Tomine y el Self

La ficción es un efecto de lenguaje, igual que la no ficción. Y llegados a este punto, qué nos queda sino el reconocimiento de que al fin lo que nos importa en un cómic es la brillantez con que el autor (dibujante, guionista) escribe una historieta en su peculiar estilo. Es lo que concluyo al leer La soledad del dibujante (2020), de Adrian Tomine. No es extraño que el contacto con la obra nueva de un autor de recorrido invite a revisar otros títulos suyos anteriores. Y así, la transparencia del self de Tomine en este cuaderno gráfico me ha revelado la misma normalidad que percibí ante Escenas de un matrimonio inminente (2011), lo cual fortalece la idea de que el dibujante de cómics es un tipo tan normal como puede serlo el vecino al que saludas en el zaguán de tu casa (?). Puede parecer una perogrullada esto que detecto en Tomine, pero es que muchas historietas suyas son tan inquietantes (pienso por ejemplo en “Glaseado de fresa”, en “Escapada a Hawaii” o en “Triunfo y tragedia”, incluidas respectivamente en Sonámbulo y otras historias (1998), en Rubia de verano (2002) y en Intrusos (2015), libro este último cuyo título original es Killing and Dying) que a uno le extrañaría que pudiesen estar dibujadas y escritas por su vecino de casa (aunque bien mirado, todo esto que digo no se sostiene muy bien). En otro momento [aquí] me referí a Tomine tomando el título de su personal comic bookOptic Nerve; allí jugué con la idea de relacionar el nervio óptico con el nervio patético ―dos de los doce pares de nervios craneales― en cuanto contribuyen a configurar la visión de un sujeto en general y de artistas como Tomine, Clowes o Ware en particular. Otro juego hermenéutico que permite Tomine, esta vez a raíz de La soledad del dibujante, es considerar la exposición en viñetas del self del autor realizada por él mismo y afrontar la discusión acerca de si se trata o no de autoficción lo que él realiza; esto es, la cuestión de los límites de la autoficción.
 

 

Ya en la historieta “Alter Ego” (incluida en Rubia de verano) Tomine practicó lo que parece una proyección de sí mismo mediante la representación gráfica de la circunstancia de un escritor ficticio. De igual modo, en Shortcomings (2007) es visible la proyección siquiera parcial del autor en las vicisitudes de una historia protagonizada por una pareja de estadounidenses de origen asiático. Pero en La soledad del dibujante, como previamente ocurría en Escenas de un matrimonio inminente, Tomine ya no representa un equilibrio entre autobiografía y ficción, sino que se trata en ambos casos de netas representaciones autobiográficas teñidas, como indico arriba, de una normalidad aplastante. Obviamente, la importancia de estas historietas no estriba en lo que Tomine nos cuenta, sino en el modo sincero y honesto de hacerlo, además de por supuesto en la calidad de su gráfica. 
 
No obstante, el mismo Tomine parece ser consciente de la delgadez de la línea que existe entre la autoexposición, por honesta que esta sea, y la autocomplacencia o incluso el alardeo. 
 

 

La confusión entre uno y otro extremo de ambos lados de la línea la sugiere Tomine también en otras historietas, por ejemplo en “Amber Sweet”, incluida en Intrusos
 

 

Es esta una cuestión que me limito a apuntar ahora aquí, pero que conecta con el universo instaurado por los padres fundadores del cómic underground y sus sucesores alternativos. No puedo evitar, sin embargo, referirme al exergo que encabeza La soledad del dibujante:
 

 

La cita de Clowes recuerda un poco a aquella otra de Borges en la que el escritor argentino afirma algo así como que ser el poeta local más reconocido en un país sudamericano es ser un perfecto desconocido. No será quizás autocomplacencia lo que esconden las palabras de Clowes, o no será autocomplaciente el uso que hace Tomine de las mismas, pero se me ocurre que ya querrían los jugadores de Bádminton organizar convenciones de aficionados que reuniesen el mismo número de seguidores que tienen las convenciones de cómic, por decirlo de algún modo. 
 

 

 

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