario sin ellas, es decir, solo con imágenes.