Los gringos

El cine y el western (y el psicoanálisis, por cierto) nacieron de la mano con el siglo XX y lo cubren por completo, nouménica y fenoménicamente.

El siglo XXI parece que va por otros derroteros, lo cual confirma que cada centuria tiene su propia especificidad.

Uno de los grandes guionistas de tebeos de aventuras del siglo XX fue Jean-Michel Charlier (1924-1989). Hemos visto que Charlier creó junto con el dibujante Jean Giraud  dos series del oeste: Blueberry y Jim Cutlass. La primera de ellas, mucho más extensa y extendida, consiguió demostrar definitivamente que existe una poética del cómic tan sólida y sugerente como pueda ser la poética del cine, en esta ocasión circunscribiendo las artes al género western.

Charlier creó otra serie adscribible a este género, esta vez dibujada por un español afincado en Francia, el asturiano Víctor de la Fuente (1927-2010). Se trata de Los Gringos.

Una vez más, Charlier inició la serie, pero no la culminó. De los seis episodios que componen Los Gringos, solo escribió los dos primeros (Viva la Revolución y Viva Villa). Posteriormente, Guy Vidal se ocupó de guionizar los cuatro restantes (Viva Adelita, Viva México, Viva Blueberry y Viva Zapata). Del dibujo y la ilustración de la serie completa se encargó De la Fuente.

La mera enumeración de los títulos que conforman Los Gringos instala al lector en el marco en que se desenvuelven los hechos, la revolución mexicana -y sus principales protagonistas- durante el segundo decenio del pasado siglo. Los gringos no son otros que dos jóvenes estadounidenses («del otro lado de Río Grande») que se ven involucrados a su pesar en los acontecimientos narrados. No obstante, los dos gringos solo son la ocasión para el despliegue visual (De la Fuente) y narrativo (Charlier y Vidal) que se ofrece al lector.

Lo que prevalece en Los Gringos es la acción, la aventura. El ritmo vertiginoso que Charlier imprimía a sus guiones arrastra la historia sin tregua o descanso para el lector. Guy Vidal estuvo a la altura, si bien se percibe un talento distinto en su escritura. En ambos casos, el entretenimiento aparece fuertemente asentado en la documentación y la fidelidad histórica, de modo que en más de un sentido Los Gringos viene a ser un fresco deleitoso de la Revolución mexicana. Esta circunstancia, unida a la importancia que en esta historieta adquieren la gasolina y el motor de explosión (avioneta, automóvil) y la ametralladora en detrimento del caballo y la pistola, mas -razón determinante- la ausencia de un héroe o antihéroe caracterizado como tal, lleva a poner en cuestión que Los Gringos sea ciertamente un western.

Eso es lo de menos, me parece. Los escenarios, los personajes, las acciones y sobre todo la épica implícita, convierten esta serie en un magnífico regalo para los degustadores del género del oeste.

Jim Cutlass

El tándem Charlier-Giraud que tan bien funcionaba con las aventuras de Blueberry concibió otra serie de género western: Jim Cutlass. De esta serie, Charlier solo llegó a escribir la primera historieta, titulada Mississippi River.

Los planteamientos narrativos de Charlier y figurativos de Giraud son en Jim Cutlass similares a los de la serie Blueberry. El marco de la historia en este caso es el inmediato a la Guerra de Secesión o American Civil War (1861-1865). Las aventuras se suceden teniendo en cuenta que el protagonista principal, Jim Cutlass, es un pelirrojo excombatiente yankee vinculado por nacimiento y herencia a las tierras sudistas de Nueva Orleans.

En términos generales, y al igual que en Blueberry, en Jim Cutlass se evidencia en qué medida el género western está estrechamente vinculado al cine.

A propósito de esto, si tenemos en cuenta que Jim Cutlass vio la luz en 1980, no es aventurado imaginar que el zaragozano Calpurnio (Eduardo Pelegrín, n. 1959) encontró inspiración -para al menos el nombre de su personaje Cuttlas- en la serie iniciada por Charlier y Giraud, dado que el origen de la serie El bueno de Cuttlas de Calpurnio data de 1983.

Blueberry

De hecho, las aventuras del teniente Blueberry son una muestra de tebeo de alta calidad en formato 48CC, con todas las características propias de este tipo de álbumes: sus episodios constituyen una serie que es adscribible a un género (el del oeste), estaba dirigida en principio a un público adolescente y es a la vez enormemente popular.

Hay quien considera que Blueberry es algo así como el western más perfecto de los realizados en cómic. A ello contribuye sin duda la pericia del dibujo de Giraud, de un extremo detallismo de corte tan realista que fuera como si el polvo de los caminos, el sudor de los personajes y los relinchos de los caballos sacudieran la retina del lector.

Pero no cabe duda tampoco de que no es solo el dibujo de Jean Giraud lo que determina la calidad de Blueberry. Y es que las mejores aventuras de esta amplia serie son aquellas que fueron escritas por el belga Jean-Michel Charlier, es decir, las recogidas en los veintitrés álbumes publicados con la firma de ambos entre 1965 (Fort Navajo) y 1990 (Arizona Love).

La colaboración entre el guionista Charlier y el dibujante Giraud comenzó en 1963 mediante la publicación en la revista Pilote, bajo el sistema «Continuará», de las aventuras del Teniente de Caballería Mike S. Donovan, alias Blueberry.

Dicha colaboración terminó abruptamente con la muerte de Charlier en 1989.

04.09.2014

El guionista Charlier y el dibujante Giraud se compenetraron tan perfectamente en la elaboración de la serie de Blueberry como lo hicieron a su vez Goscinny y Uderzo en su serie de Astérix. Se trata de dos grandes éxitos internacionales del cómic europeo en el formato 48CC, cada uno en sus respectivos géneros.

El estilo narrativo (Charlier) y figurativo (Giraud) de las aventuras de Blueberry corresponde al momento de auge del llamado western revisionista o incluso western crepuscular, que no viene a ser otra cosa que un western con rostro humano. En esta nueva concepción, los héroes planos y sin fisuras dieron paso a los antihéroes. El maniqueísmo de buenos y malos («el único indio es el indio muerto») se vio sucedido por un nuevo relativismo en el que no siempre las cosas son como parecen y donde las cualidades humanas están repartidas entre unos y otros indiscriminadamente. Los valores absolutos a la hora de explicar los móviles de las acciones de los personajes se diluyeron en nombre de realidades tangibles y determinantes de comportamientos diversos. Los estereotipos de cartón-piedra tradicionales fueron superados por una representación realista de ambientes, actores y situaciones. En definitiva, del mito inicial acerca del salvaje oeste se pasó a una nueva expresión artística que añadía la reflexión psicológica a la fidelidad histórica.

La historia del cine, que es inseparable de la historia del género del oeste, dio buenas muestras entre los años sesenta y setenta -tal vez un poco antes (John Ford)- de esta nueva concepción de un género que mostraba ya señales de acartonamiento. Películas como Pequeño Gran Hombre (1970) de Arthur Penn -por no extenderme demasiado-, sirven como ejemplo de lo que digo. En el medio cinematográfico hubo también, dentro de este movimiento revisionista del western tradicional, versiones caricaturescas del género, si bien aportaron también nuevos aires de renovación. La película de 1964 Por un puñado de dólares, del italiano Sergio Leone, es una buena muestra de esta variante renovadora del género del oeste.

Todos estos aires se encuentran presentes en la serie de Blueberry. El realismo figurativo de Giraud se vio complementado con un tremendo trabajo de documentación y de fidelidad histórica por parte de Charlier. Los marcos de la Guerra Civil o de Secesión estadounidense, de la Guerra del Indio y hasta de la Revolución mexicana aportaron escenarios y tramas para los sucesivos arcos narrativos que conforman las aventuras de Blueberry creadas por Charlier y Giraud.

Todo ello se dio, sin embargo, sin dejar de lado el factor de entretenimiento que es seguramente consustancial a los cómics desde su nacimiento.

Largo Winch

Largo Winch, del belga Jean Van Hamme (n. 1939), es un buen ejemplo de bande dessinée (BD) o cómic francobelga seriado, de género -de aventuras en este caso-, publicado en álbumes de cuarenta y ocho páginas en color y con tapa dura o cartoné (48CC) -que es el formato habitual en este tipo de cómic- y con un tremendo éxito de ventas. Es muy entretenido y está bien realizado, como corresponde a un producto de esas características. Y en tanto que orientado al entretenimiento puro, es normal que el tebeo Largo Winch tenga plasmaciones en cine, en televisión y hasta en videojuegos.

Si aplicáramos el esquema de interpretación flujo/reflujo a la historia del cómic, al menos al europeo, diríamos que Largo Winch corresponde a un momento de reflujo, después de las experiencias vanguardistas del cómic francés surgido tras «el-sesenta-y-ocho», a través de revistas como la emblemática Métal Hurlant y À Suivre. Un nuevo flujo lo aportaría de nuevo en este ámbito la editorial L’Association al superar con sus obras el formato 48CC y todas las características asociadas al mismo.

Ahora bien, esta consideración de Largo Winch no significa que sea una obra menor para nada. En principio, los formatos no son aprioris que deciden de antemano la calidad de un producto.

Giraud/Gir/Moebius

Por casualidad, a ver si no por qué, este hilo comenzó justo una semana antes de que falleciera Jean Giraud (1938-2012). Este es el sucinto post que le dediqué entonces al acontecimiento:

Un dibujo de Escher en homenaje a Moebius

Lo primero que procede al acercarse a Jean Giraud es constatar su doble manifestación como dibujante y autor de tebeos, es decir, apreciar la doble expresión simbólica de su personalidad.

Por un lado Giraud, bajo la firma ‘Gir’, fue el brillante ilustrador minucioso y detallista de las aventuras del teniente Blueberry, de las que a partir de cierto momento (tras el fallecimiento de Charlier) escribiría también algunos guiones.

Por otro lado Giraud, bajo la firma ‘Moebius’, fue el creador de un universo plástico pleno de arquitecturas y poblado por seres como Arzach, el mayor Grubert (Mayor Fatal) y otros, además de por los personajes ideados por escritores como O’Bannon y Jodorowsky.

De esta dualidad expresiva, de esta esquizofrenia aparente dio cuenta el mismo Giraud cuando en una nota a pie de página de El garaje hermético, un obra firmada por Moebius*, se lee:

(*) O como volverse sobre uno mismo para hacer de dos rostros uno.

Creo que esta nota es la clave que descifra el misterio de Jean Giraud – Gir – Moebius.

Cómo ser dos siendo uno, o como ser uno siendo dos a la vez.

Hacer de dos rostros uno. La cinta de Moebius, cuya figura es afín a la representación del infinito matemático.

Ese era el significado de mi sucinto homenaje a Giaraud, para el cual recurrí a otro gran genio de la ilustración, M. C. Escher.

Con el tiempo, Moebius acabaría por absorber completamente a Gir. Pero esa es ya otra historia en la historia del cómic.

Tus ganas de vivir me horrorizan

Tus ganas de vivir me horrorizan es el título de un volumen que recopila cincuenta cartas escritas por R. Crumb entre 1958 y 1977. Están dirigidas a dos amigos suyos: Mikel Britt y Marty Pahls. Y de hecho, el título del libro es una frase que Crumb escribe tal cual a su amigo Marty en una carta de 1961.

Las epístolas están ordenadas cronológicamente, de modo que al lector se le ofrece una auténtica novela narrada en primera persona. Y es que si una de las constantes o marchamos de Crumb es que el sujeto y el objeto de sus obras coinciden con él mismo, estas cincuenta cartas, creaciones originales suyas al cabo, ratifican lo dicho. Crumb emplea el término «autoexpresión» para referir este proceder suyo.

Si nos pusiéramos metafísicos, diríamos que es el alma de Crumb lo que emerge a través de sus cartas. Aunque no es preciso parecer enfáticos. Los buenos lectores entienden.

Cabe constatar que de las cincuenta, cuarenta y tres cartas abarcan los cinco o seis años que median entre los quince y los veinte o veintiún años de edad de Crumb, esto es, de 1958 a 1964. Su escritura es tan intensa como lo pueda ser la de un joven inquieto y artísticamente ambicioso sumido en la culminación de su adolescencia. Las siete cartas restantes ofrecen una perspectiva certera de la evolución de Robert Crumb ya en su periodo californiano y públicamente re-conocido.

Tus ganas de vivir me horrorizan tiene varios valores añadidos. Uno de ellos es la información de primera mano que obtiene el lector acerca de la vida cultural y cotidiana estadounidense entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado.

A mí me han llamado mucho la atención las referencias que hace Crumb en algunas de sus cartas al fantasma de «la Bomba» y de «los jinetes amarillos». En realidad, más que un fantasma era un peligro realmente sentido por la población del país en los años más crudos de la guerra fría, si bien ese peligro pudo ser inducido en gran medida por el gobierno y por los medios masivos de información de aquel país. No hay que trivializar el asunto. Ciertamente, hubo un clima de terror contagioso en aquellos años. Y una generación entera se crió en aquel ambiente. La última anotación al respecto por parte de Crumb es en una carta a Pahls de 1962:

Como dije en Ohio, creo que simplemente me he vuelto insensible al tema de la Bomba… Solía preocuparme por ello hasta ponerme enfermo cuando tenía once, doce, trece años… pero poco a poco dejas de preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada al respecto, y que no me está causando ningún daño, así que me preocuparé sobre ello cuando suceda si es que sucede.

Se me ocurre que las flores sesenteras de Berkeley fueron una liberación psicológica -y vital, por supuesto- de unos jóvenes ya hartos del horror, el horror.

13.07.2014

También llaman la atención en el epistolario de Crumb las referencias de primera mano  acerca de la cuestión de los derechos civiles, un asunto que estalló en Estados Unidos al empezar los años sesenta. Leemos, por ejemplo, un apunte acerca del día de inicio de curso en el instituto al que él iba en el que entraba en vigor por vez primera una de las leyes de integración racial y asistían a clase blancos y negros en las mismas aulas. Fue vivido por el joven Bob, a lo que parece, con naturalidad.

Pero hay más, mucho más, en Tus ganas de vivir me horrorizan, la correspondencia de Crumb.

Sexualidad aparte, dos han sido las pasiones culturales y artísticas en la vida de Crumb: los cómics y la música. Y de ambas pasiones dan repetida cuenta estas cartas. A Crumb le interesaba un cierto tipo de cómics: los de Disney, Kurtzman, la revista MAD, la editorial EC, nada de superhéroes… Y le interesaba un cierto tipo de música, en sus primitivas versiones: jazz, country, blues, ragtime, nada de rock and roll…

Hablamos, entonces, de cómics y de discos; dos manifestaciones artísticas populares, asequibles, que fomentan la adquisividad y se prestan al coleccionismo. Y así, encontramos en las epístolas de Crumb unmontón (es este, ‘unmontón’, un estilema recurrente del autor) de listas de discos, grabaciones, historietas, tebeos. El intercambio de ejemplares era una práctica común entre los aficionados o fans. Y gracias a estas listas, el lector interesado obtiene información relevante acerca de la historia de la cultura popular norteamericana, además de cotillear sobre las fuentes de la formación de Crumb.

De alguna manera, la vida y obra entera de Crumb, incluidas estas cartas, condensan el título que él mismo puso a una historieta suya dibujada magistralmente: Una breve historia de América.

Lo cual viene a ser uno de los rostros de la historia del siglo veinte en Occidente.

Finalmente, ante las cartas de Crumb, lo que se muestra no es una conciencia pura, en sí, independiente y autónoma. Los lazos familiares subyacen. Y en particular, sobresale la presencia constante del hermano mayor de Robert: Charles Crumb. Fue Charles un personaje trágico, imprescindible en esta novela familiar y primer interlocutor en los años de aprendizaje de R. Crumb. Acaso fue su único colaborador íntimo antes de Aline.

Es posible que de no haberse torcido la vida de Charles, los hermanos Crumb habrían supuesto en la historia del cómic un magnífico precedente de lo que luego han llegado a ser los hermanos Hernandez.

Actor aspirante

Una de las manifestaciones de entretenimiento popular que mejor se da en la cultura española es la comedia de costumbres. De un modo característico, el costumbrismo está presente en el cine, el teatro, la televisión y hasta en el tebeo patrios.

Los anglosajones acuñaron el término sitcom -comedia de situación- para referir ciertos productos costumbristas propios de las artes escénicas y secuenciales. Pero no hay que irse tan lejos para conocer de primera mano esta modalidad artística. Es algo que abunda en nuestro país.

En este hilo ya salió a relucir Malas ventas, la novela gráfica de Alex Robinson, como ejemplo anglosajón de arte secuencial costumbrista. En España, un buen ejemplo de esto mismo es Actor aspirante, del valenciano Max Vento (n. 1977).

El volumen integral de Actor aspirante, de 2013, recoge los tres cómics que Max Vento había publicado anteriormente bajo la misma rúbrica: Monólogo de mi vida desastrosa (2007), Noches de citas (2009) y Comedia en un acto (2010). Además, el autor ha añadido para la edición integral de Actor aspirante tres nuevas historietas: La comedia se deshace (2011), ¿Ventanilla o pasillo? (2012) y La ciudad de los sueños (2013).

Con estas seis historias Max Vento completa y cierra un ciclo.

Dos elementos prácticamente ineludibles en el género costumbrista son la fluidez de los diálogos más o menos ingeniosos y la presencia de un número variable de personajes secundarios en escena. En Actor aspirante se dan cumplidamente ambos elementos. Max Vento caracteriza en su obra un buen plantel de secundarios (actores o personajes de reparto, se les llama ahora) que desgranan frases oportunas para la acción. Dicho sea de paso, la escena popular española está llena de grandes secundarios ingeniosos que a menudo eclipsan a los olvidados galanes o primeros actores.

Pero lo mejor de Actor aspirante son esos momentos en que se confunden o identifican la cuarta pared del escenario teatral con la cuarta pared de las viñetas del cómic; es decir, cuando la mirada del lector-espectador (mirada que es el límite de esa cuarta pared) se encuentra inmersa en un espacio visual y narrativo en el que se entrecruzan dos medios, el escénico y el propio de la historieta. Y a través de este juego, además de gratificar al lector, Max Vento experimenta con éxito las posibilidades que encierra el lenguaje del cómic.

Este entrecruzamiento de medios también lo practica Max Vento en Ruzafa Blues (un videoclip), la historieta que él firma en colaboración con Valentín Vañó en el volumen colectivo Valentia (2012). Aquí, los dos medios en juego son el musical y el del cómic. El lector descubre el juego visual y narrativo con placer, pero al final permanece una inquietud ante las últimas viñetas de la historia, que apuntan a incidir en lo real.

Textos ilustrados

Está más que contrastada la sintonía que hay entre la beat generation y el comix underground. Y no sorprende en absoluto el hecho de que Robert Crumb ilustrara tres relatos cortos de Charles Bukowski. El primero de ellos es el que da título al libro conjunto de Crumb y Bukowski que contiene los tres relatos: Tráeme tu amor (y otros relatos).

Posteriormente, Crumb ilustró también un diario que Bukowski escribió entre 1991 y 1993. Su título es El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

Es obvio que la prosa de Bukowski y los dibujos de Crumb se adaptan entre sí como anillo al dedo, como guante a la mano, como llave a la cerradura. Son dos miradas complementarias sobre la realidad, orientadas a mostrar «la verdad desnuda». Si bien, en mi opinión, el dibujo de Crumb tiene un brillo especial que aplicado a la prosa de Bukowski ilumina el realismo sucio (dirty realism) en que se inscribe esa literatura. Aunque esto que digo no deja de ser incierto, pues la prosa de Bukowski contiene también reflejos y luces.

03.07.2014

La ilustración de textos, literarios o no, es una actividad propia del dibujante en general; no es específica del historietista. Aun así, hay magníficos creadores de tebeos a los que les da en algún momento por acompañar con dibujos otros textos preexistentes, o bien ponen sus dibujos al servicio de otra causa. No es arte secuencial lo que realizan entonces, pero es arte.

En el apunte anterior me referí al trabajo de Crumb como ilustrador de Bukowski. En realidad, es ingente la tarea de Cumb como ilustrador: carteles, portadas de discos, retratos de músicos, anuncios… Por no hablar de su Génesis. O de su Kafka.

Hay otros ejemplos notables de autores de cómic ejerciendo como ilustradores.

Art Spiegelman se atrevió con un curioso poema narrativo de 1928 escrito por Joseph Moncure March: La fiesta salvaje (The Wild Party). Este texto de March inspiró la película de 1975 dirigida con el mismo título por James Ivory. Y también es el poema que impulsó a William Burroughs (otro autor beat) a convertirse en escritor, según él declaró.

Max, nuestro Max, ilustró un exquisito texto del argentino Marco Denevi: Un perro en el grabado de Durero titulado «El caballero, la muerte y el diablo».

También es ingente el trabajo de Max como ilustrador en diferentes empresas. Como muestra, comentábamos otro día su colaboración con Maite Larrauri en Filosofía para profanos. En el caso de Un perro en el grabado de Durero…, el libro se abre con varias páginas de ilustraciones de Max y al final se incluye el texto de Denevi. La propina del libro es un póster plegado con la versión de Max del grabado.

Finalmente, es más que reseñable la actividad que durante varios años desempeñó Will Eisner para el ejército de su país como ilustrador de la revista PS Magazine, una publicación interna dirigida a los soldados con instrucciones de mantenimiento del material y las instalaciones militares.

Crumb de primera mano

Por muchas vueltas que se le dé, el conocimiento directo de un autor, basado en el acceso directo a sus fuentes, siempre es más interesante que el conocimiento de segundo grado obtenido por interpretaciones, monografías, descripciones, ensayos sobre el autor en cuestión.

Pero el conocimiento de un autor a partir de sus fuentes no se limita al escrutinio de sus obras. Hay otro tipo de documentos, impresos en papel o en formato audiovisual -entrevistas, declaraciones, documentales, correspondencia (cartas), grabaciones, textos radiofónicos, cinematográficos y televisivos, intervenciones diversas- que muestran la realidad de un autor como el suelo desde el que germinan sus obras.

En realidad, este es un planteamiento polémico. Una cosa es la realidad de un autor, qué duda cabe, y otra cosa muy distinta es el valor de una obra, considerada desde la posición del que la recibe, el fruidor.

Sin embargo, hay autores que a lo largo de su obra identifican su producción con su yo. O al menos con un yo impostado, construido, pues es imposible trascender a través de dibujos y palabras algo así como una entidad denominada «el yo».

Robert Crumb es uno de esos autores que optan por seguir su corriente de conciencia sin censuras exhibiéndola en sus dibujos cuando se tercia. Aun así, o precisamente por ello, en el caso de Crumb enriquece un montón conocer otras fuentes de sí más directas aún que sus obras.

Y por tanto, hay un par de libros muy recomendables para conocer de primera mano la realidad de R. Crumb.

Uno de ellos es: R. Crumb. Entrevistas y cómics.

Y el otro: Tus ganas de vivir me horrorizan.

De primera mano.

La perdida

No todo en el movimiento de la novela gráfica es experimentación formal vanguardista. Hay ejemplos de autores que, aunque eligen escribir empleando el lenguaje del cómic, se ciñen a la narración lineal de una historia y realizan una obra que, a la postre, puede resultar más interesante en cuanto novela que no por sus características gráficas.

La perdida (2006), de Jessica Abel (n. 1969), es una buena muestra de este tipo de novela gráfica.

La impronta literaria que predomina en La perdida se percibe inmediatamente al ver el epígrafe introductorio de la novela:

La frase está tomada de Malcolm Lowry, Bajo el volcán.

Metáforas y alegorías aparte, el volcán bajo el que transcurre la novela de Lowry es «el Popo», esto es, el Popocatepetl, el mayor de los que están en activo en Mexico. Y es México, concretamente el D. F., el lugar donde se desarrolla La perdida, la novela gráfica de Jessica Abel.

El planteamiento, la disposición argumental y el desarrollo de esta novela gráfica son también literarios.

La sombra de otros dos escritores está presente en La perdida: Jack Kerouac, que además de On the Road escribió  Mexico City Blues; y William Burroughs, autor de El almuerzo desnudo. Son dos escritores de la beat generation y en ese sentido cercanos a Lowry. Todos ellos anglosajones.

Los autores beat aportaron una concepción de la literatura hermanada con la vida. Una vida en el límite, fronteriza, en la que el viaje exterior se compagina con un viaje interior.

Así, la protagonista de La perdida es una joven de Chicago que emprende un viaje de búsqueda de sus raíces e identidad por México. Jessica Abel, la autora, también de Chicago, combina en su novela elementos autobiográficos con otros imaginarios.

Finalmente, otro referente explícito (e implícito) en La perdida, si no literario sí literaturizado, es la pintora mexicana Frida Kahlo. Es esta un símbolo femenino mezcla de sufrimiento, libertad y creatividad con el que se identifica en principio la protagonista de la novela.

El tiempo en que transcurre La perdida es el final del siglo XX. El México de la novela es un escenario urbano, en cierto modo similar al reflejado por el universo de Roberto Bolaño (Los detectives salvajes). Los idiomas español e inglés se alternan en una narración plagada de términos específicos del habla de los mexicanos, con frases como:

¿Es el mismo güey que estaba discutiendo con el pinche pendejo este sobre política cuando fuimos a Xochimilco?

El libro se cierra con un glosario que ayuda mal que bien al lector ajeno a entender esos términos.

No obstante, a un lector que conozca la literatura de Bolaño y los cómics de Beto Hernández (Sopa de gran pena), por ejemplo, esta especie de inmersión en la cotodianidad mexicana pretendida por Jessica Abel queda un poco distante, es decir, desubicada exactamente por la distancia que media entre el lado norte y el lado sur de Río Bravo o Grande. Es una distancia estrecha, pero a la vez enorme. La protagonista es una gringa y como tal es percibida en México, por mucho que ella se empeñe en no serlo. Es uno de los motivos centrales de La perdida.

Y así, el filtro cultural de la estadounidense Jessica Abel conduce a que en La perdida, pese a su valor literario, la vena mexicana que trasparece en la novela esté como descolorida en comparación con la perfilada por Beto Hernández en el cómic Río Veneno.

La autenticidad de La perdida hay que buscarla por otro sitio.