El Infierno de Dante según Botticelli
«Mi trabajo ha consistido en demostrar que la verdad está al alcance de todos. Que la belleza se encuentra en lugares inesperados. Ese es el lenguaje secreto del poeta»
El Infierno de Dante según Botticelli
«Mi trabajo ha consistido en demostrar que la verdad está al alcance de todos. Que la belleza se encuentra en lugares inesperados. Ese es el lenguaje secreto del poeta»
Francisco Umbral se encuentra en lo alto de un edificio y mira el duro suelo bajo sus pies. El picado introduce la tercera dimensión. La cuarta, meramente sugerida, requiere un ejercicio del espectador, una proyección narrativa. Por ejemplo, que el protagonista se arroja. Queda fuera de plano la quinta dimensión. Esta solo se encuentra en la mente del lector, que es la que aglutina el conjunto percibido.
Con motivo de la reciente publicación de El secreto de la fuerza sobrehumana, de Alison Bechdel, escribí un texto para la revista Tebeosfera en el que pongo en relación este cómic con las obras anteriores de Bechdel y sugiero que tal vez estos cómics constituyen una única novela gráfica que la autora va escribiendo sucesivamente. Es un texto que se puede leer en el siguiente enlace:
El medio (media) no es impersonal. Necesita de un o una intérprete, tanto en el papel del autor como, en lo que aquí nos ocupa, en el del lector. El cómic evoluciona o se desarrolla a partir de los intérpretes, así del tebeo como de la realidad circundante.
Releer ahora Manuel, de rodrigo (Rodrigo Muñoz Ballester), gracias a la nueva edición llevada a cabo por Cielo Eléctrico, es como revivir un estado (un momento, más bien) que tuvo lugar hace nada menos que unos cuarenta años o así. Se dio por llamar a ese momento, ya institucionalizado, “la movida madrileña”, pero a mí me parece que en ejemplos como el de Rodrigo y su Manuel, el rótulo se queda corto o no da la medida de lo que fue todo aquello. Quizás el asunto estriba en no ponerle nombre a lo que fluye. O en no prolongar un relato manido.
Esta viñeta sacada del tebeo Manuel aparece al principio, a manera de epígrafe previo a la Introducción, en la edición de 2011 de El discurso del cómic, de Luis Gasca y Román Gubern. Es una imagen suficientemente significativa, no solamente por su riqueza icónica, sino por el discurso que sugiere y en el cual se inserta. Supongo que Gasca y Gubern lo entendieron así.
De la misma época que Manuel es Anarcoma, de Nazario, pero esta es otra historia, por más que ambas obras ―la de Nazario y la de Rodrigo― figuren juntamente en variados catálogos, repertorios y antologías. Ambos títulos, a fin de cuentas, remiten al imaginario de colectivos comunes, si bien en uno y otro caso el tormento y el éxtasis se viven de manera distinta… o acaso se trata de dos versiones de la misma pasión.
Han querido los duendes del calendario que la publicación de Doña Concha, el tebeo de Carla Berrocal que comenté aquí el otro día, coincida con la aparición de Los mares del sur, la adaptación a cómic de la novela de Manuel Vázquez Montalbán realizada por Hernán Migoya y dibujada por Bartolomé Seguí. Muchos pesos pesados se agrupan aquí. El hilo para nada secreto que une estos dos tebeos es la figura de Vázquez Montalbán, quien reivindicó a Concha Piquer desde la segunda novela protagonizada por el detective Pepe Carvalho: Tatuaje, publicada en 1974 (la primera, de 1972, lleva por título Yo maté a Kennedy). No es posible exagerar lo que significó la canción «Tatuaje» interpretada por Concha Piquer en la España de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, y buena parte de los sesenta. Migoya y Seguí, por su parte, iniciaron su adaptación de la serie de novelas protagonizadas por Carvalho precisamente con Tatuaje (2017); siguieron con La soledad del manager (2019) y ahora leemos su versión en tebeo de Los mares del sur (2021).
Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) cultivó desde la poesía hasta el ensayo sociopolítico, pasando por el periodismo y, significativamente, la novela, en la que sobresalió su serie sobre el detective Carvalho. El escritor barcelonés se describió a sí mismo como un mestizo cultural, por ejemplo en el Prólogo a la segunda edición (1984) de su libro Coplas a la muerte de mi tía Daniela:
«Toda mi poesía [toda la obra de este autor, añado yo] es inexplicable si no se tiene en cuenta el mestizaje cultural que asumo, en el doble plano de la cultura pop (es decir popular de masas) y la cultura académica convencional que aprendí en los libros apellidados y en la Universidad. En el otro plano, me reconozco mestizo de proletario años cuarenta y pequeño burgués consumista años setenta, de inmigrante y aduanero… »
Esta condición de mestizaje cultural, tal y como aquí se la autoaplica el autor, la proyectó claramente Vázquez Montalbán en su personaje Pepe Carvalho, incluida su afición por la gastronomía o, mejor dicho, por el buen comer y beber. Pero es la condición que describe también lo que podríamos denominar la sociología del desarrollismo tardofranquista y de la Transición… (y es la misma condición de mestizaje que no solo ha llegado hasta nuestros días, sino que presumo que se ha instalado definitivamente entre nosotros de un modo sin el cual el futuro es más que improbable). Las novelas de la serie de Carvalho son reflejo de la España de entonces, pero son también un anticipo de lo que vendría después. Se me ocurren algunos ejemplos respecto a la clarividencia de Vázquez Montalbán. A diferencia de lo que ahora sucede, cuando escribió su novela Tatuaje, en Barcelona se podían encontrar dos o tres practicantes del oficio de tatuador, considerado como una reliquia al servicio de expresidiarios, legionarios o marineros. De igual modo, la afición por la gastronomía era entonces percibida como algo poco menos que extravagante, a diferencia también de lo que sucede ahora. Por otra parte, antes que el desencanto político y que la película El desencanto (1976), de Jaime Chávarri, existió Pepe Carvalho. La lectura de La soledad del manager ilumina esta situación. Finalmente, el escapismo hacia lugares exóticos, real o deseado, que inspiran algunas de sus novelas desde Los mares del sur, y que de algún modo se refleja en la muerte del escritor en el aeropuerto de Bangkok, anticipan la locura por viajar lo más lejos posible que se ha apoderado de las clases medias actuales.
Todos estos rasgos los recogen los tres títulos publicados hasta ahora por Hernán Migoya y Bartolomé Seguí en su adaptación de las novelas de la serie Carvalho. Es un placer, por mi parte, releer estas novelas en versión gráfica, es decir, en forma de libro o de álbum de historieta (de las adaptaciones de Carvalho al cine o a la televisión hablaremos, tal vez, otro día). Pero reconozco que precisamente esta condición de novelas, que exigen ser leídas, puede ser un inconveniente para quienes esperan que el cómic sea otra cosa, aunque no se sepa muy bien el qué. El desglose que practica Migoya en cada título de Carvalho, y la puesta en página que ejecuta Seguí de ese desglose, son una muestra de la capacidad del lenguaje de cómic para adaptar (y adaptarse a) cualquier historia. Entre finales de los setenta y comienzo de los ochenta del siglo pasado la narrativa dio un giro espectacular. Comenzó como nunca a hablarse de historias, lo único que importaba. En el cómic, a través de historietas en revistas para adultos. En novela, mediante la nueva consideración del valor literario de los géneros. La serie negra, en particular (luego vendría el género histórico). Historietas autoconscientes, por un lado, y novelas de género, por el otro lado, coexistieron en librerías especializadas, pero también en los quioscos.
En realidad, la puesta en obra por Migoya y Seguí de la serie novelesca de Carvalho en historieta supone aunar dos entornos que conviven con facilidad: el de las novelas de la serie negra y el del cómic. Son novelas gráficas las suyas candidatas al Oscar al mejor guion adaptado.
En esta especie de historia de las vanguardias del siglo XX a través de sus personajes representados en cómic, no podía faltar el último tebeo de David B.: Nick Carter y André Breton. Una pesquisa surrealista. De momento voy acumulando entradas bajo el título común «Vidas cruzadas», pues se trata de historietas en las que ocurre eso, se entrecruzan vidas de artífices de las susodichas vanguardias.
En este caso, la gráfica de David B. es tan espectacular como es habitual en él, tal vez aquí más abigarrada, en consonancia con el universo onírico mostrado; un universo, por cierto, que es también habitual en este autor en el plano de las representaciones. Es destacable la interacción en esta obra de personajes reales con personajes ficticios, lo que aporta una novedad importante a la serie de vidas cruzadas que voy dejando aquí, siquiera como proyecto a desarrollar.