Carvalho: novela y cómic

Han querido los duendes del calendario que la publicación de Doña Concha, el tebeo de Carla Berrocal que comenté aquí el otro día, coincida con la aparición de Los mares del sur, la adaptación a cómic de la novela de Manuel Vázquez Montalbán realizada por Hernán Migoya y dibujada por Bartolomé Seguí. Muchos pesos pesados se agrupan aquí. El hilo para nada secreto que une estos dos tebeos es la figura de Vázquez Montalbán, quien reivindicó a Concha Piquer desde la segunda novela protagonizada por el detective Pepe Carvalho: Tatuaje, publicada en 1974 (la primera, de 1972, lleva por título Yo maté a Kennedy). No es posible exagerar lo que significó la canción «Tatuaje» interpretada por Concha Piquer en la España de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, y buena parte de los sesenta. Migoya y Seguí, por su parte, iniciaron su adaptación de la serie de novelas protagonizadas por Carvalho precisamente con Tatuaje (2017); siguieron con La soledad del manager (2019) y ahora leemos su versión en tebeo de Los mares del sur (2021). 

Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) cultivó desde la poesía hasta el ensayo sociopolítico, pasando por el periodismo y, significativamente, la novela, en la que sobresalió su serie sobre el detective Carvalho. El escritor barcelonés se describió a sí mismo como un mestizo cultural, por ejemplo en el Prólogo a la segunda edición (1984) de su libro Coplas a la muerte de mi tía Daniela

«Toda mi poesía [toda la obra de este autor, añado yo] es inexplicable si no se tiene en cuenta el mestizaje cultural que asumo, en el doble plano de la cultura pop (es decir popular de masas) y la cultura académica convencional que aprendí en los libros apellidados y en la Universidad. En el otro plano, me reconozco mestizo de proletario años cuarenta y pequeño burgués consumista años setenta, de inmigrante y aduanero… »

Esta condición de mestizaje cultural, tal y como aquí se la autoaplica el autor, la proyectó claramente Vázquez Montalbán en su personaje Pepe Carvalho, incluida su afición por la gastronomía o, mejor dicho, por el buen comer y beber. Pero es la condición que describe también lo que podríamos denominar la sociología del desarrollismo tardofranquista y de la Transición… (y es la misma condición de mestizaje que no solo ha llegado hasta nuestros días, sino que presumo que se ha instalado definitivamente entre nosotros de un modo sin el cual el futuro es más que improbable). Las novelas de la serie de Carvalho son reflejo de la España de entonces, pero son también un anticipo de lo que vendría después. Se me ocurren algunos ejemplos respecto a la clarividencia de Vázquez Montalbán. A diferencia de lo que ahora sucede, cuando escribió su novela Tatuaje, en Barcelona se podían encontrar dos o tres practicantes del oficio de tatuador, considerado como una reliquia al servicio de expresidiarios, legionarios o marineros. De igual modo, la afición por la gastronomía era entonces percibida como algo poco menos que extravagante, a diferencia también de lo que sucede ahora. Por otra parte, antes que el desencanto político y que la película El desencanto (1976), de Jaime Chávarri, existió Pepe Carvalho. La lectura de La soledad del manager ilumina esta situación. Finalmente, el escapismo hacia lugares exóticos, real o deseado, que inspiran algunas de sus novelas desde Los mares del sur, y que de algún modo se refleja en la muerte del escritor en el aeropuerto de Bangkok, anticipan la locura por viajar lo más lejos posible que se ha apoderado de las clases medias actuales. 


Todos estos rasgos los recogen los tres títulos publicados hasta ahora por Hernán Migoya y Bartolomé Seguí en su adaptación de las novelas de la serie Carvalho. Es un placer, por mi parte, releer estas novelas en versión gráfica, es decir, en forma de libro o de álbum de historieta (de las adaptaciones de Carvalho al cine o a la televisión hablaremos, tal vez, otro día). Pero reconozco que precisamente esta condición de novelas, que exigen ser leídas, puede ser un inconveniente para quienes esperan que el cómic sea otra cosa, aunque no se sepa muy bien el qué. El desglose que practica Migoya en cada título de Carvalho, y la puesta en página que ejecuta Seguí de ese desglose, son una muestra de la capacidad del lenguaje de cómic para adaptar (y adaptarse a) cualquier historia. Entre finales de los setenta y comienzo de los ochenta del siglo pasado la narrativa dio un giro espectacular. Comenzó como nunca a hablarse de historias, lo único que importaba. En el cómic, a través de historietas en revistas para adultos. En novela, mediante la nueva consideración del valor literario de los géneros. La serie negra, en particular (luego vendría el género histórico). Historietas autoconscientes, por un lado, y novelas de género, por el otro lado, coexistieron en librerías especializadas, pero también en los quioscos. 


En realidad, la puesta en obra por Migoya y Seguí de la serie novelesca de Carvalho en historieta supone aunar dos entornos que conviven con facilidad: el de las novelas de la serie negra y el del cómic. Son novelas gráficas las suyas candidatas al Oscar al mejor guion adaptado. 

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