‘Figuras del cómic’ (1). La pulsión académica

“…de las Academias, líbranos, señor. (Rubén Darío)

Pese al verso del poeta, es probable que algún día el Cómic tenga una Academia, igual que el Cine, la Historia, la Ciencia o la Lengua tienen la suya. Pero no es una mera cuestión de tiempo. Hay determinadas condiciones por satisfacer al respecto, entre las que se encuentra un desarrollo teórico que propicie algo así como la viabilidad de unas ciencias comicográficas.

[Desde luego, la condición sine qua non de todo el asunto estriba en la realización efectiva de historietas y su consiguiente perfección mediante el acto de lectura, fenómeno inseparable de una activa solidez de la industria y de los agentes implicados en el sector del tebeo. Una percepción creciente del interés público promovido por la Academia del Cómic favorecería tal vez un apoyo institucional establecido desde la Administración. No es poco lo requerido, pero tampoco se parte de cero.]

La actividad teórica desemboca en las academias y al contrario, estas promueven aquella. Desde que Platón fundara su Academia (la primera en la historia y la que funda el nombre) es mucho lo que ha llovido. Pero el impulso teórico de los cultivadores del logos continúa siendo el mismo. También ese logos se ha transformado, en el sentido en que lo ha hecho su objeto o campo de aplicación. De la ciencia de lo invisible (las esencias) se ha pasado a la ciencia de lo visible (objetos naturales, fenómenos sociales, artefactos culturales) y el saber de lo que opera en cada campo. [En una entrada anterior, titulada “Eikasia – Comicología. De Platón a Varillas” (ver aquí) me referí a la moderna concepción respecto a los objetos del conocimiento.]

Haya pues o no Academia de Cómic, permanece el impulso teórico. La pulsión académica.

(He encontrado un artículo en prensa de 1976 [ver aquí] en defensa de las Academias, escrito por Alfonso de la Serna y titulado: “¡A las academias acércanos, Señor!” En cualquier caso, la dialéctica entre académicos y antiacadémicos se retroalimenta, mientras que el Salon des Refusés de 1863 y siguientes -en el contexto de la historia de la pintura- es un buen ejemplo de cómo los rechazados por la Academia pueden alimentar y hacer progresar el arte o la ciencia en cuestión.)

Desde cierto punto de vista parecerá improcedente aplicar la pulsión académica al terreno de la historieta. Y no lo digo solo por quienes siguen viendo el arte del tebeo no ya como un arte menor -lo cual no deja de ser debatible-, sino como un mero producto de consumo cuya categoría cultural, de tenerla, sería ínfima.

Entre los reacios a que la ciencia meta la nariz hasta en los tebeos se encontrará seguramente más de uno aficionado al medio. La ciencia, según el tópico, es fría, categoriza, momifica… Anula el principio de placer, que es por cierto la guía de la lectura de cómics. ¿Una ciencia de los objetos de goce?, dirían. Anda ya. Preservemos esta parcela descubierta en la infancia…

Este planteamiento no difiere mucho, por no decir nada, del de los aficionados a la música que son a la vez enemigos de la musicología, o del de los entusiastas del cine contrarios a las ciencias cinematográficas. Paradójicamente, son posturas cerradas, tal vez solipsistas en cuanto limitan el goce a las experiencias íntimas. Aunque compartan actitudes y gestos privados entre los seguidores (o fans) respectivos, eluden la posibilidad de enriquecer su particular afición mediante aportes teóricos, susceptibles de encontrar significados que vayan más allá de uno mismo o de unos pocos. Convengamos que la teoría -el lenguaje teórico- enriquece la experiencia. Ensancha el entendimiento. Abre las puertas de la intersubjetividad.

Es preciso abandonar la infancia para poderla recuperar.

Pero la lechuza de Minerva levanta el vuelo al atardecer. O lo que viene a ser lo mismo: la razón teórica (la paloma kantiana) no opera en el vacío. Ha de haberse realizado una experiencia -artística o científica-, una producción, sobre la que planee la racionalidad contemplativa.

Se vio en el caso del cine (les cahiers y parecidas satisfacciones para cinéfilos, la reedición  de Vertov y Eisenstein, p. e.) y se ve ahora con la proliferación de libros especializados en musicología al alcance de los melómanos. En lo que concierne al tebeo, su historia -específica y social- es diferente a la del cine (y no digamos a la de la música).

Las fechas suelen ser significantes. Así, mientras la revista Cahiers du Cinéma nació en 1951, su equivalente en el campo de la historieta, Les Cahiers de la Bande Dessinée, lo hizo en 1969. La cesura o salto cuántico que se dio en la historia del cómic, respecto de la historieta clásica, propició un nuevo interés, una nueva forma de acercarse a la realidad de ese arte. Fue una cesura ciertamente enriquecedora. Iniciada en los primeros sesenta pasados (Guido Crepax), se suele poner ‘el sesenta-y-ocho’, con todo lo que le acompaña, como fecha crucial (La balada del mar salado -Pratt- es de 1967, Zap Comix -Crumb-, del 68) para referir la nueva historieta surgida entonces (si bien, como todo, no emergió de la nada). Era una nueva historieta que se vio acompañada de un nuevo interés teórico por el medio, en el seno de la completa renovación cultural -en todos los órdenes- promovida por la primera generación de postguerra.

Fue también por esos años, y con el mismo espíritu, cuando se iniciaron en España los modernos estudios de la historieta. Títulos de referencia al respecto son, en sentido cronológico: Tebeo y cultura de masas (1966), de Luis Gasca; Apuntes para una historia de los tebeos, 1833-1963 (1967-68), de Antonio Martín; Los cómics. Arte para el consumo y formas pop (1968), de Terenci Moix; El apasionante mundo del tebeo (1968), de Antonio Lara; Dibujando historietas (1969), del grupo editorial CEAC; Los héroes de papel (1969), de Luis Gasca; Los cómics en España (1969), de Luis Gasca. En la misma línea aparecieron revistas especializadas en cómic, dizque fanzines, como Cuto (1967) y Bang! (1968).

Fueron obras teóricas de autores a la altura de las circunstancias.


Figuras del cómic

Esta entrada está motivada por el libro de Ivan Pintor Iranzo Figuras del cómic. Forma, tiempo y narración secuencial, publicado hace unos meses. La estela iniciada por los padres fundadores citados en el párrafo anterior, en el ámbito de la teoría del cómic en nuestro idioma, fue seguida por un  número considerable de estudiosos que, entre los años setenta pasados y 2017 (fecha de publicación del manual de Pintor) dieron a conocer sus trabajos. Son cerca de cincuenta años ímprobos en esta materia. Sería prolijo enumerar ahora la relación de las respectivas aportaciones. A vuela pluma se me ocurren apellidos como Gubern, Altarriba, Coma, Varillas, Bartual, Cuadrado, Guiral, García, Bordes, Barrero, Pons, Costa, Pérez, Palmer, Porcel, Baena y otros (no cito más por no dejarme a ninguno) que, en castellano, dinamizan el medio.

(En realidad, los estudios acerca de las múltiples facetas de la historieta en nuestro país no nacieron en los años sesenta. La recopilación de Manuel Barrero en Tebeosfera: “La historieta y el humor gráfico en la Universidad. Trabajos académicos” (2002, 2005) da cuenta, por un lado, de la temprana dedicación a los estudios acerca del medio, pues la primera referencia que aparece en dicha recopilación es de 1935; y, por otro lado, del interés académico que suscita el cómic.)

El trabajo de Pintor Iranzo no es, ni por asomo, el primero en su tema. Pero añade al panorama una perspectiva, dependiente de su situación como autor, novedosa en cierto modo. (Creo que las revistas Tebeosfera y CuCoCuadernos de Cómic apuntan en la misma dirección.)

Es una perspectiva animada a fin de cuentas por la pulsión académica.

Dejaré para otra entrada un comentario acerca de Figuras del cómic. Forma, tiempo y narración secuencial, de Ivan Pintor.

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