El valor de los Cuadernos de Cómic

Es como hablar del valor de Les Cahiers de la bande dessinée, pero en castellano. No hace mucho salió a la venta el número 1 de la revista Autores de cómic, correspondiente a Otoño de 2023, y es motivo de celebración. 

Celebración, en primer lugar (sin seguir un orden jerárquico), por la valentía de Isla de Nabumbu, la editorial responsable de la revista, y de su director, Javier Alcázar. En segundo lugar, por la reivindicación de la cultura impresa en papel, a salvo de la dependencia de los dispositivos y, lo que es peor, de apagones telemáticos. Además, es un modo de edición coleccionable, íntimamente conectado con las series de los tebeos. En tercer lugar, por el impulso que esta iniciativa puede dar a la divulgación, pero sobre todo al conocimiento, no solo de los autores de cómic monográficamente considerados en cada número, sino también, a través de ellos, del medio de la historieta, tan desconocido en líneas generales en nuestro país. No es una mala fórmula: uno por uno, repasaremos todo. José Luis Munuera es el autor elegido como centro de este primer número. En cuarto lugar, por las conversaciones que este tipo de publicaciones suscitan. En quinto lugar… 

No obstante, como dijo el filósofo, una golondrina no hace verano. Esta celebración será más rotunda, y así espero que lo sea, si tenemos la oportunidad de alegrarnos por el lanzamiento, pongamos por caso, del número 40 de la revista Autores de cómic

(Continuará) 

Tras las huellas de Rimbaud

Nubes tormentosas se ciernen sobre el horizonte. Parecía que algo horrible se había quedado atrás, aunque tal vez no es así. Y es que lo que puede suceder sucederá, pues ¿en qué otra cosa consiste la historia? Pero calma. El pasado siempre vuelve, aunque modificado. El tiempo no pasa nunca en balde.

Arthur Rimbaud es la línea de fuga que anima este cómic de Christophe Dabitch y Benjamin Flao así titulado: La línea de fuga. Lo anima y hacia él convergen tanto la narrativa como las imágenes que contiene. Lo curioso es que Rimbaud es una permanente línea de fuga. Así lo debió de ver Hugo Pratt cuando ilustró el libro Cartas de África, de Rimbaud.

La cuestión es el decadentismo, tan propio de los años setenta del siglo pasado y del progresismo a él asociado. Pero el caso es que hay una atmósfera estética, un cúmulo de inquietudes o una concepción del arte y de la literatura ―y de la vida a la larga― que se dio entre las décadas de 1870 y 1890 del siglo XIX en Francia e Inglaterra, principalmente, con ese nombre: decadentismo.
La línea de fuga, el tebeo de Dabitch y Flao (Futuropolis, 2007; Norma Editorial, 2009), comienza en el París de 1888 y en él se despliega en principio el entorno histórico de Anatole Baju y su revista El Decadente (1886-1889), por él dirigida y publicada como intento de prolongar el legado poético de Arthur Rimbaud. Pero además, y sobre todo, La línea de fuga va más allá por cuanto muestra la experiencia de un poeta, Adrien, en principio imitador de Rimbaud, que emprende un periplo en búsqueda de Rimbaud ―al final por tierras de África― para superar esa imitación y encontrarse a sí mismo.
La belleza de este cómic, de apariencia histórica, no invalida la cuestión planteada arriba. En el debate actual entre el decadentismo, la postmodernidad, el progresismo y la modernidad hay en juego toda una concepción no ya de la historia, sino de nuestra manera de estar en el mundo. Son muchas las líneas de fuga que el presente nos propone, pero no cabe duda de que una de ellas, poéticamente estimulante, es la que deriva de Rimbaud, tan vanguardista como lingüísticamente moderna. Hay otras líneas peores, pero me abstendré de citarlas aquí.

Economía política al alcance de todo el mundo

Escribe Alan Moore: «El medio del cómic es fácilmente el método más atractivo y efectivo para comunicar información vital de manera que el destinatario la retenga y comprenda sin problemas»¹.
Una prueba evidente de la verdad de este aserto de Moore la proporciona Capital e ideología, una versión en cómic («adaptación gráfica» pone en la cubierta) realizada por Claire Alet y Benjamin Adam del libro de Thomas Piketty del mismo título. En lugar de afrontar las más de mil doscientas páginas que contiene el manual de Piketty, un lector curioso puede perfectamente disfrutar el cómic de Alet y Adam y acceder con ello, de un modo que no se daría sin la existencia de este tebeo. al contenido que el economista francés expone en su libro Capital e ideología. Un aval de lo que digo se encuentra en el hecho de que más de cien mil ejemplares del cómic han sido vendidos en Francia, según se indica en su edición española.
La estrategia de Claire Alet y el arte de Benjamin Adam consiste en dotar de personajes al libro de Piketty. Crean así una saga familiar cuyos componentes, a través de ocho generaciones, ilustran los cambios sobrevenidos en la economía política francesa y, por extensión, occidental. El recorrido que describe el libro se vertebra en torno al eje de la desigualdad y la redistribución de la riqueza, teniendo en cuenta que la fuente de esta desigualdad es la ideología. En el enfoque de Piketty, la ideología es el motor de la historia. El autor se inscribe así en la tradición francesa que, desde los ideólogos de la Revolución (Destutt de Tracy, Cabanis), herederos de Condillac y del sensualismo lockeano, conciben la Ideología como inherente a cualquier ser humano en tanto que dotado de ideas. Pero la fuente de las ideas son las sensaciones, y entre estas se validó la sensación de ser propietario… en lo que todavía estamos. Piketty propone una superación de este estado de cosas, una superación del capitalismo, tal y como el cómic de Alet y Adam explica con claridad y dominio gráfico y narrativo.
Este es un ejemplo de la maravilla a la que se refiere Alan Moore en nuestra cita inicial.
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(1) En «Buster Brown en las barricadas», un ensayo de Alan Moore de 2013 publicado en Occupy Comics e incluido en el libro Cuadernos de humo sagrado, Editorial Barrett, Sevilla, 2023, p. 104.

Vidas cruzadas (10). Armada de locura

«Estoy armada de locura para un largo viaje». Leonora Carrington
Este es el epígrafe del nuevo tebeo de los Talbot (Mary M. y Bryan), Armada de locura. En el cuerpo de notas de este libro leemos:
«Un catálogo de una exposición en Monterrey cita esta frase como si fuera una declaración de Leonora. Parafrasea el subtítulo de la novela modernista Armados de locura, de Mary Butts, publicada por primera vez en 1928».
Lo que a mí me interesa en esta entrada es el subtítulo del cómic: Leonora Carrington, la última surrealista, pues es ahí donde se encuentra la mitad de la tela en esta historieta (la otra mitad se encuentra en el propio título: Armada de locura, al que me referiré en otra ocasión).
La relación en particular de Carrington con Max Ernst es determinante para la vinculación de esta pintora y escritora con el grupo surrealista. Y también, sin duda, la propia obra de la artista. Se trata de un grupo, una obra y una vida que atraviesa el siglo XX.
Está también la larga etapa mexicana de esta mujer, su profunda amistad con la pintora Remedios Varo, la relación de Leonora Carrington con el vasto grupo de artistas mexicanos más los procedentes del exilio.
Está muy justificada, entonces, la presencia de esta artista en mi serie Vidas cruzadas.

Anamnesis, el juego tebeil de Valenzuela

Lo increíble es la capacidad de Santiago Valenzuela para absorbernos con cada uno de sus cargados tebeos. Es el gran secreto de su arte. Anamnesis, su última entrega (y tal vez la penúltima de esta serie de Torrezno y el micromundo) así lo confirma de nuevo.

 
Anamnesis es también importante porque nos reafirma en la idea de que estamos ante una serie inmensa ―inmensa en extensión, pero también en intensión― cuya última ratio no es otra que la de manifestar un talentoso juego tebeil de Valenzuela.
Es un juego puramente wittgensteiniano, un juego de lenguaje logrado en al menos tres niveles: el de las imágenes, el de las palabras y el de la interacción entre unas y otras. Pero es también un juego que trasciende la famosa cuarta pared, que es la del lectoespectador, cuando este acepta las reglas que le imponen las representaciones de Valenzuela y decide, por su parte, jugar con ellas.
En este caso, según mi interpretación, la anamnesis del título no es otra que la del lector, pues lo cierto es que no hay otra cosa que interpretar en los tebeos de Valenzuela más que el conocimiento y los recuerdos depositados en las mentes de quienes acceden a tan juguetona obra.
Esperamos el siguiente volumen de esta saga.

‘Planeta’ en el planeta de Berkeley

Planeta es el nuevo tebeo de Ana Oncina. Es un relato sumamente entretenido con principio, medio y fin. No sé si ella lo sabe, pero la historia que cuenta parece una de las ilustraciones posibles del solipsismo de Berkeley, el filósofo irlandés de los siglos XVII y XVIII. Pero Planeta, insisto, no es desde luego un argumento, sino un cómic bastante bueno.
El argumento de Berkeley es más o menos como sigue. Todo lo que percibimos son representaciones mentales o ideas, y no podemos afirmar fehacientemente que exista nada fuera de estas representaciones y de la mente que las contiene. Es el denominado solipsismo. Ha de haber siempre alguna mente que garantice la existencia de la realidad. ¿Y cómo podemos, entonces, afirmar la existencia de nosotros mismos? Porque somos ideas en la mente de Dios. Hasta aquí el razonamiento de Berkeley, que por cierto no deja claro cómo se sabe de la existencia de Dios en tanto que no es un ser percibido por nuestros sentidos¹.
De alguna manera, la realidad virtual reproduce este razonamiento. La mente que recibe y es consciente de todas las interconexiones sensoriales ―en una situación de pentasensorialidad― es la del sujeto que vive la experiencia virtual. Por su parte, la mente que garantiza la existencia de esas percepciones es el software del ordenador que las emite. A su vez, la existencia del ordenador remite a otras mentes dentro del sistema de la realidad virtual, pues no se puede afirmar fehacientemente que exista otra realidad fuera de ese sistema, en la medida en que ahí solo existe lo que es percibido por el sujeto que vive la experiencia virtual. Postular la realidad de cualquier otro ser exterior al sistema sería como inferir la existencia de Dios en el pensamiento berkeleyano.
Planeta, el tebeo de Ana Oncina, transcurre en dos tiempos, uno presente y otro futuro. En él intervienen inteligencias artificiales y una realidad virtual. En esa medida, junto a su interés como cómic, Planeta habita en el planeta de Berkeley.
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(1) Sí que aporta Berkeley (en el Tratado sobre los principios del conocimiento humano I, § 29) una prueba indirecta o por inferencia ―no un conocimiento directo― de la existencia de Dios, pero no termina de ser convincente.

Shakespeare en Blacksad: Todo cae

El lado oscuro de Shakespeare se camufla en la riqueza de su verbo, la belleza de sus palabras, lo mismo que la fuerza del abismo en Blacksad serpentea entre el esplendor de sus imágenes. Tanto es así, que no hay en estas creaciones propiamente lado oscuro ni abismo, sino la llamada de un arte esquivo que recuerda, eso sí, que lo siniestro y lo terrible se cuelan entre nuestras representaciones.
Todo esto viene a cuento de Todo cae, la última aventura (por llamarlo así) de Blacksad, publicada en dos álbumes de 2021 y 2023 respectivamente. En este relato de humanos ―plenamente humanos― zoomorfos, más que de animales antropomorfos (aunque también), Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido se acercan de nuevo al arte, pero al arte dramático esta vez, para conjugar otra historia de corrupciones habidas entre las bambalinas del poder. No les contaré la historia, pero sí destacaré su pericia argumental, su maestría figurativa y la plétora de sugerencias que contiene la combinación de Shakespeare y Blacksad en un mismo cómic.
Pese a los dos años transcurridos entre la aparición de los dos volúmenes de Todo cae, sería un error establecer una fisura entre ambas partes. Es cuestión de volver a leer el álbum de 2021 antes de empezar este nuevo de 2023, y a continuación meditar sobre lo que se ha leído, o volver a empezar, etc., para comprender que se trata de un relato único y singular. Por supuesto que la morosidad en el planteamiento de la historia no se encuentra en la síntesis de su desenlace, pero esa es una característica propia de las artes escénicas desde antes de cuando la Poética de Aristóteles, pasando por las novedades introducidas por el teatro isabelino y el del Barroco. En este desenlace, en esta síntesis de Todo cae, sorprende el papel otorgado por Díaz Canales en el guion y por Guarnido en el dibujo a la cultura beatnik. Una maravilla narrativa.
La filosofía implícita en el arte de la representación que se da no solo en el teatro y el cómic, sino en la vida misma, está más que clara en esta obra: todo cae.
Aunque, as usual, además de al teatro, el homenaje a las artes plásticas también se halla en esta entrega de Blacksad:

La importancia del papel como soporte

Siempre me llamó la atención el hecho de que la filosofía de Aristóteles, entre otras, fuese conocida en Europa en plena Edad Media gracias a las traducciones del griego al árabe efectuadas por los copistas islámicos y a las interpretaciones de comentadores como Averroes, sin ir más lejos. Ahora descubro, gracias a La bibliomula de Córdoba ―de Wilfirid Lupano y Léonard Chemineau― el origen bibliográfico de esa hegemonía cultural del Islam frente a la Cristiandad en aquella época.
En la Nota final de La bibliomula, que está ambientada en el califato de Córdoba a finales del siglo X, Pascal Buresi nos informa de que en el siglo VIII (en 751) tuvo lugar la batalla de Talas, en la frontera con China, entre ejércitos y aliados del califato abasí y los del general chino Xuanzong, emperador de la dinastía Tang. La consecuencia de este acontecimiento la expone Buresi con claridad:
«La victoria abasí se saldó con un importante botín y la captura de numerosos prisioneros, entre ellos artesanos del papel. La importancia de este hecho a menudo se ha infravalorado pues, con el secreto de la fabricación del papel, el mundo islámico tenía la posibilidad de escribir en abundancia y por poco dinero, lo que transformó profundamente la sociedad, la cultura y la civilización.»
Mientras el soporte material de los códices realizados en pergamino resultaba excesivamente costoso, los libros sobre papel eran mucho más económicos y fáciles de reproducir. El resultado está claro y trasciende la mera materialidad de los soportes del saber. Frente a una nobleza inculta y un pueblo analfabeto, donde el conocimiento de la época estaba relegado al estamento clerical, incapaz de reproducir en exceso por la carestía del medio, se hallaba una corte califal, devenida luego en taifas, en la que el papel como soporte de los libros favoreció un esplendor cultural más que notable. De las vueltas y revueltas de la historia ya sabemos, por lo que pasó después (y sigue pasando). Con La bibliomula observamos, además, que el fenómeno ‘Fahrenheit 451’ es una constante histórica sujeta a determinaciones variables.
Al leer y contemplar La bibliomula de Córdoba uno se acuerda, inevitablemente, de El infinito en un junco, el libro de Irene Vallejo llevado hace poco al cómic por Tyto Alba. Pero más en cuanto tebeo, en tanto que historieta sujeta a la historia del medio, rezuma en este libro el Iznogud de Goscinny y Tabary. En esta ocasión, es Almanzor el que quiere ser califa en lugar del califa.

Deseo, pureza, terror

No es un mero juego de palabras el que la pureza de un ideal desemboque a menudo en un ideal de pureza. Y menos aún es un juego que del ideal de pureza devenga el terror. La historia está poblada de momentos que materializan este aserto y lo convierten en un hecho.
Hace poco leía y contemplaba en Fouché, de Kim, cómo el Terror imperó en un periodo de la revolución francesa. Ahora veo la prolongación de ese hecho en Lubianka, de Felipe Hernández Cava y Pablo Auladell. No obstante, el fenómeno al que aludo no es exclusivo de ambos procesos, el francés y el soviético. Basta con fijarse en cómo el ideal de pureza o bien se ha inmiscuido, o bien directamente ha determinado otros hechos históricos que van desde la Inquisición hasta el racismo, también en el tiempo presente.
En el caso de Lubianka, el guion de Hernández Cava introduce otro vértice que cuadra el triángulo conformado por el ideal, la pureza y el terror. Me refiero al deseo. En particular, Cava se refiere ―y no es tampoco un juego de palabras― al deseo de la revolución personificado en el poeta vanguardista Eugeni Petróvich Gógoliev, y a la revolución del deseo, en manos del mediocre escritor Volodia Gubin, torturador del primero y a la vez torturado por la imagen de la esposa de este. La literatura es en un medio interpuesto entre la revolución y el deseo, y esta es otra novedad de un guion, el de Lubianka, que si no fuera así sonaría demasiado a un dèja vu del autor.
Cuando las ideologías operan como imágenes invertidas en la cámara oscura de la mente, se apoderan de los sujetos y los convierten en sus servidores. Esto es una prosopopeya aplicada a las ideologías. Pero, por mucha prosopopeya que sea, lo cierto es que no es raro que las ideologías se alíen con el terror. Y esto es lo que Hernández Cava viene manifestando en diferentes trabajos suyos, más o menos recientes.