Blankets

Blankets fue la novela que consagró definitivamente a Craig Thompson.  Está considerada entre las mejores del género, aunque supongo que como ocurre siempre en esto de los top ten, habrá opiniones divergentes al respecto. Yo mismo no soy aficionado a elaborar listas de «los mejores», con lo cual en este caso me limito a decir que Blankets es un libro valiente, escrito con una sinceridad sobrecogedora y bastante bien dibujado y narrado.

Entre otras muchas cosas, Blankets viene a ser un ejemplo de Bildungsroman, ‘novela de formación’ o ‘de aprendizaje’. A través de ella, Craig Thompson expone su paso desde la niñez y la adolescencia hasta su juventud. Es también la historia de una emancipación.

‘Blanket’ es un término polisémico: significa ‘manta’ y ‘manto’ (de nieve, p. e.), pero también significa ‘ley o norma’ estricta.

Así, el aliento que inspira esta obra no es otro que el de la liberación que el autor y protagonista experimenta en su vida cuando acaba su etapa escolar en el instituto y con ello deja atrás el sistema de creencias y modos de vida específicos de un cristianismo fundamentalista inculcado en él desde su niñez por su propia familia.

Pero Blankets es también otras cosas. Al narrar una historia de amor inocente y tan puro como pueda serlo la nieve omnipresente en todo el libro, se describen muchos planos y facetas de la vida familiar en la América profunda.

Hay cierta ambigüedad que enriquece el discurso de Blankets, ya que mediante la exposición de una experiencia de amor cristiano, Craig Thompson nos cuenta su propia experiencia de emancipación o liberación asociada a la vida adulta y feliz.

Habibi

La perfección de la página

Habibi, de Craig Thompson (n. 1975), es un libro sorprendente.

Bajo la apariencia de un cuento árabe, mejor dicho, de un cuento de cuentos árabes, el autor nos ofrece una historia tremenda, tan universal como puede serlo la sed insaciable o el anhelo de infinitud.

Solo que a la postre, escondido entre los guarismos, resulta un libro humano, demasiado humano.

Habibi se inicia con las siguientes palabras que dan pie a una extraordinaria sucesión de viñetas:

De la Pluma Divina cayó la primera gota de tinta.

Y a partir de la gota, un río.

La mística del sufismo está pues presente en esta obra desde su mismísimo arranque.

El Libro es la Madre de la Creación. Sus letras son las semillas. Y el Padre es Alá. Hay un fragmento del Noble Corán que afirma:

No cae una sola hoja sin que El no lo sepa, ni hay semilla en la profundidad de la tierra, ni nada húmedo o seco que no esté en un libro claro. (6, 59)

Según este planteamiento, cada letra del Corán es una fuente de vida y de conocimiento. La Cábala de los judíos también relaciona el lenguaje, las palabras, las letras… con el origen del mundo. Y de un modo manifiesto está escrito al comienzo del Evangelio según San Juan: «En el principio era el Verbo».

Hay, pues, en Craig Thompson una voluntad de superación, de trascendencia de las religiones del Libro sacando a la luz los principios que trascienden en esas mismas religiones y son comunes a ellas. Lo vimos con su novela gráfica anterior, Blankets (2003), de la que daremos cuenta más adelante. Más de siete años le ha costado a Thompson culminar Habibi, publicada en 2011.

De momento, nos quedamos con el hecho de que Habibi, palabra cuya traducción viene a ser Mi amado, es una obra de arte.

El grafismo de esta novela es tan meticuloso como las filigranas orientales. Y eso que el autor es un estadounidense de pura cepa. Tal y como veremos cuando comentemos Blankets, su educación fue la del cristianismo fundamentalista.

Hay en Habibi una sabia conjunción del desierto y la ciudad, rascacielos y basura, arena y excrementos, pasado y presente, violencia y piedad, sufrimiento y amor. Y la plenitud que asoma.

 Y bueno, hay también cierta delicadeza en la crítica intercultural.

Nueva Escuela Valenciana

La Nueva Escuela Valenciana de cómic fue un rótulo, a manera de fórmula, que se difundió para referirse a un puñado de dibujantes que deslumbraron con sus historietas a partir de los comienzos de la década de los ochenta.

En realidad, no se puede hablar de una escuela como tal. Es más bien una generación. Tenían, eso sí, un lugar de origen más o menos común: el País Valenciano.

Como siempre que se habla de arte, aquí las singularidades pesan más que los intentos de crear etiquetas unificadoras. No obstante, hay un aire de familia marcado por un tiempo histórico común y, por tanto, por unas actitudes y gestos también comunes.

Todos ellos son historietistas de segunda generación. Se formaron y aprendieron a dibujar tebeos leyendo tebeos. Es posible, por tanto, encontrar referencias en sus viñetas procedentes de otras viñetas que impactaron sus retinas a través de sus lecturas de tebeos e imágenes del mundo que les rodeaba. Eran, pues, postmodernos. Se criaron con el cine, la música y los tebeos de la modernidad.

Como digo, cada uno de los integrantes de esta grupo tiene sus propias singularidades. A manera de presentación, dejo de momento la nómina de los representantes más destacados de la (mal) denominada Nueva Escuela Valenciana. Su influencia se ha dejado ver desde entonces en los creadores más actuales.

Micharmut (Juan Enrique Bosch Quevedo, n. 1953):

Sento (Vicent Josep Llobell Bisbal, n. 1953):

Daniel Torres (n. 1958):

Mique Beltrán (n. 1959):

De alguna manera, todos ellos recibieron influencias estéticas, cromáticas y conceptuales del alicantino Miguel Calatayud (n. 1942):

Una cosa, con todo, comparten. Al igual que Max, que no es valenciano pero que encaja perfectamente en este grupo, se educaron en buena medida leyendo los tebeos de la Escuela Bruguera, entre otros.

Y eso se nota.

15.01.2013

Los dibujantes y autores de la denominada ‘Nueva Escuela Valenciana’, que despuntaron a primeros de los ochenta pasados, retoman su actividad tebeística.

Micharmut acaba de publicar en papel contenidos de su blog: Sólo para moscas. Es un libro que promete.

Sento ha ganado un premio con una novela gráfica: Un médico novato. Pronto será editada.

Por su parte, Mique Beltran ha reunido en un solo volumen las historietas de aquel personaje que animaba el suplemento infantil de El País en los años noventa: Marco Antonio. Obra completa.

Beltran anuncia que en breve hará lo mismo con su heroína y madre de Marco Antonio, Cleopatra. De igual modo, declara que vuelve a la creación de historietas.

Y en fin, supongo que pronto oiremos hablar de nuevo de Daniel Torres.

Son estos, a lo que parece, buenos tiempos para el tebeo.

Y además, como suele decirse, el que tuvo retuvo.

Tebeos y fallas

Javier Mariscal en alguna ocasión ha declarado que su mayor influencia estilística y temática no le viene de Crumb, el underground y tal, sino que procede de las Fallas valencianas.

Y sí que hay en el estilo de Mariscal un desparpajo, una vitalidad, un trazo suelto y un colorido que recuerdan la luz del Mediterráneo y, en última instancia, la perspectiva fallera.

Adentrándonos más en el tema, resulta que Valencia es una cantera de dibujantes de tebeos. Antes, después y ahora. Por ejemplo, aunque hay por ahí mucha más información disponible:

Sobre la «Escuela valenciana de historieta»:

 http://es.wikipedia.org/wiki/Escuela_Valenciana_de_historieta

 Y sobre la denominada «Nueva Escuela Valenciana»:

 http://es.wikipedia.org/wiki/Nueva_Escuela_Valenciana

La pregunta, por tanto, parece obligada: ¿Qué tiene Valencia para producir tantos historietistas?

Y una de las respuestas posibles viene dada por la realidad de los monumentos falleros. Dado que, en mi opinión, una falla es algo así como un tebeo tridimensional.

Y es entonces comprensible que un artista gráfico y comiquero como Sento (Vicent Josep Llobell Bisbal, n. 1953) haya diseñado algún año fallas tan importantes como las de Na Jordana o la de la misma Plaza del Ayuntamiento.

En 1987, la falla de la entonces llamada Plaça del País Valencià, hoy Plaza del Ayuntamiento, tuvo un cartel realizador de lujo, difícilmente repetible.

El diseño fue de Sento, el guión de Manuel Vicent, el artista que la confecciónó: Manolo Martín. Y el vestuario de los ninots corrió a cargo de Francis Montesinos.

El título de la falla era «Como un espejo». Y reproducía fielmente el mismísimo balcón del ayuntamiento, centro de reunión del poder valenciano en las fiestas.

Era, pues, una falla autorreferencial. Como tantísimos cómics (post)modernos.

Mariscal

Entre nosotros -en nuestro país-, el ejemplo más notable de cómo un dibujante inicial de tebeos obtiene un éxito absoluto en el ámbito del diseño sin límites es Xavier Mariscal (n. 1950), el dibujante de Chico & Rita.

Valenciano de origen, Mariscal comenzó dibujando en fanzines que él mismo autoeditaba junto a otros historietistas como Nazario. Eran los años setenta del siglo pasado y entre los jóvenes comiqueros era muy influyente el underground americano. Tal era el aliento que predominaba en los fanzines de la época.

Sin embargo, Mariscal se dio a conocer en 1974 con Los Garriris, una serie de personajes e historias más cerca del Disney inicial y de George Herriman que de Gilbert Shelton o de Robert Crumb.

La serie sería después publicada en revistas como Star o El Víbora, representativas de la denominada línea chunga, lo cual demuestra una vez más la frecuente gratuidad de las etiquetas.

Uno de los personajes de Los Garriris, el perro Cobi, acabó siendo elegido en 1987 como mascota oficial de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.

Sería largo y prolijo dar cuenta ahora de la impresionante labor de Mariscal como diseñador de muebles y otros objetos, como interiorista (el ochentero bar Dúplex, en la Plaza de Cánovas de Valencia, p. e.), como creador de diferentes logos corporativos, como ilustrador de carteles y portadas de revistas, etcétera.

Dejo como muestra una de las portadas que Javier Mariscal realizó para la revista The New Yorker, en la que se aprecia uno de los muebles más famosos diseñados por él, el sillón Alexandra.

Peter Pank

Peter Pank, de Max (Francesc Capdevila, n. 1956), es una muestra viviente de esa confluencia de underground y línea clara que se dio por estos lares durante la década de los ochenta. Y no es casual el hecho de que el prólogo de la edición en español de Casi completo, de Joost Swarte, corre a cargo de Max.

Se trata de tres delirantes historias recogidas en sendos álbumes: Peter Pank (1984), El Licantropunk (1987) y Pankdinista! (1990), hoy recopiladas en una edición integral de La Cúpula. El nacimiento del personaje que da título a la serie nació para la revista El Víbora.

Del diseño

Los ochenta y los noventa eran años alterados y pudo haber quien confundiera la línea clara con la raya blanca:

No obstante, De Klare Lijn fue un estilo que trascendió el mundo del cómic y se proyectó en prácticamente todos los ámbitos del diseño, la ilustración, el grafismo, el cartelismo y otras modalidades de artes aplicadas.

La palabra «diseño» inundó la realidad plástica y objetual sujeta al mercado. Y en consonancia con ello, muchos dibujantes de tebeos vanguardistas extendieron su actividad hacia encargos de toda índole. Portadas de discos y de revistas, esferas de relojes (Swatch p. e.), carteles de exposiciones y de eventos culturales, diseño de logos, diseño de muebles, diseño industrial, diseño gráfico…

Hasta sellos de Correos ha diseñado Joost Swarte para su país:

La presencia de Swarte en el campo del diseño es excepcional, pues hasta algún edifico ha proyectado, como el Teatro Toneelschuur en Haarlem, de 1996.

La condición postmoderna

Buena parte de la nueva generación de historietistas que irrumpió en España a comienzos de los años ochenta pasados incorporaba esa combinación de underground y línea clara que veíamos en Swarte.

En 1979 Jean-François Lyotard había publicado un libro crucial: La condición postmoderna. El fin de los relatos y metarrelatos de la modernidad parecía dejar libre un espacio para el eclecticismo en el pensamiento y en todas las artes.

También en el cómic y en el grafismo en general,  las nuevas tendencias sugeridas por los nuevos dibujantes, ilustradores y diseñadores se identificaron con aquella postmodernidad.

Además, la situación política y social en España favorecía la coincidencia entre los aires de renovación imperantes y las nuevas tendencias estéticas.

Y en fin, la década de los ochenta, en particular su primer lustro, marcó el boom editorial de las revistas de toda índole y el triunfo comercial del cómic adulto. Hasta más de treinta títulos o cabeceras de revistas de cómics llegaron a coexistir en los kioscos bien surtidos.

Aunque no todo era vanguardia en las revistas ochenteras de cómics. El dibujo realista, magníficamente realizado por diferentes autores españoles, encontró su apogeo en los tebeos de género, tan típicos de la época: cómics de vampiros, de ciencia ficción, del oeste (western), de la serie negra… Curiosamente, eran títulos en la mayoría de los casos procedentes de editoriales extranjeras pero realizados por dibujantes españoles mediante el sistema de agencias…

Swarte y De Klare Lijn

Muchos conocimos a Joost Swarte por ser el ilustrador de la edición setentera de Los Papalagi. Y es cierto que a primera vista econtrábamos un aire de familia como mínimo entre los dibujos del artista holandés y los tebeos de Tintin.

En 1977 Swarte creó la expresión De Klare Lijn -traducida al francés como la ligne claire y de ahí al español línea clara– para referir un estilo de cómic propio que él mismo remitió a Georges Remi. El hecho es que el término hizo fortuna y pasó a asociarse al tebeísmo francobelga con Hergé a la cabeza. Y con ello, la línea clara se identificó con un cómic infantiloide, cuando no con un estilo pijo.

Sin embargo, la obra de Joost Swarte no es ni infantiloide ni pija. Más bien al contrario.

Reventando las categorías y las clasificaciones simplonas, la línea clara de Swarte es pura historieta underground. El estilo, el color, el trazo y las formas se alejan aquí del clásico underground estadounidense (Crumb, Shelton et al), pero el aliento que late en las viñetas de Swarte es fácilmente identificable con la corriente subterránea que acabó por modificar el mundo de los cómics contribuyendo a su definitiva mayoría de edad.

La luna de Madrid me mata

Los postulados y planteamientos ideológicos y estéticos de la revista Madriz son inseparables de los correspondientes a otra revista madrileña que ocupó buena parte de aquella década dizque feliz, aunque en un variado ámbito cultural mucho mayor que el del estricto cómic: La luna de Madrid (1983-1988):

Esta revista, intrusista -en cuanto operaba sin «profesionales» del periodismo- y absolutamente libre, atrevida, polifacética y vanguardista en su concepción y ejecución, se erigió desde su nacimiento en plataforma y pantalla de la Movida de Madrid. Su eclecticismo estético e ideológico eran el marchamo de una nueva ola investida con el traje de la postmodernidad.

Uno de sus lemas: «La vanguardia es el mercado», es una muestra de su osadía al proponer una suerte de capitalismo cultural.

En su nº 6, y por lo que nos atañe, se anunciaba ya en portada un Manifiesto de la Línea Clara:

La misma estética pretendidamente rompedora y de algún modo disparatada se encontraba en otra revista de la época, de nombre inspirado por paradójico y de escasa vida en los kioscos:  Madrid Me Mata (1984 y 1985):

De todo este marasmo novedoso en sus planteamientos, festivo y alegre, atrevido y sin complejos, iconoclasta, pero a la vez visual y formalmente experimentador participó la revista Madriz. Su peor pecado pareció ser disponer de una pequeña subvención oficial. Y es que además de por la derecha entonces en la oposición y por la prensa afín a esta (ABC, Ya, El Alcázar), también fue duramente criticada por otras revistas nacionales de cómic enteramente privadas, pues veían en ella una especie de competencia desleal. Y tal vez, no sé, también hubiese algo de ojeriza ante el brillo repentino que obtuvo en aquella década la ciudad de Madrid.

Por cierto, siempre lamentaré que en una de mis mudanzas me deshice estúpidamente de mi colección completa de ejemplares de La luna de Madrid.