La soledad y la pérdida (Daniel Clowes)

Más compleja es la función del duelo en Monica, el tebeo de Daniel Clowes (2023), en el sentido en que da una espesura al relato bien ausente en los cómics referidos en la entrada anterior. Tanto es así, que no solo esta espesura es una marca de fábrica de Clowes, sino que además la soledad y la pérdida caracterizan a los personajes de todas sus obras.

Cumplen de ese modo, la soledad y la pérdida, una función narrativa de primer orden en las historietas de Clowes, si bien se percibe en este autor una ironía que muestra el distanciamiento característico del segundo grado de la narración, tan común en buena pate del cómic contemporáneo.

El duelo y la narrativa gráfica

A veces da por pensar, en términos puramente racionales, que la posesión es enemiga de la tranquilidad. Cuanto más involucrados estemos con los adjetivos posesivos en primera persona (mi xnuestro ymis x’nuestros y’), más expuestos estaremos a las preocupaciones, accidentes o averías y, en el peor de los casos, a los estropicios. Esto es en principio aplicable a la mera posesión de cosas u objetos, sean estos muebles o inmuebles. El asunto cambia, sin embargo, cuando establecemos lazos íntimos (familiares, de amistad, de cariño o similares) con otros animales humanos o no humanos, a los que por cierto nos referimos usando también los adjetivos posesivos en primera persona: ‘mis hijos’, ‘nuestros nietos’, ‘mi pareja’, ‘mi perro’, ‘nuestro gato’… No se trata en estos casos estrictamente de posesión (como no es tampoco una muestra de posesión, en otro orden de relaciones, cuando alguien dice por ejemplo ‘mi abogado’). La pérdida de seres íntimamente queridos puede afectar a la estructura profunda de la personalidad de quienes padecen dicha pérdida, y no solo a su sistema nervioso central. Es así como se instauran los procesos psíquicos de duelo. Esta falta o ausencia provoca una situación que excede la fría lógica del cálculo racional y a la que todos estamos expuestos.

No es cinismo apreciar que estas situaciones de duelo casan bien con la narrativa, tanto en los casos en que el autor expone su experiencia dolorosa en modo terapéutico, como cuando se utiliza esta vivencia en relatos de pura ficción (aunque también es cierto que no todo el mundo está dispuesto a soportar historias dolientes, sean o no reales).

Recientemente han aparecido en el mercado de los cómics dos títulos que tienen en común el hecho de que sus respectivas ficciones se basan en sendos procesos de duelo paterno y materno, respecto a la pérdida de un hijo en un caso y de una hija en el otro. Se trata, por un lado, de La fosa, un relato gráfico de Erik Kriek con tintes lovecraftianos cuyo final resulta de lo más inquietante. Por otro lado, se encuentra Laberintos, de Jeff Lemire, una inteligente historieta de ciudad que tiene en cuenta el hilo de Ariadna para vencer al minotauro. Los dos cómics se levantan sobre el duelo parental. Los dos comparten una agilidad narrativa sustentada en un grafismo dinámico y solvente. Los dos me han hecho pasar buenos ratos y han estimulado mi imaginación, y eso que soy en principio reacio a embarcarme en historias construidas sobre situaciones de duelo por la pérdida de algún hijo. 
 
Supongo que habrá influido en mi actitud el hecho de que tanto La fosa como Laberintos plantean conflictos ficticios. 

El valor de los Cuadernos de Cómic

Es como hablar del valor de Les Cahiers de la bande dessinée, pero en castellano. No hace mucho salió a la venta el número 1 de la revista Autores de cómic, correspondiente a Otoño de 2023, y es motivo de celebración. 

Celebración, en primer lugar (sin seguir un orden jerárquico), por la valentía de Isla de Nabumbu, la editorial responsable de la revista, y de su director, Javier Alcázar. En segundo lugar, por la reivindicación de la cultura impresa en papel, a salvo de la dependencia de los dispositivos y, lo que es peor, de apagones telemáticos. Además, es un modo de edición coleccionable, íntimamente conectado con las series de los tebeos. En tercer lugar, por el impulso que esta iniciativa puede dar a la divulgación, pero sobre todo al conocimiento, no solo de los autores de cómic monográficamente considerados en cada número, sino también, a través de ellos, del medio de la historieta, tan desconocido en líneas generales en nuestro país. No es una mala fórmula: uno por uno, repasaremos todo. José Luis Munuera es el autor elegido como centro de este primer número. En cuarto lugar, por las conversaciones que este tipo de publicaciones suscitan. En quinto lugar… 

No obstante, como dijo el filósofo, una golondrina no hace verano. Esta celebración será más rotunda, y así espero que lo sea, si tenemos la oportunidad de alegrarnos por el lanzamiento, pongamos por caso, del número 40 de la revista Autores de cómic

(Continuará) 

Tras las huellas de Rimbaud

Nubes tormentosas se ciernen sobre el horizonte. Parecía que algo horrible se había quedado atrás, aunque tal vez no es así. Y es que lo que puede suceder sucederá, pues ¿en qué otra cosa consiste la historia? Pero calma. El pasado siempre vuelve, aunque modificado. El tiempo no pasa nunca en balde.

Arthur Rimbaud es la línea de fuga que anima este cómic de Christophe Dabitch y Benjamin Flao así titulado: La línea de fuga. Lo anima y hacia él convergen tanto la narrativa como las imágenes que contiene. Lo curioso es que Rimbaud es una permanente línea de fuga. Así lo debió de ver Hugo Pratt cuando ilustró el libro Cartas de África, de Rimbaud.

La cuestión es el decadentismo, tan propio de los años setenta del siglo pasado y del progresismo a él asociado. Pero el caso es que hay una atmósfera estética, un cúmulo de inquietudes o una concepción del arte y de la literatura ―y de la vida a la larga― que se dio entre las décadas de 1870 y 1890 del siglo XIX en Francia e Inglaterra, principalmente, con ese nombre: decadentismo.
La línea de fuga, el tebeo de Dabitch y Flao (Futuropolis, 2007; Norma Editorial, 2009), comienza en el París de 1888 y en él se despliega en principio el entorno histórico de Anatole Baju y su revista El Decadente (1886-1889), por él dirigida y publicada como intento de prolongar el legado poético de Arthur Rimbaud. Pero además, y sobre todo, La línea de fuga va más allá por cuanto muestra la experiencia de un poeta, Adrien, en principio imitador de Rimbaud, que emprende un periplo en búsqueda de Rimbaud ―al final por tierras de África― para superar esa imitación y encontrarse a sí mismo.
La belleza de este cómic, de apariencia histórica, no invalida la cuestión planteada arriba. En el debate actual entre el decadentismo, la postmodernidad, el progresismo y la modernidad hay en juego toda una concepción no ya de la historia, sino de nuestra manera de estar en el mundo. Son muchas las líneas de fuga que el presente nos propone, pero no cabe duda de que una de ellas, poéticamente estimulante, es la que deriva de Rimbaud, tan vanguardista como lingüísticamente moderna. Hay otras líneas peores, pero me abstendré de citarlas aquí.

Economía política al alcance de todo el mundo

Escribe Alan Moore: «El medio del cómic es fácilmente el método más atractivo y efectivo para comunicar información vital de manera que el destinatario la retenga y comprenda sin problemas»¹.
Una prueba evidente de la verdad de este aserto de Moore la proporciona Capital e ideología, una versión en cómic («adaptación gráfica» pone en la cubierta) realizada por Claire Alet y Benjamin Adam del libro de Thomas Piketty del mismo título. En lugar de afrontar las más de mil doscientas páginas que contiene el manual de Piketty, un lector curioso puede perfectamente disfrutar el cómic de Alet y Adam y acceder con ello, de un modo que no se daría sin la existencia de este tebeo. al contenido que el economista francés expone en su libro Capital e ideología. Un aval de lo que digo se encuentra en el hecho de que más de cien mil ejemplares del cómic han sido vendidos en Francia, según se indica en su edición española.
La estrategia de Claire Alet y el arte de Benjamin Adam consiste en dotar de personajes al libro de Piketty. Crean así una saga familiar cuyos componentes, a través de ocho generaciones, ilustran los cambios sobrevenidos en la economía política francesa y, por extensión, occidental. El recorrido que describe el libro se vertebra en torno al eje de la desigualdad y la redistribución de la riqueza, teniendo en cuenta que la fuente de esta desigualdad es la ideología. En el enfoque de Piketty, la ideología es el motor de la historia. El autor se inscribe así en la tradición francesa que, desde los ideólogos de la Revolución (Destutt de Tracy, Cabanis), herederos de Condillac y del sensualismo lockeano, conciben la Ideología como inherente a cualquier ser humano en tanto que dotado de ideas. Pero la fuente de las ideas son las sensaciones, y entre estas se validó la sensación de ser propietario… en lo que todavía estamos. Piketty propone una superación de este estado de cosas, una superación del capitalismo, tal y como el cómic de Alet y Adam explica con claridad y dominio gráfico y narrativo.
Este es un ejemplo de la maravilla a la que se refiere Alan Moore en nuestra cita inicial.
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(1) En «Buster Brown en las barricadas», un ensayo de Alan Moore de 2013 publicado en Occupy Comics e incluido en el libro Cuadernos de humo sagrado, Editorial Barrett, Sevilla, 2023, p. 104.

Vidas cruzadas (10). Armada de locura

«Estoy armada de locura para un largo viaje». Leonora Carrington
Este es el epígrafe del nuevo tebeo de los Talbot (Mary M. y Bryan), Armada de locura. En el cuerpo de notas de este libro leemos:
«Un catálogo de una exposición en Monterrey cita esta frase como si fuera una declaración de Leonora. Parafrasea el subtítulo de la novela modernista Armados de locura, de Mary Butts, publicada por primera vez en 1928».
Lo que a mí me interesa en esta entrada es el subtítulo del cómic: Leonora Carrington, la última surrealista, pues es ahí donde se encuentra la mitad de la tela en esta historieta (la otra mitad se encuentra en el propio título: Armada de locura, al que me referiré en otra ocasión).
La relación en particular de Carrington con Max Ernst es determinante para la vinculación de esta pintora y escritora con el grupo surrealista. Y también, sin duda, la propia obra de la artista. Se trata de un grupo, una obra y una vida que atraviesa el siglo XX.
Está también la larga etapa mexicana de esta mujer, su profunda amistad con la pintora Remedios Varo, la relación de Leonora Carrington con el vasto grupo de artistas mexicanos más los procedentes del exilio.
Está muy justificada, entonces, la presencia de esta artista en mi serie Vidas cruzadas.

Anamnesis, el juego tebeil de Valenzuela

Lo increíble es la capacidad de Santiago Valenzuela para absorbernos con cada uno de sus cargados tebeos. Es el gran secreto de su arte. Anamnesis, su última entrega (y tal vez la penúltima de esta serie de Torrezno y el micromundo) así lo confirma de nuevo.

 
Anamnesis es también importante porque nos reafirma en la idea de que estamos ante una serie inmensa ―inmensa en extensión, pero también en intensión― cuya última ratio no es otra que la de manifestar un talentoso juego tebeil de Valenzuela.
Es un juego puramente wittgensteiniano, un juego de lenguaje logrado en al menos tres niveles: el de las imágenes, el de las palabras y el de la interacción entre unas y otras. Pero es también un juego que trasciende la famosa cuarta pared, que es la del lectoespectador, cuando este acepta las reglas que le imponen las representaciones de Valenzuela y decide, por su parte, jugar con ellas.
En este caso, según mi interpretación, la anamnesis del título no es otra que la del lector, pues lo cierto es que no hay otra cosa que interpretar en los tebeos de Valenzuela más que el conocimiento y los recuerdos depositados en las mentes de quienes acceden a tan juguetona obra.
Esperamos el siguiente volumen de esta saga.

‘Planeta’ en el planeta de Berkeley

Planeta es el nuevo tebeo de Ana Oncina. Es un relato sumamente entretenido con principio, medio y fin. No sé si ella lo sabe, pero la historia que cuenta parece una de las ilustraciones posibles del solipsismo de Berkeley, el filósofo irlandés de los siglos XVII y XVIII. Pero Planeta, insisto, no es desde luego un argumento, sino un cómic bastante bueno.
El argumento de Berkeley es más o menos como sigue. Todo lo que percibimos son representaciones mentales o ideas, y no podemos afirmar fehacientemente que exista nada fuera de estas representaciones y de la mente que las contiene. Es el denominado solipsismo. Ha de haber siempre alguna mente que garantice la existencia de la realidad. ¿Y cómo podemos, entonces, afirmar la existencia de nosotros mismos? Porque somos ideas en la mente de Dios. Hasta aquí el razonamiento de Berkeley, que por cierto no deja claro cómo se sabe de la existencia de Dios en tanto que no es un ser percibido por nuestros sentidos¹.
De alguna manera, la realidad virtual reproduce este razonamiento. La mente que recibe y es consciente de todas las interconexiones sensoriales ―en una situación de pentasensorialidad― es la del sujeto que vive la experiencia virtual. Por su parte, la mente que garantiza la existencia de esas percepciones es el software del ordenador que las emite. A su vez, la existencia del ordenador remite a otras mentes dentro del sistema de la realidad virtual, pues no se puede afirmar fehacientemente que exista otra realidad fuera de ese sistema, en la medida en que ahí solo existe lo que es percibido por el sujeto que vive la experiencia virtual. Postular la realidad de cualquier otro ser exterior al sistema sería como inferir la existencia de Dios en el pensamiento berkeleyano.
Planeta, el tebeo de Ana Oncina, transcurre en dos tiempos, uno presente y otro futuro. En él intervienen inteligencias artificiales y una realidad virtual. En esa medida, junto a su interés como cómic, Planeta habita en el planeta de Berkeley.
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(1) Sí que aporta Berkeley (en el Tratado sobre los principios del conocimiento humano I, § 29) una prueba indirecta o por inferencia ―no un conocimiento directo― de la existencia de Dios, pero no termina de ser convincente.

Shakespeare en Blacksad: Todo cae

El lado oscuro de Shakespeare se camufla en la riqueza de su verbo, la belleza de sus palabras, lo mismo que la fuerza del abismo en Blacksad serpentea entre el esplendor de sus imágenes. Tanto es así, que no hay en estas creaciones propiamente lado oscuro ni abismo, sino la llamada de un arte esquivo que recuerda, eso sí, que lo siniestro y lo terrible se cuelan entre nuestras representaciones.
Todo esto viene a cuento de Todo cae, la última aventura (por llamarlo así) de Blacksad, publicada en dos álbumes de 2021 y 2023 respectivamente. En este relato de humanos ―plenamente humanos― zoomorfos, más que de animales antropomorfos (aunque también), Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido se acercan de nuevo al arte, pero al arte dramático esta vez, para conjugar otra historia de corrupciones habidas entre las bambalinas del poder. No les contaré la historia, pero sí destacaré su pericia argumental, su maestría figurativa y la plétora de sugerencias que contiene la combinación de Shakespeare y Blacksad en un mismo cómic.
Pese a los dos años transcurridos entre la aparición de los dos volúmenes de Todo cae, sería un error establecer una fisura entre ambas partes. Es cuestión de volver a leer el álbum de 2021 antes de empezar este nuevo de 2023, y a continuación meditar sobre lo que se ha leído, o volver a empezar, etc., para comprender que se trata de un relato único y singular. Por supuesto que la morosidad en el planteamiento de la historia no se encuentra en la síntesis de su desenlace, pero esa es una característica propia de las artes escénicas desde antes de cuando la Poética de Aristóteles, pasando por las novedades introducidas por el teatro isabelino y el del Barroco. En este desenlace, en esta síntesis de Todo cae, sorprende el papel otorgado por Díaz Canales en el guion y por Guarnido en el dibujo a la cultura beatnik. Una maravilla narrativa.
La filosofía implícita en el arte de la representación que se da no solo en el teatro y el cómic, sino en la vida misma, está más que clara en esta obra: todo cae.
Aunque, as usual, además de al teatro, el homenaje a las artes plásticas también se halla en esta entrega de Blacksad: