Max y las fuentes

En mayo de 2011, el Instituto Cervantes presentó en el MuVIM de Valencia una exposición retrospectiva e itinerante titulada Max, Panóptica (1973-2011). En ella figuraba una ilustración de Max que el libro-catálogo de la exposición recoge con el título «Mapa Mental Bardín, Inédito, 2008» (con lo cual, al estar publicada en el catálogo, dicha ilustración deja de ser inédita). Es esta:

El mismo catálogo recoge otra ilustración de Max correspondiente a Hipnotopía, una exposición anterior del dibujante inaugurada en Palma de Mallorca en junio de 2008. La ilustración es esta;

En ambas ilustraciones, Max enseña, por así decir, sus fuentes; son las referencias intelectuales y artísticas que amueblan su mente (‘espíritu’, se decía antes) y alimentan su obra.

La primera de estas ilustraciones tiene por título «Mapa Conceptual del Mundo Bardín». Si bien Max ha precisado alguna vez que Bardín y él son dos y no uno, aunque en ocasiones están de acuerdo, yo creo que esta es una de esas ocasiones. No creo que el mapa mental de Bardín sea muy diferente del mapa mental de Max.

La dilatada carrera de Max como dibujante e historietista comenzó prácticamente en su adolescencia, en los años setenta pasados. Ni la biblioteca del autor ni su mapa conceptual o mental serían entonces los mismos que en 2008, ni los mismos que ahora, en 2015. Max no ha dejado de incorporar y absorber referentes culturales mientras iba desarrollando su obra: trabaja y estudia a la vez, se puede decir. Y es por eso por lo que se aprecia una evolución progresiva en sus diferentes etapas, medidas por décadas.

Podemos jugar observando ambas ilustraciones, estableciendo significados entre las asociaciones que se representan, ensoñando al amparo de su atmósfera sugerida, etcétera. Podemos interpretar sin parar. Pero cabe también apuntar otra cosa. Las bibliotecas y los mapas mentales no bastan para singularizar una obra. Con los mismos significados y asociaciones representadas, bajo la misma atmósfera y a pesar de las interpretaciones, se pueden realizar plasmaciones distintas. Ese es el secreto del arte. Se basa en la ejecución. Los pensamientos suelen ser colectivos, del común. Las ejecuciones, en cambio, siempre son singulares. Únicas. Las obras de Max son originales de Max, por más que sus fuentes sean más o menos universales. Es lo propio de los artistas.

Max es, en cierto modo, la cabeza gráfica de nuestra generación. Algo así decíamos en el post dedicado a su sombra. Sus fuentes son más o menos comunes entre muchos otros. Sin embargo, no todo se reduce a las fuentes. El arte siempre va más allá. No solo por la combinatoria. Sino, sobre todo, por la realización, plasmación o ejecución de unas obras que son singulares o únicas.

Ahora bien, a modo de ilustración, siempre queda interesante visualizar unas fuentes y los vínculos entre ellas. Es una representación de etiquetas que no están vacías.

Aunque, como suelo decir, las etiquetas sirven tanto para orientar como para lo contrario.

La verdadera fuente es uno mismo. Las demás son añadidas.

No solo ejercicios de estilo. Las Aventuras de Joselito

Debo admitir que me encuentro en el grupo, no sé si amplio, de los que a priori sentía aversión por el cómic Las Aventuras de Joselito, su sobrecubierta visible y su leyenda subtitular: «El pequeño ruiseñor». No me gusta la copla, qué le vamos a hacer. Ni el entorno que la rodea. Y por tanto, mi desinterés hacia ese tipo de música me ha tenido por siempre alejado de sus glorias y de sus figuras.

Ese mismo desinterés por la copla me llevó a alimentar un montón de prejuicios, estereotipos y demás ideas previas al respecto. Todo ello agravado por la imagen, ideologizada, que asocia este género musical con una España cañí congelada por el franquismo. El que esté libre de prejuicios, que tire la primera piedra. Uno puede y debe deshacerse de ellos. Aun así, mis oídos siguen siendo ajenos a la denominada ‘copla española’. Lo cual no es óbice para que me haya gustado este libro sobre Joselito, pues la cosa no va de la copla.

Mi curiosidad se picó al enterarme de que José Pablo García (n. 1982), el autor de Las Aventuras de Joselito, había dibujado un cómic a la manera de 99 ejercicios de estilo, de Matt Madden (ver aquí). Esto es, en el aspecto formal, J. P. García realiza un tebeo en el que se combinan diferentes estilos de la historia del cómic nacional e internacional (línea clara, línea chunga, manga, ungerground, superhéroes, escuela Bruguera, TBO, etc.). Y además, cada estilo figurado se adapta más o menos al periodo en que transcurre la narración (aunque a mí me ha parecido encontrar a Chris Ware fuera de época).

La diferencia con los ejercicios de estilo de Madden es que, si bien el alarde formal de este autor recrea noventa y nueve veces una anécdota trivial de una página (ocho viñetas), lo que ofrece José Pablo García es un relato documentado de las peripecias del cantante Joselito, una suerte de biomic (‘biographical comic’) no exento de sorpresas para los que, como yo, desconocíamos prácticamente todo lo relacionado con José Jiménez Fernández, de nombre artístico Joselito.

Lejos de contarles nada de lo que revela este libro, no me resisto a dejar constancia aquí de un dato siquiera, para nada irrelevante o anecdótico: Joselito no cantó para Franco en la vida.

La combinatoria de estilos de cómic en un  mismo cómic ofrece un resultado metarreferencial que enriquece el medio. Los tebeos así realizados vienen a ser algo así como tebeos de tebeos. Y esta misma combinatoria aporta ya de por sí significación a un producto que disuelve la dicotomía entre el fondo y la forma, entre el significado y el significante. Sobrevienen de este modo los estratos tan variados de la conversación.

En el caso de Las Aventuras de Joselito, sin embargo, la cosa no se reduce al juego de estilos. Hay en este libro unos hechos narrados que van más allá de su plasmación gráfica. Al final, lo que permanece en la retina y el cerebro del lector es un rico mosaico cuyo engrudo es la experiencia vital de un superviviente continuo (la historieta inicial del brasero es un indicio de lo que viene después). Y queda, también, un repaso magistral de los destarifos de la España -y parte del extranjero- de la segunda mitad del siglo XX.

A la sombra de Max

La sombra, las sombras. Su importancia en la obra de Max.

Cuando comenté Paseo astral (aquí), cerré el post con estas palabras:

Y bueno, la clave de interpretación del trabajo de Max nos la frece él mismo en una especie de apéndice de Paseo astral repleto de bocetos y apuntes del autor que reflejan el proceso de creación de esta obra, donde al final leemos:

estúpido… ¿no sabes que tu talento reside en tu sombra?

Es una clave que trasciende los límites de este Paseo y que va más allá de la posterior Conversación de sombras.

A mi modo de ver, es la clave de interpretación del conjunto de las obras de Max.

(Aquí sobre Conversación de sombras)

El caso es que también en ¡Oh diabólica ficción!, obra posterior de Max, encontramos una fuerte presencia, conceptual y formal, del papel que desempeña la sombra en el imaginario de este autor. Podríamos añadir el fantasma (El hombre duerme, el fantasma no es el título de su blog) como otro elemento esencial, constitutivo, y así concluir que el desarrollo de la obra de Max es una especie de paseo entre el fantasma y la sombra.

Y entre el fantasma y la sombra, la luz. El medio natural que alumbra y favorece la creatividad.

Si entendemos que Bardín el superrealista marca un punto de inflexión en la evolución artística de Max, notaremos que los cómics que le siguen: Vapor, Paseo astral, Conversación de sombras y ¡Oh diabólica ficción! (hasta ahora) se articulan en torno a una cierta dialéctica entra la sombra y la luz. Se trata de libros cargados de ideas, por así decir, complementarias de la estilización formal de esta etapa de Max.

No obstante, si le echamos un vistazo a los trabajos en cómic de Max desde la época de Gustavo, no podremos propiamente decir que la sombra, las sombras, sean un elemento ausente en los mismos. La Confederación de las Sombras (por citar un título evidente) es una historieta suya de 1986. Y respecto a la etapa más ‘línea clara’ de Max, es materia para largo debatir en qué medida están ausentes, si lo están, las sombras en la línea clara, por más que no sean visibles.

Qué decir, en fin, de una de las primeras páginas de Peter Pank (1984):

El crítico Jordi Costa escribe en Panóptica. 1973-2011 un lúcido análisis de esta presencia de la sombra en «el primer Max» (observemos que el recorrido que ofrece este libro-catálogo sobre la obra del dibujante culmina justo a las puertas de Vapor). El texto de Costa: «Materia oscura en un mágico mundo de colores» sintetiza con agudeza las pulsiones presentes en un Max presentado como el reverso de Disney.

El título de este post, «A la sombra de Max», indica una especie de homenaje al papel de la sombra en la obra de Max. También supone el reconocimiento de un autor que durante más de cuarenta años bate el cobre en el terreno del cómic y la ilustración ininterrumpidamente. No es del todo exagerado sugerir que, en este terreno, Max es algo así como la sombra -una sombra luminosa, colorista- de nuestra generación.

Hay filosofía y hay psicoanálisis en el trabajo de Max. Lo mejor de todo es que hay, especialmente, arte y vitalidad.

Max. Tebeo + Ilustración = Gráfica Radiante

La aparición de nuevos libros de Max (nombre de guerra de Francesc Capdevila Gisbert), aunque sean compilaciones, proporciona placer, Además, es un motivo o excusa para reconsiderar el conjunto de la obra del autor catalán (afincado en Mallorca).

El formato libro ofrece unicidad a una serie previamente divulgada. Y con ello, diferentes experiencias de lectura de esa serie se presentan a los ojos del lectoespectador (adopto la propuesta terminológica de Manuel Barrero) al ser este, el que lee y contempla la compilación, quien descubre asociaciones y matices inesperados que aportan mayor significación a las partes de ese todo y hasta al mismo todo. Esto es lo que ocurre con ¡Oh diabólica ficción!, una recopilación de tiras de Max cuyo grueso -que da título al libro- fue publicado quincenalmente en El País Semanal entre octubre de 2013 y marzo de 2015. Otros materiales completan el libro, unos de ellos inéditos, otros previos y otros expresos ad hoc. Algo parecido ocurría con Paseo astral, un cómic stricto sensu anterior de Max, cuyas planchas fueron un encargo de El País para ser expuestas en ARCO 2013.

Lo mismo sucede con Cien sillones y pico, una recopilación de ilustraciones realizadas por Max entre enero de 2008 y septiembre de 2014 para la sección ‘Sillón de orejas’ de Babelia. De los 349 dibujos realizados por Max al efecto, esta compilación también publicada recién selecciona y reúne «ciento y pico» de tales dibujos. El formato de libro, de nuevo, presenta una cierta unidad conceptual y formal que permite al espectador descubrir conexiones entre las imágenes y avanzar entre tránsitos significativos. Algo parecido, igualmente, ocurría con Espiasueños (2003), una recopilación de ilustraciones de Max que abarca los años 1973-2003.

Da juego la ocasión de estas dos novedades editoriales (¡Oh diabólica ficción! y Cien sillones y pico) para referir, entre otras posibles disquisiciones, esa doble faceta presente en la obra de Max: la del autor de historieta y la del ilustrador. El quid de la cuestión, en concreto, estriba en si estamos ante un autor de tebeos que se gana a menudo la vida en el ámbito de la ilustración; si, por el contrario, Max es un ilustrador al que le da en ocasiones por realizar historieta; o si, finalmente, el tebeo y la ilustración son, en el caso de Max, dos hermanos siameses con una sola cabeza y manos, las del autor en cuestión.

Lo destacable, en mi opinión, es que estas tres opciones no son excluyentes, sino complementarias. Son las tres verdaderas. Si bien yo entiendo que en la médula de Max prevalece el tebeo. Es algo evidente en sus ilustraciones.

Y es algo evidente, también, en cada una de sus páginas de viñetas.

Desde luego, el «Continuará» -la obra realizada por entregas- es un rasgo quizá suficiente, pero no necesario para conferir a un trabajo gráfico, con texto o sin él, el carácter de historieta o tebeo. Es una forma tradicional de concebir y realizar la labor del autor de cómic, debido sin duda a factores externos tales como las condiciones de edición y publicación, La irrupción de la actual novela gráfica ha modificado esas condiciones, pero no ha eliminado el tebeo realizado a base de «Continuará». El hecho de que las dos novedades de Max sean compilaciones de entregas anteriores refuerza la tesis de que la historieta se encuentra en la mandorla de este autor.

Esta condición siamesa que hermana el tebeo y la ilustración bajo un mismo autor la encontramos por ejemplo en Javier Mariscal. Solo que, en este caso, avatares diversos han llevado a Mariscal a desarrollar más su actividad como ilustrador y en el ámbito del diseño. Pero ahí están Los Garriris, esa cumbre del cómic por donde se mire.

De igual modo, Joost Swarte, quien comparte afinidades con Max, presenta esa doble condición siamesa. Aún más relevante para lo que intento mostrar es el caso de Ever Meulen, un ilustrador ente todo que sin embargo ocupa un lugar importante en la historia del cómic en general y de Max en particular.

Hablamos de ilustraciones potentes que transmiten historias, pero también de viñetas secuenciales realizadas mediante dibujos radiantes.

Tomo el adjetivo «radiante» de Pere Joan, quien explica lo que entiende por tal asociado al sustantivo «gráfica» («gráfica radiante») en el número 12, página 96, de la revista Nosotros Somos Los Muertos. (De hecho, este rótulo, Gráfica Radiante, aparece en la portada de los números 8 al 15 de NSLM, esto es, en la segunda época de la extinta revista.) Escribe Pere Joan como resultado de su explicación de «radiante»:

«… Finalmente, nada más apropiado para resumir la actitud de los creadores gráficos que pululan en las páginas de NSLM. Partir desde las raíces del medio Historieta (radicales por tanto), pero dispuestos a sobrepasar sus límites en las direcciones posibles (radiantes). …»

No estará de más, para culminar, apuntar que, junto a Pere Joan, la otra alma mater de Nosotros Somos Los Muertos fue precisamente Max. La expresión o sintagma Gráfica Radiante condensa el carácter bifronte de la obra de Max (entre otros). Lo dejaremos de momento así.

En realidad, el placer al que aludo al comienzo de este post es más que doble, pues ante los trabajos de Max el lector encuentra un goce estético que suscita una cierta reflexión filosófica expuesta según los cánones del tebeo.

(Continuará.)

Hiroshima, Vietnam

Dos acontecimientos bélicos del siglo XX sacudieron la conciencia colectiva e impresionaron el imaginario antibelicista de al menos una generación. Los dos sucedieron en Asia. Son, en primer lugar, la explosión de la bomba atómica contra Hiroshima el 6 de agosto de 1945 (tres días después, otra bomba atómica devastó Nagasaki). En segundo lugar, la guerra de Vietnam (1954-1975). Cada uno de ellos se enmarca en un contexto más vasto (II GM en un caso, descolonización y Guerra Fría en el otro) y unas condiciones específicas. Los dos, sin embargo, adquieren proporciones singulares en la realidad compartida.

La barbaridad de Hiroshima cambió la Historia al irrumpir la energía atómica como un poder de destrucción total desconocido hasta entonces. Por su parte, la guerra de Vietnam fue el disparate de un gigante prepotente derrotado por la tenacidad de un pequeño país. En ambos casos, Hiroshima y Vietnam, hubo cientos de miles de víctimas ante la locura de un poder ciego y sordo, un poder ponzoñoso que encuentra aliados en la misma población que lo padece. Son las babas de un Leviatán incrustado en la vida moderna.

Dos tebeos en la mesa de novedades se refieren respectivamente a Hiroshima y a Vietnam. Ambos son de diferente factura; tienen diferente ambientación y colorido; sus autores responden a tradiciones culturales en parte distintas. Sin embargo, hay un hilo que los une. Ambos son autobiográficos. Los dos, escritos desde la óptica de «los que perdieron», aportan la lucidez de una mirada infantil (reconstruida años después). En ambos se percibe el efecto de «los americanos» en el no ya tan lejano Oriente. Los dos conectan, en fin, la experiencia vital de sus autores con nuestro particular acervo, proyectado en dos palabras con resonancias de impacto: Hiroshima y Vietnam. Estos dos tebeos las reactivan.

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Hadashi no Gen («Gen, el de los pies descalzos», 1973), de Keiji Nakazawa, es un relato estremecedor cuyo eje gravita en torno al holocausto nuclear. Está dibujado y escrito por alguien que «estaba allí». Nakazawa nació y vivía en Hiroshima. Tenía seis años cuando la bomba estalló. Se publica ahora una nueva edición en español de su obra (la anterior, con el título Hiroshima, es de 2002). De momento ha aparecido un primer volumen de casi ochocientas páginas: Pies descalzos. Una historia de Hiroshima.

Pies descalzos es una ficción de no ficción. En su factura es un manga, un tebeo japonés (creo que es el manga perfecto para aquellos que nunca han leído manga y quieran conocer este estilo), pero la cosa no se queda en el mero aspecto formal o el diseño. El hecho de que Pies descalzos sea un manga afecta a la misma sustancia, concepción y desarrollo de la obra. Y a sus condiciones de lectura (pese a su excesivo número de páginas, se lee con rapidez). Es lo que favorece que sea un tebeo apto para todos los públicos, escolares y adultos. La bestialidad del asunto es tratada de un modo muy peculiar.

Sin embargo, Pies descalzos trasciende el ámbito geográfico al entroncar con los valores universales. Dejaré el comentario de la obra para otra ocasión. He encontrado en un blog (aquí) una foto de Gervasio Sánchez (de su serie Los desastres de la guerra) y una frase del mismo fotógrafo que iluminan el sentido de Pies descalzos y me sirven para cerrar la presentación de esta obra de Keiji Nakazawa. La foto es esta:


Kosovo, 1991

La frase:

«No hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra buscar la felicidad.»

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Una guerrita de nada (Une si jolie petite guerre, 2012), de Marcelino Truong, se centra en la primera fase de la intervención de EE. UU. en Vietnam y su apoyo al régimen del Sur del Paralelo 17. De hecho, el subtítulo del cómic es «Saigón 1961-1963». Truong (Manila, 1957), es hijo de padre survietnamita y madre francesa. Su circunstancia vital, reflejada en su obra, recuerda un poco a la de Riad Sattouf, pero en otro contexto.

Desde una posición cultural y social muy diferente a la del autor de Pies descalzos, Truong ofrece en Una guerrita de nada un relato que combina la información histórica con la memoria personal: el autor expone documentadamente la experiencia que vivió siendo niño en Saigón durante dos años. El resultado es una certera amalgama en la que interactúan la precisión histórica y la novela familiar.

Estamos, entonces, ante un «tebeo occidental». Con todo, tanto Pies descalzos como Una guerrita de nada comparten, como indico arriba, ciertos elementos y no sé si hasta un cierto aire de familia. Y en ambos casos, aunque con mayor potencia en el primero, trasparecen el absurdo de la guerra y la defensa de la universalización de la paz.

La puta guerra

La puta guerra, sí, la que alimenta escenarios e historias crueles, la representada bajo el rostro de la épica y la denuncia, el valor y el dolor, la lucha y la muerte, la resistencia y la vida.

«La guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses y a otros como hombres, a unos los hace esclavos y a otros libres.» (Heráclito)

No me refiero a la guerra entendida como un universal ontológico, una realidad inexorable que se impone en todas partes con necesidad metafísica (la imagen heracliteana del arco y la lira). Ni especulo acerca de si es una misma la guerra que extiende su zarpa en momentos y escenarios distintos, o hay más bien diferentes guerras, cada una con sus innumerables batallas.

Me refiero al conflicto armado, al dislate bélico. Y en este respecto, sea una o varias, sean cuales fueren sus causas, todas las guerras coinciden en lo mismo: el sufrimiento y la muerte a ciegas.

Importa la realidad y experiencia terrible de los que padecen las guerras. (Ocurre en esto lo que con la enfermedad y las enfermedades. La taxonomía, la etiología y demás son indispensables para la ciencia médica. Pero a fin de cuentas, lo que realmente existe son los enfermos. Y es en ellos en los que debe centrarse el arte del médico.)

Las víctimas de la enfermedad, las víctimas de la guerra.

En el ámbito de la representación, fue Goya quizás el pintor que más se acercó a la sensibilidad moderna respecto al relato y la contemplación de la guerra. Previamente, Rubens había realizado un lienzo titulado igual que la serie de grabados del aragonés: Los desastres de la guerra. Pero Rubens aún se movía en el terreno de la alegoría basada en personajes mitológicos (Marte, Venus, Cupido, etc.) Goya, en cambio, mostró una crudeza humana, demasiado humana, tan grotesca como insoportable.

El cómic contemporáneo recoge algo más que secuelas de la mirada de Goya. No tanto en el caso de la historieta bélica (Miller y su 300, p. e.), claro está, sino en el del cómic antibélico (Tardi, Sacco, Hernández Cava, Altarriba, Sento y un largo etcétera). El cual viene a ser, por cierto, el que nos interesa.

No creo que sea una muestra de cinismo considerar que la puta guerra es una fuente de inspiración para el cómic en una u otra de sus versiones (bélica, antibélica). Otra cosa es la tensión de los contrarios apuntada por Heráclito.

Encadenados. La ciudad, El Sistema

La ciudad es un espacio privilegiado de la representación visual y narrativa. Deja de ser un simple escenario cuando esa representación va más allá de sí misma y trasciende su marco. (En cierto modo, esto que digo es una obviedad, ya que toda representación, por su propia naturaleza, trasciende su marco. Pero ahora me refiero a otra cosa.)

En este blog han ido saliendo diversas ciudades vinculadas a cómics: Turín, Barcelona, Sunderland, Berlín, ClevelandNueva York … por no hablar del New York de Esiner o del París de Tardi… Ciudades, en estos casos, que no son un mero escenario de acciones, sino que apuntan geografías instaladas en el imaginario común, en el cual lo real no es más real que lo aludido por símbolos.

El extremo de esta consideración de la ciudad, llevada a ser alegoría de la existencia, lo encontramos en La ciudad, de Frans Masereel: una novela muda pletórica de imágenes en blanco y negro tan puros que alumbran el entramado urbano de la vida moderna.

Y acaso en la línea de Masereel se encuentra El Sistema, de Peter Kuper (n. 1958).

Por más que sea inevitable recordar La ciudad de Masereel al recorrer El Sistema de Kuper (me refiero, obviamente, al lector que conoce ambos títulos), cada obra significa por sí misma a pesar de las influencias. Incluso en el caso de narraciones basadas en una misma historia o en el mismo tópico (la batalla de Las Termópilas, el tema del traidor y del héroe, p. e.), la originalidad de cada una se desprende de las variaciones formales y expresivas con que los respectivos autores ordenan sus materiales y confeccionan su obra. La originalidad, así, no es tanto hacer o decir lo que nadie ha hecho o dicho, sino hacer o decir con estilo propio. Originalidad como autenticidad.

Pero bueno, tampoco El Sistema de Kuper es una mera revisitación de La ciudad de Masereel. Ambas son novelas sin palabras, en efecto; ambas ofrecen un puzle urbano; la focalización elegida por los dos autores pudiera ser la misma… Sin embargo, son notables las diferencias no solo formales y técnicas entre ambas obras. Masereel trabaja con xilografías, cada página de La ciudad es una plancha en blanco y negro que forma un solo cuadro (muchas veces enriquecido con diferentes encuadres). Peter Kuper, por su parte, emplea la técnica del esténcil o estarcido para configurar unas páginas con viñetas en color y muchas de ellas a sangre.

Esta es en mi opinión la diferencia específica de El Sistema de Kuper rerspecto a La ciudad de Masereel: la narración secuencial a través de viñetas. En primera instancia y en sentido lineal hay un relato, un conjunto de relatos más bien en la obra de Kuper. El autor nos cuenta mediante viñetas sin palabras diferentes historias. Y entrelaza unas con otras a través del recurso del encadenado.

Este recurso de realizar en El Sistema transiciones entre viñetas siguiendo la técnica del encadenado le vale a Kuper para entrelazar sus relatos y de paso mostrar eso, un sistema que trasciende la linealidad de las historias narradas.

La alegoría de El Sistema se impone como resultado. En su vertiente política, Kuper nos muestra un sistema engrasado por la corrupción, el contrabando, el fanatismo religioso, el crimen. En sentido más filosófico, nos sugiere que somos ciudadanos encadenados, acaso como los prisioneros de la caverna de Platón o del Sistema de Hegel.

La trayectoria de Peter Kuper, en la que se combinan el cómic y la caricatura con el activismo político, avala esta lectura de El Sistema. La revista World War 3 Illustrated, cofundada por él, es un paradigma al respecto.

Legislación y tebeos

Las normas jurídicas aplicables a un ámbito (social, político, económico, cultural) configuran ese ámbito. Ocurre lo mismo a la inversa. La dinámica social, política, económica, cultural… condiciona la actividad del legislador frente a esa dinámica. De modo que a la postre lo que hay es una relación dialéctica entre el Derecho y la Sociedad. Y en el límite, la historia de las normas referidas a un ámbito viene a ser una historia de ese ámbito.

Lo que se le presenta al lector de La legislación sobre historieta en España, de Ignacio Fernández Sarasola, es una historia resumida de las vicisitudes del tebeo español hasta nuestros días.

Fernández Sarasola es profesor de Derecho Constitucional. Es un experto, por tanto, en materia de derechos y libertades fundamentales -entre las que se encuentra la libertad de expresión- y en la forma de articular dichas libertades. Qué mejor formación que la suya para abordar, sistemáticamente, el asunto de la legislación sobre la historieta en nuestro país, desde el siglo XIX hasta el momento actual.

El método que sigue el autor consiste en hilvanar su exposición entrelazando una triple perspectiva: normativa, institucional y doctrinal. El resultado es un libro de bolsillo de casi doscientas cincuenta páginas cuya lectura rebasa su dimensión material. La excusa del libro puede ser lo que su título indica, una materia árida de interés solo para especialistas. Pero lo que de hecho realiza Fernández Sarasola es proyectar una amena visión de los avatares de la ilustración y del cómic hispano, muy documentada y oportunamente enriquecida por el cuerpo de notas que cierra cada uno de los capítulos del libro. Quizás habría estado bien la inclusión al final de una Bibliografía ordenada de las múltiples fuentes referidas en las notas, si bien no es esta una ausencia grave.

Desde mi punto de vista, destacaría el debate doctrinal que presenta el autor. En concreto, el deslinde que efectúa entre el tinte diferente que adoptaron las campañas anticómic en países como Estados Unidos, Francia, Canadá y Reino Unido, por un lado, y en España, por el otro lado. Escribe el autor (pp. 237-238):

«… mientras en las campañas anticómic de otros países se adoptó una postura intelectualmente elitista y negativa … en España la doctrina fue más bien políticamente implicada y positiva…»

La aclaración de esta cita requiere abordar los contenidos propios del libro. Animo desde aquí a los lectores curiosos, interesados no solo por el disfrute de cómics, sino también por la historia cultural en que los mismos se inscriben, para que deletreen las sustanciosas páginas de La legislación sobre historieta en España.

Es de señalar la importante actividad de la Asociación Cultural Tebeosfera (ACyT) respecto a la dignificación académica de los cómics. El libro de Fernández Sarasola enriquece el catálogo de aciertos del entorno Tebeosfera. La reciente publicación del Dicccionario terminológico de la historieta, de Manuel Barrero, es la última guinda de ACyT.

Días de destrucción, Días de revuelta

 Días de destrucción, Días de revuelta (publicado originalmente en 2012) es un libro político de no ficción.

En su narrativa se combinan la descripción periodística e histórica, a cargo de Chris Hedges y la ilustración y el relato en lenguaje de cómic, a cargo de Joe Sacco.

 

En términos cuantitativos, predomina la prosa de Hedges. Pero cualitativamente, sin el trabajo de Sacco el resultado no sería tan rotundo e inspirador. Se trata en todo caso de una obra conjunta, realizada por ambos autores a partir de sus viajes en común a las zonas devastadas en que se centra la narración. No es por tanto ni un híbrido ni un mero libro ilustrado.

 

 

La cosa tiene que ver en principio con Estados Unidos y con las cosecuencias nefastas del capitalismo salvaje, esto es, un «capitalismo sin restricciones» gestionado por un Estado al servicio de las grandes corporaciones. No obstante, en la medida en que el estado corporativo es un modelo que extiende sus garras por el planeta globalizado, el interés de Días de destrucción, Días de revuelta nos concierne a todos.

 

El pillaje, el asedio, la devastación y la esclavitud referidas en el libro afectan al ecosistema, a las relaciones humanas, al presente y al futuro de cada uno de los individuos de la sociedad mundial. Es por eso que el último capítulo de la obra, «Días de revuelta», lo ofrecen los autores como un hálito de esperanza.

 

La revuelta en concreto es el movimiento Occupy iniciado en Nueva York el 17 de septiembre de 2011 e imitado en otras zonas del país. El intento de ocupar Wall Street, como centro neurálgico del estado corporativo, derivó en una larga acampada en Zuccotti Park, a unas manzanas de allí. A mí me ha extrañado que el relato de Hedges ignore el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid y en otros lugares de aquí (la Primavera Valenciana, p. e.), unos meses antes de Occupy, siendo como son equivalentes ambos fenómenos (valga aquí un guiño de cómic: «Nosotros llegamos primero»). Lo importante, con todo, no es eso. Lo que importa es la constatación de un desencanto que alimenta a su vez una esperanza. 

 

E importa, sobre todo, el significado moral de la revuelta. Un significado que es valioso en especial por su alcance político. 

 

 

Muchas son las sugerencias que contiene este libro. Lo mejor es dejar que las descubra el lector.