Parábola del traidor y del héroe

Parece inevitable que cada vez que nos aproximemos a un texto de Oesterheld aparezca la sombra de Borges. La entrevimos al comentar Mort Cinder. Y en el post anterior a este, referido a El sargento Kirk, la sombra de Borges vino a cuento de «El tema del traidor y del héroe», título de un relato del escritor bonaerense incluido en su libro Ficciones (1944).

La influencia de «El tema del traidor y del héroe» en El sargento Kirk se percibe de manera directa en la simple consideración del título borgesiano aplicado a la serie de aventuras de Oesterheld. Y en principio no va más allá. ¿Es Kirk un traidor? ¿Es un héroe? ¿Es ambas cosas? ¿O acaso ninguna, siendo solo humano, demasiado humano?

Pero el guion, por así decir, del cuento de Borges es ajeno a las historietas del sargento Kirk.

Sin embargo, Hugo Pratt -dibujante de la primera época de Kirk- también acusó el impacto de Borges de un modo genérico en su obra. Y en particular, «El tema del traidor y del héroe» tal y como fue concebido en su relato por el escritor de Ficciones, fue versioneado por Pratt en una de las historias cortas más celebradas de la serie protagonizada por Corto Maltés: «Concierto en do menor para arpa y nitroglicerina», que forma parte del volumen Las Célticas (1971).

No diré que «Concierto para arpa y nitroglicerina» sea una simple ilustración del cuento de Borges, cosa de por sí más que ardua. Lo que hizo Hugo Pratt fue cambiar los personajes y la época de los hechos narrados y simplificar esa historia despojándola del barroquismo formal borgesiano, aunque mantuvo el lugar, el ambiente y el motivo de las acciones en juego: la lucha del pueblo irlandés contra el opresor británico.

Pero, sobre todo, lo que hizo Pratt fue escribir dibujando una muy buena historia similar a la de Borges, sin duda, pero con una poética por completo diferente de la del escritor argentino. Y además, el arte de Pratt deja espacio para la lírica.

La influencia de Borges en Hugo Pratt es patente en múltiples aspectos. Uno de ellos es el cultismo o culturalismo que apuntala el armazón de las narraciones de ambos. Otro es la práctica de la ironía encubierta, así como su interés común por el esoterismo y la cábala, las filosofías neoplatónicas, las geografías fantásticas…

En una ocasión declaró Hugo Pratt:

«Borges enseñó una cosa muy importante: contar mentiras como si fueran verdad. Yo aprendí de él a contar la verdad como si fuera mentira.»

Sargento Kirk

Antes que el teniente Blueberry estuvo El sargento Kirk.

Es más, dado que las aventuras de Kirk comenzaron a publicarse en Argentina en enero de 1953, en la revista Misterix, se le reconoce a esta serie el papel de adelantada (pionera, según el anglicismo) en la nueva concepción del género del oeste, un western con rostro humano que luego plasmaría ampliamente no solo el cómic, sino también -y sobre todo- el cine.

Con guiones del argentino H. G. Oesterheld y dibujos de Hugo Pratt (en la primera época de la serie), las historietas del sargento Kirk cuentan los avatares de un desertor del séptimo Regimiento de Caballería del ejército estadounidense, en el periodo posterior a la guerra de Secesión, que se pone de parte de los indios movido por sentimientos de índole humanitarista. Debido a los escenarios donde transcurren los hechos, pero también por el lugar que esos sucesos ocupan en el imaginario occidental referido a la dicotomía «hombre blanco/indio», o al revés, estamos ante una auténtica literatura de frontera. Literatura dibujada, pero de frontera.

En lo esencial del planteamiento de Sargento Kirk rezuma el clásico de las letras argentinas, el poema narrativo El Gaucho Martín Fierro (1872), escrito por José Hernández. De hecho, parece ser que Oesterheld pretendía en principio que la serie se desarrollara entre gauchos, soldados e indios de La Pampa argentina. Aunque finalmente Oesterheld trasladase la serie a los escenarios fronterizos habitados por «las naciones» indias acosadas por la caballería yankee, mantuvo en lo esencial el espíritu del Martín Fierro. Literatura de frontera en un caso y en otro. No está de más añadir en este respecto que Oesterheld denominó a la editorial que fundó en Argentina en 1957, en estrecha colaboración con Pratt, precisamente así: Frontera. (Sería otro argentino -italoargentino- , Roberto Rocca, el que en 1977 fundó en España la editorial Nueva Frontera, sello de la ya mítica revista Totem.)

Y también rezuma en El sargento Kirk, por cierto al igual que en Martín Fierro, el significado del título de un breve relato de Borges, otro argentino: «El tema del traidor y del héroe».

Finalmente, es de destacar que uno de los personajes principales de la serie de Kirk se llama El Corto. Dibujado por Pratt.

15.09.2014

Por cierto, he encontrado en la red esta «Carta al Sargento Kirk»:

Querido Kirk

Por Juan Sasturain

Cañadón Perdido

Arizona State, USA

Querido Kirk, espero que al recibo de la presente

te encuentres bien, disfrutando

de un seco, enérgico verano

en el desierto –no recuerdo un

solo día de lluvia en tus

andanzas– en compañía de los

tuyos: Maha, el Corto y el

barbado doctor Forbes.

Te aclaro –hace tiempo que

no tendrás noticias mías–

que si me vieras no me reconocerías:

he crecido un poco –eso sería lo

de menos–, tengo la cara llena de

pelos y se me han poblado los alrededores

de mujeres y de hijos.

Suelo tener la cabeza ocupada

en mil asuntos sin importancia y

casi he olvidado –te pido me perdones–

el episodio de Corazón Sutton, la

cara del cacique pawnee y el nombre

del jefe de Fort Gibson.

En fin, bien sabes que han pasado

algunos años desde entonces,

cuando nos veíamos todas las semanas

y compartíamos una intimidad

que me enorgullecía.

Puedo darte –si quieres– noticias

de tus viejos: Hugo volvió a Italia

hace mucho y se dedica a ser

famoso y tratar de olvidarte en otros hijos.

A veces lo consigue: habrás oído

hablar del otro Corto, el Maltés, un

poco irónico para tu amistad pero

es hombre de agua y de este tiempo,

tu desierto puesto al día y

sin remordimientos.

En cuanto a Héctor, el viejo, no se fue.

Anduvo algunos años lidiando por estos

arrabales del mundo y de la democracia,

eligiendo bien en general

–me entiendes: del lado de los indios–

y no le fue mejor que a ti:

perdió amigos, el buen nombre en las

editoriales, cuatro hijas.

No es mucho en un país lleno de

sangre; es demasiado para un

hombre solo. Ahora es uno más en

una lista larga y llena de agujeros,

otros reciben tardíos premios

en su nombre.

De tus amigos, algo te puedo contar.

Juan Salvo, el extraviado Eternauta,

volvió para juntarse con la gente, hizo

la guerra como un acto de amor, los

Ellos le dejaron la historieta y se

quedaron con la historia por ahora.

Ernie estuvo por Vietnam y fue

un fracaso: alguien tecleaba

la Remington por él, le trabucaba

los papeles o algo así.

De Ticon, nunca más supe. Tampoco de

Caleb o Numock, sólo versiones

muy lavadas de aquellos bosques grises

con indios adornados e ingleses de paseo.

Al infalible Randall

lo fueron desbancando oscuros primos

mellizos, malas fotocopias

de su sombría puntería. En fin…

Pero no era mi intención

llenar estas cuartillas con

recuerdos de amigos de papel o

carne y hueso. Claro que no.

Sin embargo, no sabría decirte

en realidad por qué te escribo.

Acaso sea la burguesa soledad, ciertas

mentiras descubiertas entre dientes o

el aire esquivo y apurado con que

paso delante del espejo.

Te diré que no es fácil andar

a esta altura del mundo y de

la historia personal. Extraño

tu ranch y tus caballos,

esa amistad viril sin psicoanálisis

y hasta olvido que en tu mundo

de comanches y balazos no

habría lugar para mi cobardía.

No me acuerdo ahora de grandes

cabalgatas ni de puñetazos providenciales;

sólo me queda una escena: el manchón

de una hoguera en la noche y

tu simple certeza para

explicarle al Corto que más vale

luchar por una causa justa

que hacerlo simplemente por dinero.

Los comentarios corren por tu cuenta,

pero en un país sin hogueras ostensibles

y el desierto almidonado por la espada

no es fácil leer tus aventuras sin

nostalgia. Y no digo la pavada

de la moda a lo Presley o los

Cadillacs del ‘50. Quiero decir

que todo se ha complicado en estos años

que han venido cortos, lluviosos, sin

verano, mal barajados para la aventura

y con un cierto aire de perdonavidas

del que te mira pasar porque mañana

te la dará sin asco y por la espalda.

Hoy ese pibe que cabalgaba a tu

lado a los doce años se ha

bajado del caballo, desensilló hasta que

aclare otra vez, la próxima,

el bueno, que le dicen.

Tú me recuerdas –la culpa es de él,

de Oesterheld, este tuteo literario que

entorpece los cariños–, tú me recuerdas,

te decía: cuarto grado, miércoles de mañana,

me comía la vereda en el camino hacia

el Hora Cero que desplegaba tu blanca y

seca geografía. Un desierto, un

cañadón, el atajo salvador,

un tomahawk en la punta de un indio,

una bala que buscaba tu brazo, el hombro

o alguna costilla cruzada en el

camino al corazón.

Hoy los tomahawks llueven de punta o

por televisión, las balas suelen encontrar

corazones grandes, vulnerables, ya no

hay atajos salvadores y no quedan sargentos

desertores en el Séptimo de Caballería.

Quiero decir que las historias tuyas

eran un prólogo simple, un golpecito en

el medio de la espalda hacia adelante.

La vida reservaba la sortija en un

recodo con la certeza de tus corazonadas.

El mundo era un globo por inflar, una

mujer por besar, una escalera alfombrada por

el escenógrafo de la Paramount.

Sólo había que esperar

que el director golpeara las

palmas, alguien encendiera las luces,

y todo empezara de una vez.

Es cierto: todavía esperamos las palmadas,

el chasquido de la luz del set

y la metafísica patada en el culo

que nos mande a escena.

Pero no hay tiempo para las frustraciones

de la pequeña –chiquitiiiiiita– burguesía,

especie en extinción desde años ha

en sus variantes más coloridas.

Algunos suelen deambular por oficinas hostiles o

países aparentemente democráticos, sentirse

juntos en la cancha de fútbol o las

librerías de viejo, de pasada.

Correr como un imbécil por Palermo, creer

en Ramakrishna o el poder terapéutico de la

mosca en mano, en la confluencia cívico-militar

y otros fantasmas son estrategias endebles

para los que nacimos con el

empujón de tu mirada segura bajo el kepi

encasquetado con la solidez de los

ideales de la juventud.

Por eso es mentira esta película:

al fondo del cañadón, espaldas contra la

roca, con las balas y las flechas

silbando alrededor clásicamente,

viendo caer a la gente como moscas

–la idea es pobre, verdadera–

escuchamos un clarín salvador, un

galope nutrido de casacas azules y

banderita al viento. Pero no.

No venís vos al frente. Es Reagan.

Cambiemos de canal, de vida, de esperanza.

Al fin, querido Kirk, dear sargent,

espero que a la terminación de

la presente te encuentres bien,

en compañía –ya te lo dije–

de los tuyos y ahora también de los

(pedazos) míos, disfrutando

del aire limpio de un cielo

blanco de revista vieja.

Te informo, al respecto, que

ahora los kioscos son

verdes y blindados como los sueños

de un general de caballería

de estos tiempos, y que hay poco para

leer si no es en los ojos de la gente.

Tal vez por eso me dedico a juntar

figuritas con tu cara, tomar mate y

hacerme cada día más tanguero.

Una estrategia de amor, no

una coartada.

Pero tampoco es éste el lugar

para salvarse o encontrarle todas las

patas al gato personal, que nunca

importa demasiado sino a uno.

Al final, creo que está claro

–lo veo ahora, después de tantas

vueltas– que no pienso en volver

atrás ni pedirte un caballo fresco

de los que cría el Corto en sus corrales

para escapar de mí o de lo que sea.

Supongamos, mejor, que yo te invito

y te venís –o vienes, como quieras–, que

hay algo urgente por hacer y con

sentido: salvar a la muchacha, defender

a los indios o cualquier otra causa

siembre abierta. En eso estamos.

Un abrazo. Tu amigo

Juan

(1981)

Aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2680-2005-12-17.html

Los gringos

El cine y el western (y el psicoanálisis, por cierto) nacieron de la mano con el siglo XX y lo cubren por completo, nouménica y fenoménicamente.

El siglo XXI parece que va por otros derroteros, lo cual confirma que cada centuria tiene su propia especificidad.

Uno de los grandes guionistas de tebeos de aventuras del siglo XX fue Jean-Michel Charlier (1924-1989). Hemos visto que Charlier creó junto con el dibujante Jean Giraud  dos series del oeste: Blueberry y Jim Cutlass. La primera de ellas, mucho más extensa y extendida, consiguió demostrar definitivamente que existe una poética del cómic tan sólida y sugerente como pueda ser la poética del cine, en esta ocasión circunscribiendo las artes al género western.

Charlier creó otra serie adscribible a este género, esta vez dibujada por un español afincado en Francia, el asturiano Víctor de la Fuente (1927-2010). Se trata de Los Gringos.

Una vez más, Charlier inició la serie, pero no la culminó. De los seis episodios que componen Los Gringos, solo escribió los dos primeros (Viva la Revolución y Viva Villa). Posteriormente, Guy Vidal se ocupó de guionizar los cuatro restantes (Viva Adelita, Viva México, Viva Blueberry y Viva Zapata). Del dibujo y la ilustración de la serie completa se encargó De la Fuente.

La mera enumeración de los títulos que conforman Los Gringos instala al lector en el marco en que se desenvuelven los hechos, la revolución mexicana -y sus principales protagonistas- durante el segundo decenio del pasado siglo. Los gringos no son otros que dos jóvenes estadounidenses («del otro lado de Río Grande») que se ven involucrados a su pesar en los acontecimientos narrados. No obstante, los dos gringos solo son la ocasión para el despliegue visual (De la Fuente) y narrativo (Charlier y Vidal) que se ofrece al lector.

Lo que prevalece en Los Gringos es la acción, la aventura. El ritmo vertiginoso que Charlier imprimía a sus guiones arrastra la historia sin tregua o descanso para el lector. Guy Vidal estuvo a la altura, si bien se percibe un talento distinto en su escritura. En ambos casos, el entretenimiento aparece fuertemente asentado en la documentación y la fidelidad histórica, de modo que en más de un sentido Los Gringos viene a ser un fresco deleitoso de la Revolución mexicana. Esta circunstancia, unida a la importancia que en esta historieta adquieren la gasolina y el motor de explosión (avioneta, automóvil) y la ametralladora en detrimento del caballo y la pistola, mas -razón determinante- la ausencia de un héroe o antihéroe caracterizado como tal, lleva a poner en cuestión que Los Gringos sea ciertamente un western.

Eso es lo de menos, me parece. Los escenarios, los personajes, las acciones y sobre todo la épica implícita, convierten esta serie en un magnífico regalo para los degustadores del género del oeste.

Jim Cutlass

El tándem Charlier-Giraud que tan bien funcionaba con las aventuras de Blueberry concibió otra serie de género western: Jim Cutlass. De esta serie, Charlier solo llegó a escribir la primera historieta, titulada Mississippi River.

Los planteamientos narrativos de Charlier y figurativos de Giraud son en Jim Cutlass similares a los de la serie Blueberry. El marco de la historia en este caso es el inmediato a la Guerra de Secesión o American Civil War (1861-1865). Las aventuras se suceden teniendo en cuenta que el protagonista principal, Jim Cutlass, es un pelirrojo excombatiente yankee vinculado por nacimiento y herencia a las tierras sudistas de Nueva Orleans.

En términos generales, y al igual que en Blueberry, en Jim Cutlass se evidencia en qué medida el género western está estrechamente vinculado al cine.

A propósito de esto, si tenemos en cuenta que Jim Cutlass vio la luz en 1980, no es aventurado imaginar que el zaragozano Calpurnio (Eduardo Pelegrín, n. 1959) encontró inspiración -para al menos el nombre de su personaje Cuttlas- en la serie iniciada por Charlier y Giraud, dado que el origen de la serie El bueno de Cuttlas de Calpurnio data de 1983.

Blueberry

De hecho, las aventuras del teniente Blueberry son una muestra de tebeo de alta calidad en formato 48CC, con todas las características propias de este tipo de álbumes: sus episodios constituyen una serie que es adscribible a un género (el del oeste), estaba dirigida en principio a un público adolescente y es a la vez enormemente popular.

Hay quien considera que Blueberry es algo así como el western más perfecto de los realizados en cómic. A ello contribuye sin duda la pericia del dibujo de Giraud, de un extremo detallismo de corte tan realista que fuera como si el polvo de los caminos, el sudor de los personajes y los relinchos de los caballos sacudieran la retina del lector.

Pero no cabe duda tampoco de que no es solo el dibujo de Jean Giraud lo que determina la calidad de Blueberry. Y es que las mejores aventuras de esta amplia serie son aquellas que fueron escritas por el belga Jean-Michel Charlier, es decir, las recogidas en los veintitrés álbumes publicados con la firma de ambos entre 1965 (Fort Navajo) y 1990 (Arizona Love).

La colaboración entre el guionista Charlier y el dibujante Giraud comenzó en 1963 mediante la publicación en la revista Pilote, bajo el sistema «Continuará», de las aventuras del Teniente de Caballería Mike S. Donovan, alias Blueberry.

Dicha colaboración terminó abruptamente con la muerte de Charlier en 1989.

04.09.2014

El guionista Charlier y el dibujante Giraud se compenetraron tan perfectamente en la elaboración de la serie de Blueberry como lo hicieron a su vez Goscinny y Uderzo en su serie de Astérix. Se trata de dos grandes éxitos internacionales del cómic europeo en el formato 48CC, cada uno en sus respectivos géneros.

El estilo narrativo (Charlier) y figurativo (Giraud) de las aventuras de Blueberry corresponde al momento de auge del llamado western revisionista o incluso western crepuscular, que no viene a ser otra cosa que un western con rostro humano. En esta nueva concepción, los héroes planos y sin fisuras dieron paso a los antihéroes. El maniqueísmo de buenos y malos («el único indio es el indio muerto») se vio sucedido por un nuevo relativismo en el que no siempre las cosas son como parecen y donde las cualidades humanas están repartidas entre unos y otros indiscriminadamente. Los valores absolutos a la hora de explicar los móviles de las acciones de los personajes se diluyeron en nombre de realidades tangibles y determinantes de comportamientos diversos. Los estereotipos de cartón-piedra tradicionales fueron superados por una representación realista de ambientes, actores y situaciones. En definitiva, del mito inicial acerca del salvaje oeste se pasó a una nueva expresión artística que añadía la reflexión psicológica a la fidelidad histórica.

La historia del cine, que es inseparable de la historia del género del oeste, dio buenas muestras entre los años sesenta y setenta -tal vez un poco antes (John Ford)- de esta nueva concepción de un género que mostraba ya señales de acartonamiento. Películas como Pequeño Gran Hombre (1970) de Arthur Penn -por no extenderme demasiado-, sirven como ejemplo de lo que digo. En el medio cinematográfico hubo también, dentro de este movimiento revisionista del western tradicional, versiones caricaturescas del género, si bien aportaron también nuevos aires de renovación. La película de 1964 Por un puñado de dólares, del italiano Sergio Leone, es una buena muestra de esta variante renovadora del género del oeste.

Todos estos aires se encuentran presentes en la serie de Blueberry. El realismo figurativo de Giraud se vio complementado con un tremendo trabajo de documentación y de fidelidad histórica por parte de Charlier. Los marcos de la Guerra Civil o de Secesión estadounidense, de la Guerra del Indio y hasta de la Revolución mexicana aportaron escenarios y tramas para los sucesivos arcos narrativos que conforman las aventuras de Blueberry creadas por Charlier y Giraud.

Todo ello se dio, sin embargo, sin dejar de lado el factor de entretenimiento que es seguramente consustancial a los cómics desde su nacimiento.

Largo Winch

Largo Winch, del belga Jean Van Hamme (n. 1939), es un buen ejemplo de bande dessinée (BD) o cómic francobelga seriado, de género -de aventuras en este caso-, publicado en álbumes de cuarenta y ocho páginas en color y con tapa dura o cartoné (48CC) -que es el formato habitual en este tipo de cómic- y con un tremendo éxito de ventas. Es muy entretenido y está bien realizado, como corresponde a un producto de esas características. Y en tanto que orientado al entretenimiento puro, es normal que el tebeo Largo Winch tenga plasmaciones en cine, en televisión y hasta en videojuegos.

Si aplicáramos el esquema de interpretación flujo/reflujo a la historia del cómic, al menos al europeo, diríamos que Largo Winch corresponde a un momento de reflujo, después de las experiencias vanguardistas del cómic francés surgido tras «el-sesenta-y-ocho», a través de revistas como la emblemática Métal Hurlant y À Suivre. Un nuevo flujo lo aportaría de nuevo en este ámbito la editorial L’Association al superar con sus obras el formato 48CC y todas las características asociadas al mismo.

Ahora bien, esta consideración de Largo Winch no significa que sea una obra menor para nada. En principio, los formatos no son aprioris que deciden de antemano la calidad de un producto.

Giraud/Gir/Moebius

Por casualidad, a ver si no por qué, este hilo comenzó justo una semana antes de que falleciera Jean Giraud (1938-2012). Este es el sucinto post que le dediqué entonces al acontecimiento:

Un dibujo de Escher en homenaje a Moebius

Lo primero que procede al acercarse a Jean Giraud es constatar su doble manifestación como dibujante y autor de tebeos, es decir, apreciar la doble expresión simbólica de su personalidad.

Por un lado Giraud, bajo la firma ‘Gir’, fue el brillante ilustrador minucioso y detallista de las aventuras del teniente Blueberry, de las que a partir de cierto momento (tras el fallecimiento de Charlier) escribiría también algunos guiones.

Por otro lado Giraud, bajo la firma ‘Moebius’, fue el creador de un universo plástico pleno de arquitecturas y poblado por seres como Arzach, el mayor Grubert (Mayor Fatal) y otros, además de por los personajes ideados por escritores como O’Bannon y Jodorowsky.

De esta dualidad expresiva, de esta esquizofrenia aparente dio cuenta el mismo Giraud cuando en una nota a pie de página de El garaje hermético, un obra firmada por Moebius*, se lee:

(*) O como volverse sobre uno mismo para hacer de dos rostros uno.

Creo que esta nota es la clave que descifra el misterio de Jean Giraud – Gir – Moebius.

Cómo ser dos siendo uno, o como ser uno siendo dos a la vez.

Hacer de dos rostros uno. La cinta de Moebius, cuya figura es afín a la representación del infinito matemático.

Ese era el significado de mi sucinto homenaje a Giaraud, para el cual recurrí a otro gran genio de la ilustración, M. C. Escher.

Con el tiempo, Moebius acabaría por absorber completamente a Gir. Pero esa es ya otra historia en la historia del cómic.

Tus ganas de vivir me horrorizan

Tus ganas de vivir me horrorizan es el título de un volumen que recopila cincuenta cartas escritas por R. Crumb entre 1958 y 1977. Están dirigidas a dos amigos suyos: Mikel Britt y Marty Pahls. Y de hecho, el título del libro es una frase que Crumb escribe tal cual a su amigo Marty en una carta de 1961.

Las epístolas están ordenadas cronológicamente, de modo que al lector se le ofrece una auténtica novela narrada en primera persona. Y es que si una de las constantes o marchamos de Crumb es que el sujeto y el objeto de sus obras coinciden con él mismo, estas cincuenta cartas, creaciones originales suyas al cabo, ratifican lo dicho. Crumb emplea el término «autoexpresión» para referir este proceder suyo.

Si nos pusiéramos metafísicos, diríamos que es el alma de Crumb lo que emerge a través de sus cartas. Aunque no es preciso parecer enfáticos. Los buenos lectores entienden.

Cabe constatar que de las cincuenta, cuarenta y tres cartas abarcan los cinco o seis años que median entre los quince y los veinte o veintiún años de edad de Crumb, esto es, de 1958 a 1964. Su escritura es tan intensa como lo pueda ser la de un joven inquieto y artísticamente ambicioso sumido en la culminación de su adolescencia. Las siete cartas restantes ofrecen una perspectiva certera de la evolución de Robert Crumb ya en su periodo californiano y públicamente re-conocido.

Tus ganas de vivir me horrorizan tiene varios valores añadidos. Uno de ellos es la información de primera mano que obtiene el lector acerca de la vida cultural y cotidiana estadounidense entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado.

A mí me han llamado mucho la atención las referencias que hace Crumb en algunas de sus cartas al fantasma de «la Bomba» y de «los jinetes amarillos». En realidad, más que un fantasma era un peligro realmente sentido por la población del país en los años más crudos de la guerra fría, si bien ese peligro pudo ser inducido en gran medida por el gobierno y por los medios masivos de información de aquel país. No hay que trivializar el asunto. Ciertamente, hubo un clima de terror contagioso en aquellos años. Y una generación entera se crió en aquel ambiente. La última anotación al respecto por parte de Crumb es en una carta a Pahls de 1962:

Como dije en Ohio, creo que simplemente me he vuelto insensible al tema de la Bomba… Solía preocuparme por ello hasta ponerme enfermo cuando tenía once, doce, trece años… pero poco a poco dejas de preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada al respecto, y que no me está causando ningún daño, así que me preocuparé sobre ello cuando suceda si es que sucede.

Se me ocurre que las flores sesenteras de Berkeley fueron una liberación psicológica -y vital, por supuesto- de unos jóvenes ya hartos del horror, el horror.

13.07.2014

También llaman la atención en el epistolario de Crumb las referencias de primera mano  acerca de la cuestión de los derechos civiles, un asunto que estalló en Estados Unidos al empezar los años sesenta. Leemos, por ejemplo, un apunte acerca del día de inicio de curso en el instituto al que él iba en el que entraba en vigor por vez primera una de las leyes de integración racial y asistían a clase blancos y negros en las mismas aulas. Fue vivido por el joven Bob, a lo que parece, con naturalidad.

Pero hay más, mucho más, en Tus ganas de vivir me horrorizan, la correspondencia de Crumb.

Sexualidad aparte, dos han sido las pasiones culturales y artísticas en la vida de Crumb: los cómics y la música. Y de ambas pasiones dan repetida cuenta estas cartas. A Crumb le interesaba un cierto tipo de cómics: los de Disney, Kurtzman, la revista MAD, la editorial EC, nada de superhéroes… Y le interesaba un cierto tipo de música, en sus primitivas versiones: jazz, country, blues, ragtime, nada de rock and roll…

Hablamos, entonces, de cómics y de discos; dos manifestaciones artísticas populares, asequibles, que fomentan la adquisividad y se prestan al coleccionismo. Y así, encontramos en las epístolas de Crumb unmontón (es este, ‘unmontón’, un estilema recurrente del autor) de listas de discos, grabaciones, historietas, tebeos. El intercambio de ejemplares era una práctica común entre los aficionados o fans. Y gracias a estas listas, el lector interesado obtiene información relevante acerca de la historia de la cultura popular norteamericana, además de cotillear sobre las fuentes de la formación de Crumb.

De alguna manera, la vida y obra entera de Crumb, incluidas estas cartas, condensan el título que él mismo puso a una historieta suya dibujada magistralmente: Una breve historia de América.

Lo cual viene a ser uno de los rostros de la historia del siglo veinte en Occidente.

Finalmente, ante las cartas de Crumb, lo que se muestra no es una conciencia pura, en sí, independiente y autónoma. Los lazos familiares subyacen. Y en particular, sobresale la presencia constante del hermano mayor de Robert: Charles Crumb. Fue Charles un personaje trágico, imprescindible en esta novela familiar y primer interlocutor en los años de aprendizaje de R. Crumb. Acaso fue su único colaborador íntimo antes de Aline.

Es posible que de no haberse torcido la vida de Charles, los hermanos Crumb habrían supuesto en la historia del cómic un magnífico precedente de lo que luego han llegado a ser los hermanos Hernandez.

Actor aspirante

Una de las manifestaciones de entretenimiento popular que mejor se da en la cultura española es la comedia de costumbres. De un modo característico, el costumbrismo está presente en el cine, el teatro, la televisión y hasta en el tebeo patrios.

Los anglosajones acuñaron el término sitcom -comedia de situación- para referir ciertos productos costumbristas propios de las artes escénicas y secuenciales. Pero no hay que irse tan lejos para conocer de primera mano esta modalidad artística. Es algo que abunda en nuestro país.

En este hilo ya salió a relucir Malas ventas, la novela gráfica de Alex Robinson, como ejemplo anglosajón de arte secuencial costumbrista. En España, un buen ejemplo de esto mismo es Actor aspirante, del valenciano Max Vento (n. 1977).

El volumen integral de Actor aspirante, de 2013, recoge los tres cómics que Max Vento había publicado anteriormente bajo la misma rúbrica: Monólogo de mi vida desastrosa (2007), Noches de citas (2009) y Comedia en un acto (2010). Además, el autor ha añadido para la edición integral de Actor aspirante tres nuevas historietas: La comedia se deshace (2011), ¿Ventanilla o pasillo? (2012) y La ciudad de los sueños (2013).

Con estas seis historias Max Vento completa y cierra un ciclo.

Dos elementos prácticamente ineludibles en el género costumbrista son la fluidez de los diálogos más o menos ingeniosos y la presencia de un número variable de personajes secundarios en escena. En Actor aspirante se dan cumplidamente ambos elementos. Max Vento caracteriza en su obra un buen plantel de secundarios (actores o personajes de reparto, se les llama ahora) que desgranan frases oportunas para la acción. Dicho sea de paso, la escena popular española está llena de grandes secundarios ingeniosos que a menudo eclipsan a los olvidados galanes o primeros actores.

Pero lo mejor de Actor aspirante son esos momentos en que se confunden o identifican la cuarta pared del escenario teatral con la cuarta pared de las viñetas del cómic; es decir, cuando la mirada del lector-espectador (mirada que es el límite de esa cuarta pared) se encuentra inmersa en un espacio visual y narrativo en el que se entrecruzan dos medios, el escénico y el propio de la historieta. Y a través de este juego, además de gratificar al lector, Max Vento experimenta con éxito las posibilidades que encierra el lenguaje del cómic.

Este entrecruzamiento de medios también lo practica Max Vento en Ruzafa Blues (un videoclip), la historieta que él firma en colaboración con Valentín Vañó en el volumen colectivo Valentia (2012). Aquí, los dos medios en juego son el musical y el del cómic. El lector descubre el juego visual y narrativo con placer, pero al final permanece una inquietud ante las últimas viñetas de la historia, que apuntan a incidir en lo real.